martes, 26 de noviembre de 2013

"Lo recuerdo" un cuento post-post-retro por Gean Carlo Villegas



"Lo recuerdo" 
un cuento post-post-retro por Gean Carlo Villegas

     Lo recuerdo, aunque Jorge Luis Borges diga que no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado: lo recuerdo. No me lo contaron; no lo leí en el periódico; lo recuerdo. No lo estaba buscando, pero lo encontré en el libro que me regaló (regalar es un concepto ambiguo) Andrés Neuman la última vez que estuvo en Puerto Rico (creo que fue en noviembre del 2009) promocionando su última novela: El viajero del siglo. Recuerdo que nos tomamos un café en la Plaza de Armas. Le dejé saber que me gustó cómo trabajó el tema de la masturbación (tanto masculina como femenina) en la página 245 de la primera edición de su novela, pero no me contestó nada porque estaba envuelto mirando una paloma suicida  que trataba de quitarse la vida parándose en el medio de la calle.  Él fue quien me invitó al café cuando me lo encontré por casualidad, pero yo tuve que pagar la cuenta (supuestamente él no tenía dólares). Cabrón. Siempre me hace lo mismo. Una vez, creo que fue en Valencia, me hizo pagar una paella de pollo con gambas que él se comió junto a unas amistades. Ese día no me molestó, porque me regaló (en verdad olvidó sobre la mesa, así que presumí que me lo regalaba) un ejemplar autografiado de Estrella Distante de Roberto Bolaño (aunque conociéndolo bien posiblemente el autógrafo sea un garabato que él mismo hizo para impresionar a las chicas). Bellaco. Dentro del libro había un cuento escrito a mano. No parecía su letra. Tampoco la de Bolaño (aunque no conocí a Robertito personalmente, lo creo mi amigo porque he visto sus manuscritos, y aunque no soy un perito en caligrafía puedo decir con certeza que el cuento en cuestión  no lo había escrito ni Neuman, ni Bolaño; ni tampoco Borges por supuesto). De hecho, ahora que lo pienso bien, no sé si fue Neuman con quien me tomé el café aquél día, pudo haber sido con cualquiera; pero ya realmente no importa. Para este cuento que estoy inventando no importa. Los recuerdos  son líquidos y la memoria es porosa, diría Borges para justificarse, pero mi memoria parece un grifo abierto en este momento. Pero nada, el manuscrito (que tenía más errores ortográficos que los que leerás) estaba escrito en valenciano. Lo traduje como pude, usando un diccionario que le compré, a una prostituta marroquí, que sólo hablaba catalán (de hecho con un marcado acento ruso, y un tono melancólico que deprimía las moscas) en el prostíbulo y Sports Bar de un barrio judío en Barcelona que llamaban La Deus ex Machina Light[1]. “Me vas a pagar todas las cuentas atrasadas que me debes” pensé. Lo que pasa es que por estar viendo los capítulos repetidos de Jersey Shore en MTV, no me dio tiempo de escribir el cuento que debía entregar esta semana a mi editor, y entonces decidí robarme el que olvidó Neuman aquella vez (si es que en verdad era Neuman, y no lo estoy confundiendo con alguien más; lo que es muy probable). Ahora no sé. “Bueno, que se joda, lo voy a entregar  a ver si se dan cuenta que mi cuento no es mío”. “Peor, vamos a ver si lo entienden”. “¡Que ego tiene este”, dirá uno de los editores, pero no me importa. Le insertaré varios americanismos y puertorriqueñismos  para hacer el texto enteramente mío. Voy a repetir más o menos la misma estructura que he utilizado (y estoy utilizando ahora mismo) en cuentos anteriores: un narrador seudoautobiográfico, mucha intertextualidad mezclada con un poco de metanarrativa, fantasía improvisada y que se joda… Lo titularé “Lo recuerdo” por aquello de llevarle la contraria a Borges, y no digan que soy un mal imitador de su estilo. Comenzaré a narrar todo lo que hice desde el instante en el que me despedí de Neuman (o el que recuerdo que era Neuman, que posiblemente era Lalo, Cabiya, Font; o ninguno de ellos) y lo terminaré en el mismo lugar por aquello de hacer un cuento circular...
“Lo recuerdo”
Después de sorprender en los cubículos del baño del tercer piso del Marshalls de la Plaza de Armas a un taxista de gafas oscuras masturbarse con los especiales de ropa interior de Capri que aparecen en el periódico El Vocero, caminas cuesta arriba por la calle Cruz, hasta que doblas a mano derecha en la San Sebastián. Cuando llegas a la San Justo, te detienes bajo el número 59 (que debería ser 55, pero ese es otro cuento). Abres el portón. Lo cierras. Subes las escaleras. Caminas por el pasillo de lo que fue hace más de medio siglo el Hospital San Ildefonso del Viejo San Juan. Abres la puerta de tu apartamento (que nunca tiene el seguro puesto, pero no se lo digas a nadie), te das cuenta que tu esposa no ha llegado de sus clases en la Escuela de Derecho (como siempre), y te alegras, porque podrás escribir tranquilo sin que te diga: “desde que estás escribiendo haz descuidado la casa, nuestra relación y el trabajo”. Encuentras las palabras perfectas para comenzar el cuento haciendo una relectura de En el  corazón de las tinieblas de Conrad: “¿Quien era él? ¿Y por qué hago su historia ahora? ¿Y por qué a ti? No sé. Será que  quiero abrir la compuerta de los recuerdos para que no se inunde mi represa y se desborde mi cabeza por los ojos”. Quieres escribir un cuento sobre esa persona que eras tú. Esa persona que apenas recuerdas. Ese tú antes de casarte. Antes de la universidad. Antes de todo. Cuando tú, y tus mejores amigos eran las drogas, parecían  dos vagabundos en medio de una tierra prehistórica, de una tierra que tenía el aspecto de un planeta desconocido. Un planeta llamado Puerto Rico 1996. Cuando tenías unos 15  años, Rosselló ganaba su reelección gracias a sus maratones con pantalones cortos, y mano dura contra el crimen. Era de día, cuando murió tu abuela y escribiendo un cuento lo recuerdas:
Lo recuerdo
Lo recuerdo, porque el recuerdo de “Lo fatal” sigue vivo. La Muerte me pregunta una y otra vez, por qué no compartí con mi abuela un poco más, y  a veces me recuerda que en la rutina de la vida, se nos olvida que somos mortales. Que la carne se pudre, y, que el alma quiere descansar después de tanto sufrimiento. El día que la Muerte me llamó por vez primera, era el cumpleaños de la Abuela. La casa de mamá parecía un arcoíris aumentado. Los globos aparentaban que zarparían sin tripulación en cualquier momento a tierras de duendes, princesas solteronas y unicornios. El horno estaba encendido con el bizcocho que mami había preparado para la ocasión. Se podía sentir el calor en toda la casa, que sumado al calor de Puerto Rico, parecía que el techo y las paredes  se derretirían en cualquier instante. El olor de la harina quemada se impregnaba a la ropa, a las cortinas, a los muebles, a la piel; como si su vida dependiera de ello. En una esquina, la escoba descansaba junto al mapo, tras una larga noche de trabajo. El cumpleaños de la abuela era el evento del siglo, al menos para nosotros, bueno, no puedo hablar por nosotros, al menos para mí, ya que por primera vez estaríamos todos juntos desde lo que parecía siglos. Algunos regresarían de la famosa guerra entre una superpotencia y un concepto ambiguo, otros del exilio auto impuesto para no vivir en la colonia. Abuela siempre decía: si quieres vivir en un estado, hay cincuenta, escoge uno y vete. Ellos se fueron,  pero yo, aunque me quedé físicamente, en cierta manera es como si me hubiese ido a otro planeta. Regresaba de la enajenación total; del exilio mental. Por primera vez en lo que parecían años, estaba sobrio. En ese momento, horas antes de la fiesta sorpresa, por primera vez tenía conciencia de quién era, y de cómo había llegado a esta tierra olvidada por Dios. Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque esa ya no siente, recitaba Rubén Darío en mi cabeza, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente.  Antes del último día, esa consciencia la tenía que callar de alguna manera: Inhalando, inyectando, ingiriendo. Algunas eran rojas, otras verdes, otras azules, de una intensidad parecida a la de los globos que zarpaban (¿ya mencioné que el calor era insoportable?), y por más que los colores me tentaban a desenterrar “my secret stash” que había enterrado como un muerto  (entre una Ceiba  y unos girasoles que se confunden hacia dónde crecer de tanto sol caribeño), quería disfrutar el triste sufrimiento de estar todos juntos. Lo quería saborear junto a las lágrimas que no salen de los ojos. Ese día no quería dormir los oídos de mi inconsciente, ni callar la voz de mis demonios. No pastillas para mí ese día. No. No más pastillas para mí. Quiero experimentar lo que se siente estar drogado de realidad (aunque algunos dicen que la realidad es la droga más potente que las personas podrían experimentar, y que una sobredosis de realidad podría ser mortal). ¿Mortal?... Total… Ser y no saber nada, continuaba Darío, y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror, y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida, por la sombra, y por lo que  no conocemos… y yo ciertamente no conocía a la cumpleañera, y ella tampoco a mí. Bueno, lo que llaman “conocer conocer”, creo que nunca se puede conocer a alguien en su totalidad; para lograrlo, habría que ser médico, síquico, poeta y peluquero todo a la ves... ¿Abuela, me das dinero para comprarme unos libros que me hacen falta para las clases de literatura?, le preguntaba después de pedirle la bendición con un beso en la mejilla. Ella buscaba en su cartera lo poco que le sobraba  del chequecito del seguro social después de pagar las cuentas, y me lo daba diciéndome que el dinero que yo necesite para las clases, ya sea para comprar libros, libretas, lápices tan sólo tienes que venir a pedírmelo, que para eso es que estoy yo aquí, muchacho, para ayudarte en lo que tú necesites, para que eches pa’ lante. Gracias, Abuela. No me des las gracias, mi niño, ahora vete, date prisa, que ya van a cerrar la librería. Gracias, Abuela. Gracias, Abuela, me repetía  mientras pagaba por el libro que el cuerpo me pedía. Un libro sin palabras. “Abuela es tan buena”, pensaba mientras el metal esterilizado de la jeringuilla rompía mi piel, y llegaba hasta las venas, y con mis dedos la hacía succionar un poco de sangre para que se mezclara con lo que era mi  “pan nuestro de cada  día”. Esta es  mi sangre y este es mi cuerpo. Coman y beban todos de él, decía el libro favorito de la abuela. Abuela, me compré un libro con el dinero que me diste. Un libro especial. Un libro que pasaba las páginas de mi vida poco a poco. Tu nombre estaba escrito en ese libro. El nombre de Mami. El nombre de la espalda de Papá (que es el único recuerdo bonito que tenía de él). La espalda de mi padre haciéndose más pequeña en la distancia; marchándose para siempre... Y apenas sospechamos, y la carne que tienta con sus frescos racimos y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos. “¡Ay, abuela deja que llegues a tu cumpleaños que te pondrás contenta de vernos a todos juntos!”, pensaba mientras el teléfono sonaba… contesto… Aló. Hola, ¿quién es? Habla la muerte. Sí ¿qué desea? Es para informar que me he llevado a la abuela, y no se podrá presentar a su cumpleaños. Darío manda a decir que  el no saber a dónde vamos ni de dónde venimos después de todo es “Lo fatal”. Dígale que no le podrá decir adiós a la abuela. No le podrá pedir perdón. No  podrá devolverle su dinerito del seguro social. No le podrá devolver los besos. No  podrá devolverle el amor. Dígale que no sufra, porque no debe olvidar que, en la rutina de la vida, todos somos mortales, y que la carne que tienta se pudre, y que el alma quiere descansar en la tumba que aguarda después de tanto sufrimiento…
Suena el teléfono. Es tu esposa, te dice que supuestamente se va a quedar buscando unos casos en la biblioteca, pero sabes que eso significa que estará con su amante. Cuando llegue a la casa olerá a jabón de cuerpo ajeno. Te molestas contigo mismo, y decides abandonar el cuento de la muerte de tu abuela y de cómo todos los puertorriqueños tienen un vicio, ya sea la política, la religión, el trabajo, el alcohol, la literatura o las drogas para poder lidiar con nuestra realidad. Lo doblas y lo pones dentro de Estrella Distante. Sales del apartamento a dar un paseo. Te encuentras con un conocido imaginario (es escritor pero no logras recordar su nombre: Neuman, Cabiya, Lalo, Font), y te sientas a tomar un café endulzado con lágrimas saladas en la Plaza de Armas. Entre cada sorbo observas a unas palomas que transcriben poemas de Rubén Darío con cada pirueta que dan en el aire, como si imitaran a Carlos Wieder improvisar versos en un aeroplano, y lloras, porque no recuerdas con exactitud cuándo fue el momento exacto que la literatura y las palabras ficticias se convirtieron en tus mejores  amigas…
―No tengo dólares…
  ―Siempre me haces lo mismo, cabrón...
Pagas la cuenta y encuentras el manuscrito dentro de Estrella Distante, y sonríes por primera vez en mucho tiempo, porque ya sabes cómo terminar el cuento. Tienes ganas de orinar. Entras a la tienda Marshalls. Subes al tercer piso. Entras al baño de los caballeros y encuentras a un taxista de gafas oscuras; masturbándose…




[1] La Deus ex Machina Light Sports Bar (y casa de putas), sólo abría de domingo a jueves, y estaba localizado en  el carrer Marlet, 6 de barrio judío de Barcelona (call de Barcelona, en catalán), lo que hoy se conoce como el  Barrio Gótico de Barcelona. Fueron pocos los que conocían ese putero, por lo general lo que llaman turistas del sexo. (NOTA DE PIERRE MENARD III)

lunes, 25 de noviembre de 2013

1010, Moribundos, Lobos virginales o la hija que no tuvimos..... Fragmento de una novela en proceso por Gean Carlo Villegas




1010, Moribundos, Lobos virginales o la hija que no tuvimos
Fragmentos de una novela en proceso por Gean Carlo Villegas e Isidoro Kodama



I

Yo aporté el dinero que ella necesitaba para el aborto. No sé porqué lo hice. Tal vez me sentía culpable por las veces que me masturbé pensando en ella. Tal vez me sentía culpable porque  en mi mente enferma entendía que existía la posibilidad (lo que era improbable) de que esa niña era mía. Como si se pudiera preñar a alguien telepáticamente. No sé porqué, pero después de ese día nunca más pude masturbarme pensando en ella. Se me presentaba la imagen de una bebé ensangrentada y perdía la erección. Ella me pidió liquidar los días que tenía acumulados por concepto de vacaciones para practicarse el aborto. Le pregunté si necesitaba algo más de mi parte pero me dijo que no. Dobló los billetes y me dijo antes de marcharse a su escritorio que con mi aportación económica era mas que suficiente.  No pude evitar mirarle las nalgas  a medida que se alejaba de mi oficina. Me sentí mal. Me sentí culpable.
Yo aporté el dinero que ella necesitaba para el aborto, pero ahora que lo pienso no sé porqué me dijo específicamente a mí que necesitaba dinero para un aborto. Puede ser que ella sabía que en secreto fantaseaba con su cuerpo desnudo. Puede ser que ella sabía que todas las mañanas antes de venir a trabajar, me masturbaba en la ducha pensando en ella. Puede ser que ella sospechaba que la deseaba y que el aborto de la niña que no tuvimos era un bajo precio a pagar por mi imprudencia onirica. No me pidió un préstamo para algo que no podia mencionar. No, nada de eso. Ella entró a mi oficina y me me dijo necesito tanta cantidad para el aborto. Como si yo tenía que saberlo. Como si fuese inevitable que yo lo supiera y yo fuera el responsable. Yo, que el contacto físico mas cercano que había tenido con ella fue cuando me dió la mano el día de su entrevista y una vez que le rosé el codo mientras pasaba por su escritorio. Cuando me pidió el dinero yo se lo dí y no le dije nada. Esa fue la última vez que nos vimos.
Yo aporté el dinero que ella necesitaba para el aborto y pore so me siento responsable.  No sé porqué me siento que el dinero que aporté se equivale a pagarle a un asesino para que asesine a alguien por contrato. Yo aporté el dinero y me siento responsible del asesinato de la hija que nunca tuvimos. No sé porque pienso que el feto abortado iba a ser una niña. Tenía la certeza que iba a ser una niña y que si era  posible embarazar a alguien en los sueños, esa niña era mía.

II

Recuerdo el día que ella vino a la entrevista. La vi  en el lobby y desde ese momento sabía que iba a ser parte de mi vida. Ella iba a ser la madre de la niña que nunca tuvimos… Como no se presentó a trabajar, la llamé por teléfono. Me contestó un hombre (o la voz de un hombre) y colgué.

III
Pregunté a los empleados si alguien había escuchado algo de ella. La señora que limpia me dijo que la última vez que la había visto, se había despedido de ella como si  no fuera a regresar. Mas tarde, durante el día, le dije a la señora que limpia que varios empleados  se habían quejado de que no estaba haciendo un buen trabajo y que supuestamente se habían desaparecido cosas de los escritorios desde que ella estaba. Ella se hechó a llorar, que ella no se ha llevado nada de nadie, que ella era una mujer honesta, madre trabajadora que necesitaba ese trabajo para mantener a sus hijos y a su padre que estaba postrado en cama desde que le había dado un derrame cerebral y pidió disculpas por lo de la limpieza, que se iba a esforzar mas que si esto que si lo otro. Bah. Me sentí mejor después de ese incidente, aunque todo lo que le dije eran puras mentiras. Quería vengarme por haberme dado malas noticias. 

IV

Volví a llamarla. Esta vez nadie contestó.

V.
Como se ausentó por mas de tres dias sin llamar ni escribir ni informar las razones porque no se presentó a trabajar por mas de tres días corridos, el portocolo me obigaba a enviarle una carta de despido por abandono de trabajo. Lamí la estampilla imaginando que fuera el lóbulo de su oreja derecha pero el sabor a pega y papel contrastó con la imagen que tenía de ella. Eché personalmente la carta al buzón, no sin antes besarla como si fuese una carta de amor.

VI

Le dije a mi esposa que se me había perdido el dinero. Sí, el mismo dinero que yo aporté para el aborto, ese mismo día, lo había sacado para pagarle al médico que los Americanos llaman fertility doctor y que yo llamo hijo de puta con bata blanca y estetoscopio. Cuando me preguntó por qué no había pagado la factura del médico, le dije que se me había perdido el dinero  de camino al trabajo. Me lo pudieron haber sacado de la cartera en el tren. Tal vez alguien me siguió desde el cajero automático y aprovechó mi despiste. Como ella me notaba ansioso y distante no quería insistir ni pelearme. Ella interpretó mi estado anímico como que estaba molesto por haber perdido el dinero.  Ella sabía cómo era yo con el dinero y nunca me había pasado nada como eso. Mi esposa y yo nunca pudimos tener hijos. Fantasee por un segundo que el feto abortado se podía transplantar al vientre de mi esposa. Algo asi como un transplante de corazón abierto. De un vientre a otro. No soy médico  ni nada por el estilo, pero entiendo que esa operación sería improbable.  Sacar el feto de un vientre e implantarlo en otro vientre. Iba a ser una niña, tenía la certeza que iba a ser una niña y que esa niña pudo haber sido mía. Para no ser egoista, esa niña pudo haber sido de mi esposa y mía. Pudo haber sido de ambos. Pero ahora esa niña no era de nadie. Un montón de sangre y carne en un basurero. Un montón de carne y sangre en un vertedero: una metáfora cómo me siento en este momento.

VII

La carta de despido por abandono de trabajo llegó de vuelta. La dirección no existe o faltaba información con la que pudiera entregarse. Así mismo me sentía: como si yo no existiera y me faltara información. Desee que mis padres me hubiesen abortado cuando pudieron. No estaría escribiendo esto y tú no lo estarías leyendo. Ahorro de tiempo para el mundo entero. Un cuerpo menos. Una vida menos. Un ser humano menos de qué preocuparse. Un espacio menos que ocupar en el cielo o el infierno...

VIII
{Su llamada no progresó. Intente de nuevo}...