lunes, 16 de septiembre de 2013

Eduardo Lalo, Gean Carlo Villegas, José E. Muratti, Marie Ramos Rosado, Daniel Nina

Eduardo Lalo, Gean Carlo Villegas, José E. Muratti, Marie Ramos Rosado, Daniel Nina

¿Podemos tener una literatura comprometida con un cambio social?

Martes, 17 de septiembre de 2013 en Libros AC en San Juan, Puerto Rico


¿Podemos tener una literatura comprometida con un cambio social?
Discurso introductorio por Gean Carlo Villegas

Daniel Nina, Gean Carlo Villegas, Muratti, Marie Ramos Rosado y Eduardo Lalo
Hecho: la mayoría de los presentes no conocen nada de mí. Ahora bien, hagamos un ejercicio. Voy a leer un párrafo que resume unos datos sencillos de mi vida:

Nací el 29 de marzo de 1981 en el Hospital Pavía de Santurce y me crié en el barrio Caimito. Mi padre fue, por muchos años, mecánico de carros para una multinacional. Mi madre era secretaria de la autoridad de energía eléctrica o Fuentes fluviales como le llamaban en aquella época y tengo dos hermanos mayores que me llevan seis y nueve años. Estoy casado con una abogado e ingeniera y vivo en un apartamento del Viejo San Juan de cerca de 666 pies cuadrados.

Con un insignificante párrafo que he leído; todos hemos cambiado. Porque ahora conocen un poco de mí. Y yo me he dado a conocer. Inevitablemtnte hubo un cambio, aunque insignificante, en esta sociedad compuesta por los presentes. Un solo párrafo. Una sola lectura de un texto no necesariamente literario cambió algo…

Continuemos con el cambio.

A muchos bebés los encierran en un cuarto para que no les pase nada y no se contaminen con los gérmenes de la sociedad. Yo no era ese tipo de bebé. Mi primer encuentro con la llamada sociedad puertorriqueña fue la famosa huelga de trabajadores del 1981. Me llamaban el bebé de la huelga. Mi madre, recien paría marchó con los trabajadores. Ella tenía la excusa de que acababa de parir y que tenía un bebé y que no podia participar de la huelga. Pero no lo hizo. En vez de dormirme con canciones de cuna, me dormía con reclamos de mejoras salariales y condiciones laborales. Con ese ejemplo de acción de parte de mi madre era inevitable que mi destino fuera ser una voz comprometida con el cambio social.

Me crié en Caimito. Pero me crié en el Caimito de los años ochenta. Antes de Montehiedra y los proyectos de vivienda de precios en los bajos setecinentos mil dólares que ahora predominan. Me crié en el Caimito pobre, en el Caimito desamparado, en el Caimito triste. Mi madre se crió en Caimito, mi padre se crió en Caimito. Ni mi madre ni mi padre fueron a la Universidad. Pero sabían que si no hacían algo diferente conmigo, mi destino, y el destino de mis hermanos sería no salir del barrio. No habría un cambio. Mis padres invirtieron su tiempo y dinero en darnos la mejor educación que ellos entendían que nos podían dar. Invirtieron mas de la mitad de sus salarios en enviarnos a una academia military privada en la que pudieramos ver algo distinto a la violencia y a la pobreza que nos rodeaba.
Aprendí muchas cosas lejos del barrio. Lo más importante  que aprendí en las escuelas privadas de lo que yo llamo los niños ricos de Guaynabo, no fue lo que me enseñaron los maestros ni los libros. Fue poder interactuar con esa otra “Sociedad” que en Caimito no hubiese podido conocer. Me sentía como un espía. Vivir entre dos sociedades, me ayudó a verle las dos caras de Jano y a descubrir las distintas clases sociales  que habitan Puerto Rico. Los muchachos del barrio me veían distinto. Me veían como el niño que estaba del otro lado. Los niños ricos de la academia militar me veían como un extraño, inclusive, como un intruso. Y algunos me hacían sentir que no era parte de ellos. Así crecí: como un extraño; como un intruso, entre las dos sociedades puertorriqueñas que conocía para aquella época.

Hablar de cambio social parte de la premisa que Puerto Rico es una sola sociedad. Yo descubrí, a una temprana edad, que la sociedad puertorriqueña se divide al menos entre los que lo tienen todo y los que no tienen nada. Los que lo tienen todo viven la vida buscando la manera de mantererlo. Los que no tienen nada viven recogiendo las migajas que caen de la mesa. Ahora bien. cuando hablamos de literatura, ¿de qué literatura estamos hablando?  ¿De la literatura escrita para y sobre los que tienen todo? ¿O de la literatura de los y para los que no tienen nada?
Si tenemos una literatura comprometida con un cambio social y partimos de la premisa que Puerto Rico no es una sociedad única. ¿Qué sociedad es la que queremos cambiar con nuestra literatura? ¿Queremos cambiar la sociedad de los pobres o la sociedad de los ricos? 

Otra pregunta importante sería ¿quién y dónde lee nuestra literatura? ¿Quién y dónde compra nuestra literatura y por qué y para qué? ¿para un cambio social?

Al menos yo, no sé los compañeros, al menos yo no escribo para cambiar la sociedad. Yo escribo para cambiarme a mí. Para cambiar mi realidad. Antes de escribir el texto; era yo sin el texto. Cuando escribo el texto; soy yo con el texto. Yo con el texto es una persona distinta, porque tengo la posibilidad de hacer algo que antes no podía. Cada vez que escribimos somos un yo distinto. El yo pre-texto y el yo post-texto. Ese texto entonces simboliza ese cambio personal. Ese cambio personal se comparte como parte de un libro o un blog o un artículo de revista y llega a los ojos de esa persona que antes del texto era otra persona porque esa persona era la persona lectora pre-texto. Esa persona pre-texto deja de ser y se convierte en la persona lectora post-texto. Con tan solo escribir y compartir ocurre un cambio; cambian al menos dos personas el escritor y el lector. Cada acto de escritura y lectura es un acto de cambio social. Ese cambio social  no es intencional; pero ocurre.
Por ende, y para finalizar con esta introducción pienso que, inevitablemente, la literatura comprometida con un cambio es toda literatura. Lo importante es cuántos cambios se necesitan para que haya un cambio social. Acaso, ¿una o dos personas son  sufuciente?






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