sábado, 25 de septiembre de 2010

UN CUENTO POST POST RETRO: A veces llamo a la perra de mi madre Isabel Allende Part 1.2





“A veces llamo a la perra de mi madre Isabel Allende Part 1.2”
Un cuento Post-Post-Retro por Gean Carlo Villegas

A veces, cuando despierto en un espacio de tiempo entre la medianoche y el mediodía, siento unos deseos incontrolables de cortarme las venas de la muñeca derecha (porque soy zurdo y por ende, por alguna razón que desconozco también mi pene tiende a apuntar hacia la izquierda, creo que son las pajas que me hago mientras me ducho por las mañanas antes de que mi madre se despierte que hacen que el pene se atrofie) mientras con un Instrumento para cortar formado por un mango y una hoja de metal separo una porción de masa de harina, trigo y agua que se coció en el horno de una panadería cercana. A veces quisiera ensangrentar la cocina para que cuando mi madre se despierte tenga que ponerse a limpiar el reguero cabrón o en su defecto que se resbale en mi sangre y caiga de cabeza al piso y se le rompa el cráneo y su masa encefálica se confunda con las migas de pan que me acabo de comer y con la gelatina de fresa que está en la nevera. Le he dicho que no me gustan las de fresa, que me gustan las de uva pero ella es testadura como yo y hace lo que le da la gana. Pues ahora vas a tener que limpiar mi sangre. A veces quisiera ahorcarme pero no sé como hacer nudos y tratar de poner la soga en una de las ramas del árbol del patio me cansa demasiado y no puedo recuperar el aliento si no me fumo al menos dos cigarrillos corridos y entonces mi madre me llama y me dice que no me quiere fumando dentro de la casa, que se queda la peste, que a ella no le gusta, y yo la mando pal carajo con mi silencio, que no joda más. Una vez dejé la soga en el árbol y uno de los vecinos le puso una llanta y se la pasó todo el día columpiándose hasta que regresé de trabajar en el cine como asistente de gerente que no es otra cosa que un epíteto glorificado para un corta taquillas y vende palomitas con mantequilla. Cuando vi al vecino meciéndose en una llanta amarrada a la soga con la que me iba a ahorcar me eché a llorar como un mismo pendejo. El vecino creo que me vio y se fue sin decirme nada. Yo me fui para mi cuarto y me acosté en la cama a llorar hasta que me quedé dormido. Desperté al otro día con la ropa del trabajo todavía puesta y un dolor de cuello. Ya era tarde, no me iba a dar tiempo de ducharme, desayunar y planchar la ropa una vez más así que me fui para el trabajo. La llanta ya no estaba y la soga parecía una serpiente tomando el sol. A veces pienso que mi mamá quiere más a su dichosa perrita que a mí. Cuando la perrita, que yo llamo Isabel Allende aunque su nombre verdadero no viene al caso, sale corriendo cuando abro la puerta de la casa y se me escapa entre las piernas a cagarse en la grama de la mamá del vecino cabrón que uso mi soga con la que me iba a ahorcar en el árbol de la parte de atrás de la casa, dejo a Isabel Allende afuera para ver si algún carro la atropella. Cuanto odio a Isabel Allende porque esa perra a demás de cagar, mear, quitarme el amor que me pertenece, ladrar y joder no hace más nada. Ojala que Isabel Allende se muera. Pero no quiero ver a mi mamá sufrir. Solo quiero que la perra y mi mamá se mueran. Pero, si mi mamá se muere, ¿quién va a limpiar el reguero cabrón que deje cuando me corte las venas mientras veo los muñequitos? ¿Porqué la gente no se cortan las venas mientras están viendo Sábado Gigante o leyendo el nuevo libro de Isabel Allende?