miércoles, 1 de octubre de 2014

GARDUÑA: Una novela de Manuel Zeno Gandía (Advertencia este texto es un trabajo en proceso de edición y corrección ya que contiene muchos errores que surgieron en el proceso de digitalización pero lo publicamos porque algo es mejor que nada)

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Autoretrato del autor Gean Carlo Villegas (circa 2008)


GARDUÑA Una novela de Manuel Zeno Gandía


 I En lo alto de la montaña, se escalonaba el cámino. Un camino difícil, abrupto, abierto por la costumbre de los caminantes más que por el pico penetrante del obrero. Después de esconderse en la estrecha garganta circunscrita por dos montañas, ensanchábase un tanto formando una pequeña planicie á expensas de una roca situada al borde del abismo. Era como un remanso Una meseta á donde se llegaba después de la fatigosa ascención de una escarpa y de donde se salía descendiendo por otra aún más empinada. Desde allí, á vista de pájaro, se contemplaba la llanura : una llanura risueña, tendida entre la cadena de los montes y la ribera del mar. Tres ginetes llegaron á la planicie guiando sus jadeantes cabalgaduras. La tarde era calurosa y aquel lugar convidaba al descanso. Allí podrían sacudir los miembros entumecidos, respirar la brisa errante y dilatarla mirada por apacibles horizontes. De los viajeros, el que caminaba delante, echó pié á tierra, colgó la brida de la rama rota de un árbol y sentóse sobre la menuda hierba que alfombraba el lugar. Era un hombre de mediana estatura, tronco largo, cargado de espaldas, alto de hombros, semblante duro, color mate, cejas pobladas, pelo escasg y enormes bigotes que podían anudarse por detrás del occipucio. El segundo ginete imitó al primero. Sentóse también en la grama, doblando para conseguirlo su cuerpo de gansarón como se dobla sobre sus goznes un sillón de viaje, y dejando adivinar á través de la ropa la flaquencia de sus rodillas puntiagudas, de sus codos huesosos, en perfecta armonía con su nariz ganchuda, afilada y estrecha. A poco, el tercero, que iba por la inclinación del repecho casi acostado sobre el cuello del caballo, llegó al remanso, desmontóse, respiró con fuerza, y fué bajándose lentamente hasta dejar casi tendido en la hierba su cuerpecillo pictórico y rechoncho. —¡Diantres ! —dijo el primer viajero— ¡ Al diablo con las cuestas !Tamañas aventuras podrán abrir el apetito, pero á mi me lo cierran y me entumecen las coyunturas. —Falta de costumbre, licenciado —añadió el segundo. —No tanto Vengan leguas en el llano, pero aquí esto es para cabras y saltamontes. Tú tienes, por tu estatura de estandarte, la ventaja de sacar á tu gusto los pies del estribo quedándote parado en el camino. Para mí, esto es sofocante —¿Y yo í —dijo el tercer viajero riendo con toda la boca y mostrando una de sus piernas cortas y gordinflonas — i y yo, que necesito descolgarme por el estribo para llegar al suelo? —Como quiera que sea, gracias que no hemos perdido el día. A tí, wl Pan, tus honorarios te pagan las molestias; y tú, Casapica, con las dietas tendrías holgadamente para curarte la apoplegía si te diera. Cuanto á mi . . . —Cuanto á usted ya el cafetal de ese zoquete le pertenece y tampoco ha perdido el tiempo. — Sí, aunque algún trabajo ha costado. Conmigo no hay cuartel: el que me la hace. . . —Claro está, hombre Es preciso ser tonto de capirote para hacer lo que ese imbécil. ¡Resistir al licenciado Garduña poniéndosele en frente! —¡Bah!... es un tramposo. Me encarga la defensa de un pleito, lo transo, y después no quiere pagarme. ¡ Habráse visto el muy... !Dice que la transacción le cuesta más de lo que hubiera perdido en el pleito, caso de perderle, ¡ Como si yo tuviera la culpa de que se fuera á las greñas con su vecino! Pero no contó con que Hermógenes Grarduña no ha nacido para dejarse zapatear por ningún mandria. —Pecó de torpe. —O de muy listo. Por eso, con la sentencia de deshaucio, quise venir yo mismo. Temí que cambiara los puntos i e ? De esa manera, como ustedes han visto, he podido precisar personalmente los límites de la finca de ese, que ahora es miá. — Sí —añadió Gril Pan desperezándose— ya ese agua pasó el molino. Por mi parte celebraría tener á diario una excursión como la de hoy. Estamos mal. , .no hay trabajo. — Y lo poco que se hace, no produce. A la boca de mi tintero se le están formando telarañas. Necesitamos, ¡ ah ! necesitamos algunos asuntos de mayor cuantía… Y así diciendo, dejó caer Garduña la mirada sobre el hermoso valle de Paraiso. El panorama era espléndido, digno del pincel. Veíase allá abajo, la vega; allá lejos, el mar, y allá, más remoto, un horizonte coloreado por tintas indecisas. La vega, dividida en dos por un río; las márgenes de este, cuajadas de favoritas cañas, y cerca de la desembocadura, sobre un ligero montículo, la población de Paraíso, llena de casitas blancas, con simetría de colmena y abarcando en su centro la ancha plaza donde, por encima de los edificios, se destacaba el techo pizarroso de la iglesia y la torre vetusta del campanario. A un lado del río, veíanse las líneas regulares que marcaban los sembrados y las colindancias, y también serpear alguna que otra vereda que aparecía ó desaparecía á la mirada según el crecimiento de los pegujales que adornaban sus márgenes. A trechos, el color amarillo verdoso de la llanura interrumpíase, descubriéndose, entonces, grupos de viviendas, y en el centro de ellas, erguidas y elevadas chimeneas, algunas humeantes, otras frías, pero todas levantando al espacio el atrevido vértice. En otros lugares de aquel poético campo, los cañaverales no existían y allí se contemplaban sólo hectáreas de color verde obscuro dedicadas á la producción de variadas hierbas y, en ellas, pastando mansamente el ganado, á veces á la descubierta, á veces bajo el fresco sombrío de bosquecillos de árboles frutales. Había en todo aquel ámbito un aire de patriarcado encantador: parecía que la naturaleza había sonreído al posar en aquella comaica su planta de diosa. El mar, escalando las orillas, casi lamía los muros de Paraiso. El horizonte marino era ancho, y limitaba su amplia curva entres dos cabos que avanzaban en el mar formando una ensenada. En cierto lugar de ella, el azul marino se interrumpía surgiendo del agua la punta gris de una peña, por momentos desnuda y por momentos vestida de blanco por la espuma abandonada en el reflujo de las olas. Y allí, junto á la meseta donde hicieron alto los ginetes, una sierra virgen, un monte bravio, una maraña de árboles y lianas que iban escalonan iose y sucediéndose hasta llegar al llano. Garduña y sus compañeros contemplaron silenciosos el paisaje. —Sí —exclamó Garduña como continuando en voz alta un pensamiento —el trabajo se paraliza, nadie riñe y nosotros acabaremos por morirnos de tedio. Y no será, ciertamente, porque en todo eso de ahí abajo no haya material bastante —¡ Oh, ya lo creo ! —contestó Gil Pan—Si se desnudase á la mayor parte de los negocios de Paraiso, ya nos habría caido qué hacer,— ¡ Hay tanto cabo suelto !. . .Es una hoguera que no necesita más que el roce de dos leños para encenderse. ¡ Dímelo á mí que conozco el fondo de las cosas, que tengo la madeja en la mano ! —La gente resbala pero evita caer. Si le tendemos la mano, no la toma. Nos teme. . .cree que nosotros en vez de sostener, empujamos. —Eso lo piensan cuando el negocio prospera. Cuando sopla el mal viento, apelan á nosotros y entonces... —Yo me rio de lo que digan y de lo que piensen. —Miren ustedes —continuó Garduña —allá en la ribera de Gran Rio, están los Lerdo. Famoso in-genio y dinero en caja ¡ No importa ! Si diesen un traspiés, uno solo, yo conozco el medio de hundirlos por medio siglo en un pleito ruidoso. —¡Bah ! están ricos, viven como príncipes, pasean por París su hartura y ni el diablo lograría romper la unión que los liga. —Si no fuera por esa unión i nó serían ya polvo f Su porvenir, sin embargo, es obscuro. Allá más al Norte, están los Gándara Esos han sido más aprovechables. ¡Como cambian los tiempos! i Quién hubiera dicho al octogenario Gándara que creyó al morir dejar la mansa f)role unida por el cariño y el negocio, que á poco se habrían de desgarrar entre sí las ovejas! ¡Cariño unión fraternidad! Bonitas mentiras. El peso duro es egoísta, quiere ser solo, le molestan las componendas de familia. Lo dicho : si se remueve ahí abajo ¡ cuánto asunto ! Allí está San Telmo ruinas… —Otro tonto Se le escapóla fortuna de las manos cuando más segura la creía. —Mucho le serví, hice por él cuanto pude. Sus acreedores salieron como pudieron. El, como una planta parásita, vive todavía, de favor, en la vieja casa del Ingenio, i Veis ? Allí. en la dirección de mi dedo. —Justamente, y al lado las vegas de usted. Apesar de la distancia se descubre la maya divisoria de sus terrenos, licenciado. — Pues, Algunas cuerdas que tomó en pago de mi defensa y mis trabajos. Y de la orilla izquierda de Gran -Rio, no se hable Si golpeamos, nos sale como á Moisés, agua de la roca. Miren ustedes qué bien se divisa la propiedad de los Q-amboa ¡ Hermoso predio ! Y al lado, ese egoistón de Bermeo, que cosecha por igual la caña y su raza. ¡ Qué hombre ! Ha dado cuenta él solo de toda una familia de cuarteronas Más allá, Rosa de Mayo, que ha enriquecido al viejo Andrea desolando al vecindario. Todo caerá, no hay cuidado. Es cuestión de paciencia. - . -i ¿Y qué me dicen ustedes de Mina de oro ? —¡ Oh ! . Ahí sí que se viene pronto el mundo abajo. ¡Medio millón y sin heredero forzozo! —Según parece, el bueno de don Tirso vá por la posta. Ayer me decía el doctor Troncóse : no doy una pepitaña por lo que le resta de vida. Cuando muera, el asunto puede ser productivo. —Tal vez lo sea mucho para usted, licenciado: cómo son ustedes colindantes. —El tiempo dirá lo que pueda dar de sí ese asunto. Por lo pronto, Leonarda hace cuentas lanas. No hace mucho, hablando del percance de la chinea de Frisca. ... ya sabéis, aquella cuyo agresor nos dejó burlados… —¡ Mala centella extermine á ese mulato canalla ! Después de hacerle tan bonita defensa en que resultó inocente del rapto de Úrsula, alzó eil vuelo sin pagarnos ni un céntimo. ¡ Ni siciuiera el papel sellado ! —Pues bien, hablando de ese asunto con Leonarda, me dijo: haga usted las cosas de modo que la chica gane la cuestión . . . que el otro se case con ella… Por consideraciones á Frisca le recomiendo mucho el ca€0. mire usted que pronto va á estar en mi mano cierto db'intestato —Se comprende : la buena señora hace ya sus cálculos, mientras al otro se lo come la úlcera. Y no está la cosa tan clara, porque si reconocen á la chiquilla y aparece el padre de la criatura… Al oir aquellas palabras, Grarduña sonrió. Sonrisa de autómata que nada expresaba como no fuera el disimulo en que la hipocresía escondo sus impresiones. Después los viajeros guardaron silencio. Grarduña con la mirada fija en el lugar de la vega donde se descubría la silueta indecisa de Mina de oro; Gril Pan con la barba apoyada en los puños y los puños en las rodillas, contemplando el panorama de Paraiso; Casapica, medio tendido en la grama, apoyado en un codo y bostezando de tiempo en tiempo como rico que se aburre. El sol trasponía ya las vecinas cumbres y el frescor del ambiente denunciaba la vecindad del crepúsculo. A poco, volvieron los viajeros á las cabalgaduras, montaron y emprendieron la marcha á Paraiso. Comenzaron á bajar el violento repecho que tras innunáerables revueltas, terminaba en el llmo, dispuestos, una vez en él a ganar a buen paso el poblado distante de aquel lugar cómo una legua. Al ponerse en camino, Grarduña ocupó el primer lugar, Casapica el segundo y Gil Pan el tercero. —Licenciado —dijo Casapica procurando guardar el equilibrio echando los piés hacia adelante y el cuerpo hacia atrás. — Licenciado, cuando llegamos á la ^ica, interrumpió usted la narración que nos venía haciendo ¡Recuerda usted! Nos decía, que lo que más le había gustado en Roma era… —Justo, si —contestó Grarduña —lo mejor de Roma son las romanas. Caballeros ¡qué hembras ! Pues bien, como decía, pasé el puente persiguiendo á aquella donnina y dispuesto á permanecer toda la noche en el Trastebere, si aquel diablillo coquetón, se hubiera empeñado en ello. Yo no cejaba en la persecusión y las voces perdiéronse en el seno montuoso de las curvas del camino y aquellos hombres, vistos desde lejos, hubieran parecido tres reptiles descendiendo de una cima por el reborde de una roca. El dia entioiaba la intensidad de sus luminarias, la tarde arropaba apacible los horizontes y la naturaleza caía lentamente en brazos de la noche, agitando la gentil celageria de nubes gualdas. II La habitación estaba casi en sombras. La movediza luz de una estearina guardada en opaca bombilla y un abanico de ancha hoja recostado sobre la bombilla, apenas permitían distinguir con presición los objetos. El abanico, apoyado el mango en la mesa, ahogaba con su espesa pajuncia la viveza de la luz, proyectando en el muro una sombra grande, curvilínea, dentellada. Su contorno había sido festoneado por el uso, y al ser interpuesto entre la luz y el muro, enviaba allí con fidelidad la sombra. Había en aquella habitación una calma sombría. En un ángulo, un armario cuya cornisa casi tocaba al techo ; al lado, una gaveta de madera y color distinto; más allá, un arcón de hierro y junto á él, un escritorio pequeño ; en otro ángulo, una cama de bronce adornada con colgaduras blancas y borlas rojas, y junto á la cama, un velador cuya deslustrada superficie desaparecía bajo multitud de botellas, frascos y potes de variadas dimensiones. Al lado de la cama, una alfombrilla de colores gastados ; en un muro, un reloj colgante ; una puerta y una ventana en los otros dos, y en el cuarto muro, una puerta ligeramente en tornada. Repartíanse, además, por la habitación, algunas sillas de paja, algunos mecedores de los que se mueven con balance sordo y alguna ropa pendiente de botones de percha ó caída al descuido sobre los muebles. Se estaba en Mina de Oro, un Ingenio cerca de Paraiso, y era Paraíso una población de la colonia qxíB en 185 la naturaleza, siempre generosa, enriquecía, mientras sus habitantes mantenían la inerte, sin urbanizarla, condenándola al raro papel de aldea opulenta. X en Mina de Oro, en aquella habitación, respirábase un aire espeso, un aire saturado de emanaciones de botica, que por momentos era vencido por un olor más intenso, un verdadero olor de podredumbre. Notábase allí cierto aspecto de lujo, pero de lujo sin gusto, sin elegancia, sin armonía. Un lujo de campesino enriquecido, un lujo que no sigue los accidentes de la moda, ni las variantes caprichosas de los tiempos. En la parte alta de uno de los batientes de la ventana, había un cristal á cuyo través distinguíase una porción de cielo estrellado. El espacio abierto é inmenso afuera, contrastando con la estrechez de aquella alcoba de moribundo. En el lecho, entre sábanas, había un hombre. Permanecía, á veces, inmóvil, con la mirada fija; otras veces, agitábase volviendo de un lado á otro la cabeza con movimiento rítmico, ó escudrinando los rincones con ademán receloso y vacilante. Aquel hombre era Tirso Mina, un rico que libraba la última batalla. El cuadro de siempre : un cuadro vulgar. Después de inquieta existencia, primero en el servicio militar, en el cultivo de la tierra luego, la enfermedad le vencía y abandonado do las fuerzas, rendíase protestando con ira de la adversa suerte. No era muy viejo : cincuenta años. Pero en incautas mocedades, una enfermedad adquirida al descuido, se encargó de minar su organismo para entregarlo decrépito á la muerte cuando aún no había saciado el ansia de vivir. Moría envenenado por terrible fermento que vence al tiempo, que salta invencible de generación en generación. La lucha entablada durante mucho tiempo, había sido inútil. El mal progresaba en sigilo, corrompiendo la sangre, descomponiendo órganos, disgregando tejidos. En momentos de desesperación, Tirso conformábase con todo; con todo, menos con aquella horrible úlcera de abierta t'áuce, siempre hambrienta, siempre implacable, avanzando siempre con trabajo de zapa, despertando impíos dolores é invalidando aquella pierna antes tan firme y gallarda. Cuando el veneno triunfó de la última resistencia, Tirso cayó en el lecho. Luego, el cerebro tomó parte en el menoscabo general y vinieron las bascas y las vaguedades y el delirio y esos estados alternados de lucidez é inconsciencia que anuncian la escena final. La cosa iba, pues, á pasos apresurados y Mina de Oro tenía ya aspecto de casa penada donde se espera la muerte. Detrás de la puerta, entornada entonces, había una sala espaciosa, y en ella varios circunstantes pasaban las horas en vela atentos al menor movimiento del enfermo y prescindiendo entre sí de cumplimientos y ceremonias. En un mecedor, estaba Leonarda, hermana da Tirso, una buena señora de aspecto duro, en la cual la vejez operaba cierta masculinización que hacían más notoria los ímpetus de un carácter dominante y áspero. Viuda desde hacía algunos años, quedáronle un puñado de oro y dos hijos. El dinero bastante para vivir con modestia y la progenie suficiente para Henar su papel de buena madre, el dinero conservóse intacto, como aquello que se » cuida con celo exquisito ; los hijos crecieron entre gados á sí mismos, temiendo más que amando el materno regazo. De los hijos, Catalina, la mayor, ya no era suya. Casada con Sulpicio Longinos, agrimensor residente en Paraiso, formaba núcleo aparte. El otro hijo, Honorino, estaba allí, en la sala de la quinta, sentado junto á un velador grande sobre el cual ardía enorme quinqué de metal dorado. Honorino tendría veinte años. Era todavía alitierno, de cabeza y ojos pequeños, cuello y miembros largos, bozo naciente y piel trigueña y barrosa. Falto de criterio y buen juicio, su nota dominante era la concupiscente. Gozaba fama de tenorio, de chico audaz, capaz de atrevérsele, por ser hembra, á la estrella de la tarde. Sentada también junto al velador, estaba Úrsula, la hija única de Frisca, una trigueña de dieciocho años, de busto redondo y pródigas formas. Pequeña de cuerpo, sus contornos parecían imantados. Atraía envolviéndolo todo con su ambiente de lozana frescura. Sobre ella, sin embargo, había pasado una tormenta. Fue un escándalo en Paraiso; anduvo la justicia en el asunto, y las cosas resultaron de tal guisa que ella quedóse con el desastre, y su ofensor, después de darse humos de c^sto José, traspuso buena distancia dejándola burlada. Huyó engañando á todo el mundo, aún á los mismos quej duchos en achaques de curia, creyeron descubrir un venero en la cuestión. Prisca quedó desolada: su hipa era una víctima i quién la alzaría de la infamia f Cuanto á Úrsula, no parecía haberle producido el episodio muy hondo efecto. Un montón de carne bonita no había do dosesporarso al primer tropiezo. También Frisca y Sulpicio estaban en la sala : aquella balanceándose en un mecedor ; éste, recostado con negligencia en el sofá. Frisca poseía un trozo de terreno emplazado dentro del perímetro de Mina de Oro. Mil veces quizo Tirso comprarle, poseer la pequeña vega y la ruinosa casueha, pero Frisca, temiendo á la i:edon- . dbz del dinero, jamás consintió á convertir en efectivo su diminuto predio. Fensó', acaso, en las ventjas de lo malo conocido y en los peligros de lo buenoignorado, y con desconfianza de viejo sordo, mostróse siempre hostil á las proposiciones de Tirso. De otro lado, su fitca valía mucho más de lo que por ella ofrecían ; en un Ingenio de primer orden, un sembrado ageno debía alcanzar precio triple. Como la casa estaba muy cercana á la de Mina de Oro siempre entre Tirso y ella, hubo buena amistad, oficiosidades de viejos vecinos Ella estaba allí aquella noche porque su vecino moría y no era cosa de faltar con su piadosa asistencia de un lugar á donde tantas veces concurriera en dias felices. Sulpicio, en el sofá, paseaba la mirada por el techo de la sala. Era un buen hombre, muy estudioso, tenido por gran aritmético, respetado por , virtuoso. Su semblante siempre triste denunciaba pesares recónditos. Parecía un nostálgico llevando en hombros el fardo de la vida. Sus pensamientos, sus juicios, sus ideas, formábanse en él con rectitud inflexible ; luego, cuando la vida real le obligaba á torcerlo», á desviarlos de su cauce, sacudíase rebelde, irritable. Hubiera querido ver en torno al mundo entrevisto en sueños románticos, y las desnudeces de la realidad hacíanle sufrir como sufriera un idólatra que contemplara sus ídolos derribado» del altar. Kn su vida íntima apuraba amarguras : discordias latentes, desdichas evitables que el encono agiganta, explosión de caracteres disparados por la brutalidad y la pasión. ¡Un Lombre muy digno de aquel!. .Inconforme con la corruptela de ciertas costumbres, protestaba enardecido por instintos de caballerosidad y honor. Solían las gentes en Paraiso, respetarle, porque su carácter era enérgico ; algunos le apreciaban porque su bondad atraía; otros odiábanle. buenamente, porque le temían. Leonarda, su-madre política, le asediaba á traición, mientras él veíase con frecuencia obligado á soportar sus caricias, sus asechanzas de boa del hogar. Amábale Catalina, su esposa, pero hasta el límite en que empezaba la tiranía de Leonarda. Tiranía esquiva, insidiosa, oblicua ; veneno que no se arroja de frente, porque el temor contiene el ímpetu agresor, sin fe de soslayo, en voz baja, al descuido, «cuando puede matar sin responsabilidad y sin ruido. Catalina, que á la sazón estaba puérpera, no estaba en el Ingenio aquella noche. Lactaba el tercer hijo, un pequeñuelo de pocos días cuyo nacimiento había sido saludado por Leonarda con pocos agasajos. Cuando esta le vio entre pañales, dijo á su hija / Jesús qué atrocidad L / tres muchachos ! miray Catalina^ tu no debes tener más hijos . Esto fué dicho á solas, porque Leonarda, temerosa de las vehemencias de Sulpicio, recatábase para dar a su hija ciertos consejos de mujer experta. ,. .Había, pues, entre ellos una lucia latente: la madre implacable, la hija abobada, Sulpicio avinagrado é infeliz. Reunidos en la sala, velaban al enfermo. — Parece que duerme — dijo Frisca deteniendo los balances del sillón. — Al menos está más calmada su inquietud. ¡ Pobre Tirso! —¡ Creí que se moría ! —añadió Sulpicio. Y comentaron largo rato los detalles del último paroxismo. Cada cual adujo su observación que el enfermo no podía resistir mucho tiempo, que su respiración era tan fatigosa que estar junto á su cama producía asma, que lo verdaderamente insoportable era el olor, el baho de la úlcera. La conversación fué hilándose hasta remontarse á historias pasadas. Sí, Tirso había sido un buen hombre. Un poco tacaño, pero podía perdonársele ya que supo amasar una fortuna. ¡ Medio millón de pesos, onza sobre onza ! Leonarda dijo que en dos horas se comprometía á convertir en oro todos sus bienes, ¡ Ah, su hermano era poderoso !Hablóse del testamento: siempre Tirso había sido un descuidado. Moribundo estaba, y aun no creía en la muerte —¿De modo que no tiene arreglados sus asuntos? — No deja ni un papel, ni un encargo. —Malo — epuso Frisca —eso promete un enredo, porque… —¿Y qué nos importa eso ?— interrumpió Sulpicio. —Hombre, siempre es bueno precaver. Porque ¡cuidado que hay que temer en Paraiso á ciertos pájaros que viven del enredo! —De todos modos —murmuró Leonarda— si no forzosos, tiene herederos, parientes muy cercanos… —¡Buen porvenir para ustedes! —Así . . . así . . . Los capitales se dividen y al dividirlos se hacen humo, Sulpicio miró atentamente á Leonarda. —Por supuesto, —añadió esta — para ciertas divisiones es preciso la mayoría de edad de los menores, nombrarles tutor ... Y cuando así dijo, mostraba en el semblante indominable mueca de contrariedad, como si en aquel momento la quisieran obligar á partir en pedazos un tesoro que ella para sí, y solo para sí, coi insensato ahinco ambicionaba. Continuaron en ese tema, mientras Úrsula y Honorino hablaban en voz baja. El calor del quinqué encendía el semblante de Úrsula que estaba colorada como una cereza en sazón. De vez en cuando, escuchábanse entre ellos risitas que parecían producidas por el cosquilleo de alguna frase jovial ó de alguna picarada ingeniosa. De pronto, interrumpióse la velada. Habíase oido una voz ronca que salía de una laringe flemosa. — ¡ Ocampo Ocampo ! . . . —dijo la voz. Levantáronse todos y corrieron á la habitación del enfermo. Todos, menos Úrsula y Honorino. — i Ha venido Ocampo f — preguntó el enfermo. —¡ Ocampo ! i Y para qué quieres á Ocampo ? — Quiero verle i oyes I quiero verle Yo lo mando. ¡ Puedo mandar en mi casa ! — Bien. pero sosiégate. Esos enojos te son dañosos. Vaya las nueve y cuarto. Es hora de tomar la cucharada el doctor no tardará mucho en venir. — Sea, venga la cucharada, pero entiéndelo : en cuanto llegue Ocampo, que entre —Delira —dijo Frisca á Sulpicio en voz baja. Mas como la hubiera oido Tirso, agitóse con impaciencia en el lecho, añadiendo: — No deliro ¡ diablo ! i Cómo he de decirlo ? Yo he mandado á buscar á Ocampo desde ayer. Miráronse los circunstantes al conocer aquí detalle que les había pasado desapercibido — Bien, tranquilízate : vendrá Ocampo. — Sí, y al instante, que entre Leonarda hizo ademán de salir de la alcoba, mas detúvola Tirso diciendo agriamente : — i No me curas f . . . . ¡ Cuarenta y ocho horas sin curarme ! jLa consternación pintóse en los semblantes. Todos temblaron ante la cura, ante el ingrato manoseo de carne infecta. No hubo remedio y transigfieron resignados. Preparáronse las hilas, la jofaina, el agua alcoholizada. Guando todo estubo dispuesto, Leonarda y Prisea, tragando saliva, levantaron la sábana y descubriendo al enfermo, apareció una rodilla de color negrusco. Los asistentes volvieron la cara, cubriéndose á hurtadillas la nariz, conteniendo el aliento. Todo inútil. Comenzó la cura y se hizo á la ligera, como entierro de pobre. Urgía abreviar : aquello era demasiado, daba vértigos Mas era preciso hacer un esfuerzo : aquel veneno deletéreo desprendíase irrespirable de un cuerpo caduco dueño de medio millón. Un esfuerzo más, un* poco de paciencia, y sahumándose el terrible olor, el medio millón quedaría El enfermo, en tanto, sentíase aliviado y entre suspiro y suspiro, continuaba con el nombre de Ocampo en los labios, mirando á Leonarda con desconfianza, sonriendo y diciendo con sarcasmo: —No tengas cuidado Pronto acabarán estas molestias. ¡Para lo que he de durar! En la sala, al verse Honorino sin testigos, apoderóse de una mano de Úrsula. — Así no podemos estar ; es menester que resuelvas. — Pues bien, resuelvo : no. — Lo que dices no es sincero. Hablas así por el placer de mortificarme, para prolongar mi suplicio. — Porque no creo en sus juramentos. — ¡Bah ! Dices eso porque te acuerdas de aquel…No todos los hombres son iguales. Y Honorino, con todo su ahinco, quiso probar á Úrsula que él era el símbolo viviente de la constancia. Ella le miraba con ojillos picarones, sonriendo maliciosa, mientras él, apoderándose de la otra manono de la joven, le apretaba las dos contra su pecho. — Mira, Úrsula : quiero decirte un secreto. — Estamos solos. — No, al oido. — ¿Y quien nos oye ? —Nadie, pero debe ser al oido. Ven al balcón. Atída, allí. . . —¿Para qué ?, No estamos bien aquí í Discutieron todavía algunos minutos después de los cuales cedió Úrsula. Salieron al balcón y el ambiente suave de la noche les acarició el semblante. En el exterior, una colgadura de sombras adormecíalo todo, mientras el remoto centelleo de los astros parecía decorar el soberbio cóncavo con pinceladas de nostalgia. El balcón era ancho, tenía el largo de la fachada, y ya en él, Honorino condujo á la joven al extremo más remoto. La claridad era nauy tenue, percibíase el rumor intermitente del vecino cañaveral ondeado por la brisa y el roce de helíctros de los insectos nocturnos. La ocasión era para el amor… — Vamos, sepamos el secreto. — Quiero preguntarte porqué, si quisiste á aquel mulato, no has de quererme á mí. —Esa es cuenta mía, solo mía. Me voy… — No, escucha… — i Para qué? Suélteme usted .. .pueden oírnos ¡Si hubiera sabido esto! Los brazos de Honorino ceñían la cintura de la joven, y allí fué el derroche de elocuencia. La amaba sí, la amaba. Aseguró que su intención era sana, que conocía toda la historia, que á él no le detenían exig:encias sociales. Dijo que era filósofo, que ella, Úrsula, era á sus ojos tan buena y tan guapa antes del percance, como después. Ella, como mujer de experiencia, mostrábase recelosa. Honotino, según ella, era un muchacho muy loco, muy enamorado. No había, pues, que fiar mucho en sos promesas De vez en cuando, escuchábanse lamentos prolongados. Era Tirso que entre atroces dolores soportaba la cura. Los jóvenes suspendían su plática, pero á poco reanudábanla con más calor. — Mira, Úrsula, tu oreja es muy linda, muy suave… — ¡ Me la va usted á poner colorada ! — Es tan suave que convida á besarla. — No, eso no. Ahora no puede ser. — Sí, ahora. -. — ¡ Vaya un empeño ! Quite usted. — Anda, monina — No, ahora no. — Pues i cuando, entonces í — Luego . , . Y aqual luego, quería decir anda tontOy ahora , misino. Era la menor cantidad ae negación que puede oponerse á una afirmación que se desea. Escuchóse rumor de pasos en la grava de la espíanada que se extendía frente á la quinta, y dos hombres penetraron en la casa. Uno, caminando delante, llevaba de la mano al otro. El de atrás apoyábase en \iu grueso palo, y Su andar indeciso denunciaba que era ciego. Aquellos dos hombres eran, el Ocampo tan deseado por Tirso y un campesino obrero del ingenio. Era Ocampo un pobre ciego que vivía en Paraiso poco menos que de la caridad pública. Antiguo soldado de briosa juventud que roía por entonces, mendrugos de buen viejo amasados por la miseria. A poco, los recien llegados aparecieron en la puerta de la sala. Honorino todavía intentaba detener á Úrsula, mas ésta, temiendo ser vista, desprendióse de su brazo y entró en la sala en el momento en que Leonarda y Frisca, terminada la cura, salían del cuarto de Tirso y llenaban los pulmones de aire puro. — ¡ Calla ! — dijo Leonarda — Era cierto Aquí está Ocampo. Y arrugando el ceño como bajo el estímulo de una contrariedad, continuó : — Ocampo no es esta la ocasión de pedir limosna. Otro día — ^Yo no he venido aquí, señora, — repuso el viejo con duro acento — á mendigar la caridad de nadie. He venido^ dospués de muchos años de no pisar esta casa, porque se me ha llamado, porque don Tirso. . . — Está bien. Sepa usted, sin embargo, que el enfermo no puede recibir visitas, que necesita silencio. — En ese caso, me volveré sin verle. Nadie se dignó ofrecer asiento á Ocampo. Todos los semblantes estaban serios, contraidos, oomo ante la presencia de un enemigo. Sólo Sulpiqio, con aire sorprendido, contemplaba la escena como quien considera algo que no entiende. En los demás, la hostilidad fué notoria, mientras en el ambiente de la sala parecía agitarse un fuera de aquí repetido con odio por todos los labios. Entonces escuchóse de nuevo la voz ronca. — ¡ Ocampo ! . . . Eso es mentira. ¡ Ven ! Quiero verte .... Leonarda, dominando el enojo, detuvo al ciego. — Espere usted, él quiere verle. Ocampo fué conducido á la alcoba, en donde Leonarda, entornando la puerta, sentóse resueltamente á los pies de la cama. — ¡ No ! — gritó Tirso impaciente — Vete. . . quiero estar solo con Ocampo. ¡ Solo ! . . . 4 Por qué me contrarías, por qué me abrumas ? Ella, casi iracunda desfiló. El enfermo y Ocampo, qaedaron solos. — ¡ Gracias á Dios ! Ocampo : cierra esa puerta. Más. . .más. . .eso es. Ahora, da vueltas á la llave y vep, ven pronto, por lo que más ames en la tierra, por el recuerdo de Ernesta, por el amor de Casilda, mira que se me acaba la vida y no quiero morir con esta tortura que amarga mi agonía . . . ! Ocampo, palpando vacilante, encontró la cerradura, dióle dos vueltas y volvió pausadamente junto al enfermo, sentándose en una silla próxima al lecho. En la sala, los circunstantes miráronse contrariados. ¿ Qué significaba aquella entrevista ! \ Qué aquel encuentro de dos antiguos amigos tanto tiempo separados por el encono ? Ocampo fué compañero de armas de Tirso y cuando éste, cansado de la vida militante, retiróse al suelo nativo para dedicarse a! cultivo de la tierra, Ocampo le siguió con la fidelidad de un perro. Tirso labró algunas hectáreas de terreno y Ocampo le ayudó sumiso. Más tarde, el demonio de la lascivia rompió aquellos lazos. Ocampo tenía una hija, cristal á cuyo través contemplaba serena felicidad. Tirso era todavía joven y Ernesta, inocente muchacha, cedió á la pasión. El antiguo ordenanza recibió en el semblante la bofetada, abandonó con su hija la compañía de Tirso y no volvió jamás á pisar los umbrales de su casa. Fué una repetición de la vieja historia. . .Un ser caido y un agresor sin memoria ; un placer robado á traición y un infortunio amasado cruelmente para amargar una vida. Luego, fruto de aquellos amores, nació Casilda y al nacer, murió Ernesta. El viejo Ocampo puso en su nieta todo el amor que al morir su hija la fortuna le arrebataba. Así corrió el tiempo y Tirso acumuló cuantiosos bienes. Mil tentativas hizo por lograr perdón y el apego de Ocampo, mas todo fué inútil. No, el buen soldado no había matado á su antiguo jefe porque un resto de religioso respeto le contuvo. Sin ese invencible sentimiento, él hubiera vengado la afrenta, porque aunque de condición humilde supo siempre lo que era honor y vergüenza. Tirso envejecía llevando en el alma el penoso recuerdo de su villanía. Todos sus esfuerzos por atraer á Ocampo, fueron inútiles, y en tanto éste soportaba en Paraí- so las estrecheces de la pobreza. Trabajó hasta que pudo, y cuando unas cataratas seniles le dejaron ciego, quedó entregado á la piedad publica. Mendigó al cabo, conducido de la mano por su único amor en el mundo, por su lazarillo, por Casilda… Pero vino la muerte á batir sus alas sobre Mina de Oro y Tirso que hasta entonces habíase creído inmortal, presintió un fin cercano. Temió confiar á nadie sus pensamientos, dudó de los suyos, de sus amigos. Sembrador egoísta, cosechaba soledad é indiferencia. Muchos tenía á su lado : al lado de su cuerpo caduco, de su caja fuerte, que no de su atribulado espíritu próximo d partir. En noches delirosas, su pasado renació envuelto en luz y vio de nuevo los yerros reclamando redención, penitencia y justicia. Tenía deberes que cumplir, heridas que restañar, deudas de conciencia que satisfacer y valiéndose de un criado de confianza llamó á su lado á Ocampo. Cumplido el encargo, el viejo amigo rindióse ante el ruego del moribundo : alargó la mano al campesino y le siguió á Mina de Oro. En la sala, desde la llegada del ciego, señoreó la alarma. Aquel hombre guardaba á una niña y aquella niña era hija de Tirso, y aunque ni reconocida ni atendida, era siempre un peligro formidable papa las aspiraciones de ciertas gentes... Si Tirso moría ei» testiar, la cosa no admitía réplica : los parientes más cercanos serían llamados á poseer los bienes. Mas si aquel ejercitaba algiin acto testamentario y torcía el curso de las probabilidades, se desvanecerían ilusiones y Casilda, acaso, saltaría al pedestal de oro. Los parientes de Tirso vieron el peligro resueltos á poner en juego influencias que evitarán el descalabro : los parientes, y también otros que empujaban en la sombra. Cuando la dolencia arreció, á casa del enfermo fuéronse todos ; y cuaado este comprendió que el fin de su camino se acercaba, detrás de cada mueble encontró á un centinela, detrás de cada cortinaje un ojo vigilante, detrás de cada puerta un oido atento. Se le vigilaba, se le seguía, procurábase leer en su semblante determinaciones recónditas. Se le adulaba y él comprendía que en el fondo de los halagos retorcíase hipócrita la ambición. Dióse cuenta de que se intentaba imponerle el despotismo de una jauría que ojeaba la fortuna. Habló de testar y se le dijo que su estado no era tan apremiante, que tan tristes ideas podían serle dañosas ; quiso dar precisas instrucciones á Leonarda dejando entrever .«US proyectos de alivio de conciencia, y la buena señora negóse sollozante á escucharle ¡ Oh ! porque tales encargos le partían el corazón. De detalle en detalle, observó Tirso que sus parientes apoderábanse de todo. Tomaban posesión, pisaban su heredad, el girón de riqueza que iba á ser suyo. Vivía aun, pero estaba inválido, impotente en el lecho. ¡ Qué' dias penosos discurrieron para él ! ¡ Qué noches las suyas ! A veces, con claridad de juicio, estudiaba la situación, los medios de defensa, el grado de energía de que aún pudiera ser capaz. Otras veces, en noches de fiebre, al juicio sensato se zurcía la vaguedad delirosa, y entonces las cosas se deformaban en su pensamiento y velase rodeado de aves negras con ojos brillantes que le bailaban en torno riendo á carcajadas de sus dolores, contando monedas que le habían sustraído, tomando proporciones gigantescas, mientras los detalles de la alcoba se deformaban también, creciendo el ropero hasta abrirse paso por el techo de la casa, desplomándose las paredes que le dejaban á la intemperie, huniiéndose el pavimento que le apedreaba con los escombros. Perdía la conciencia, y el delirio, ese delirio tenue y terrible que borra la realidad, apoderábase de él, ajitándole en la revuelta cama como si la desdicha le hubiera arrojado sobre un lecho de ortigas. Y luego, con la claridad del nuevo dia bajo la acción medicamentosa, renacía de nuevo á la conciencia, para considerarse infeliz, inerme, solitario, sin que le enjugara el rostro la mano generosa del cariño. Un día, al despertar, notó que le habían sacado de debajo de la almohada la llave de la caja. Guardábala así, como guerrero que durmiera sobre su lanza, y al darse cuenta del despojo, amedrentóse convencido del abandono en que estaba. Un resto de energía le hizo reaccionar y resolvió apelar á la astucia. Sí, cumpliría deberes de su conciencia y vengaríase á la vez de sus verdugos. Y guardó silencio £njiendo ixna pasividad que no sentía. Así pues, la llegada de Ocampo al Ingenio, excitó recelos. Detrás de la cerrada puerta, creyóse que pasaría algo grave — Creo — dijo Frisca, que aunque no era pariente conocía á fondo las cosas — que convendría avisar á Garduña . . . — Sí — contestó Leonarda — Sinembargo, ó I no debe tardar. Acaso fuera mejor esperarle. — ¡ Pero es triste gracia — añadió Houoriuo — que de Huera venga quien nos arroje de nuestra casa ! ¿Quién es ese hombre para. . .? Un miserable, un cualquiera. . . Y además : i quién garantiza que esa chica es hija de. . . — Cállate Honorino . . . — Pero ... — ¡ Cállate ! No nos consta lo gne ahí dentro suceda. Yo no puedo creer que Tirso olvide sus deberes, sus. . — ¿Sus deberes ? — añadió Sulpicio con mal gesto —¿De qué hablan ustedes? ¿Qué les preocupa? No parece sino que seamos los tutores de Tirso. — Son asuntos de familia. — Por lo mismo. Solo nos toca respetar la voluntad de nuestro pariente. Sulpicio sentiase inquieto. Aquella atmósfera le molestaba, aquellas escenas le entristecían. Sus ideas eran distintas y rebelábase ante la desnudez de aquella ocupación de perros en acecho. — La situación de Tirso no le permite hacer nada sin la intervención de ustedes — añadió Prisca — pero.. . — Y si hiciera, e.-taria en su derecho. Si él lo desea, venga su herencia en buenhora, más si otra cosa piensa es indigno de nuestra parte injerirnos en sus asuntos. — ¡ Siempre dando voto en contra ! — murmuró Leonarda envolviendo á su yerno en una mirada puntiaguda. — ¡Siempre razonable, señora ! i Cree usted legitimo intervenir en asuntos ágenos? — Creo justo no dejarme arrebatar de las manos una fortuna que legitimamente me pertenece. — El testamento se hace á gusto del testador. — Aquí no hay testamento posible. . .Tirso no puede testar : su cerebro se lo impide. Sulpicio sentía frío, como si repulsiva mano de hielo le acariciara las cnrues. Un sentimiento de dignidad levantaba en él gritos ih protesta. No era decénie lo que allí se hacía y él no se hallaba dispuesto á tomar parte en asuntos dudosos. En aquel momento, un nuevo personaje Ve^ó al Ingenio : Dativo Curvo, el maestro de escuela de ^Paraíso. Sulpicio abandonó la sala confinándose en la galería posterior de la quinta, y Dativo, hombre pesamentero y sabihondo, ocupó el asiento que aquel dejó vacio. — Debo avisar á ustedes — dijo el maestro — que el Dr. Troncóse no viene esta noche. Un accidente imprevisto lo impide. S'ilimos juntos de Paraiso y al pasar el puente del camino real^ hete al caballo que el doctor montaba, metiendo la pata por un agujero, hete la pata rota en dos pedazos y hete al doctor vestido de blanco y nadando en un lodazal. Se dijo quizás que á buen pelmazo, tomar tabaco, y resuelto á volver grupas sobre los talones, me dijo : oiga usted^ don Dativo : para lo que ha de vivir don Tirso, mi visita no es cosa que urja vaya usted y dígalo asíy qtie yo me vuelvo á mis sábanas y hasta mañana.,,. Muy ciego es quien no vé por tela de cedazo, y comprendiendo yo que el galeno más queria dormir en blando que velar en blanco, vine y aqui me llego contando el caso. . . Y i cómo, cómo sigue Tirso? — Asi, asi Por momentos alivio, por momentos exacerbaciones. — ¡Bah!..Al fin todo es morir. Y mi señora dola Leonarda ¿ qué me dice ? ¿No piensa dormir tampoco esta noche T Vaya — No me hace falta. — Bueno es cuidarse, sobre todo cuando se esperan duelos. — ¡ Ay, don Dativo....! — En Paraiso todo el mundo vive pendiente del , estado del enfermo y más de ciento me preguntaron A.1 paso por él. La gente curiosa. . 4 eh f . . .Ya usted sabe : la décima parte con sana intención, y el resto, para esjfrimir la tigera. Y yo, aqui estoy, pero no para holgar, sino para ser útil. A cada ollaza.su coberteraza, y el trabajo repártase entre los amigos para que los penados descansec. ¡ Harta pesadumbre le« espera, si Dios milagroso no salva al enfermo ! Úrsula y Honorino desfilaron al balcón,- Frisca se internó en las habitaciones de la casa, y Leonarda quedó frente á frente 'de Dativo, soportando con resignación su pedante y anticuada cultiparlancia. Cuando Tirso se vio solo con Ocampo, incorporóse tembloroso en el lecho. La tenuidad de la luz, el silencio interrumpido á intervalos por la fatigosa respiración de Tirso, la movediza sombra del abanico impresa en el muro simulando un castillo almenado de la edad media, la austeridad del conjunto, algunos apagados ecos qae del exterior llegaban, todo contribuía á dar á la habitación un aspecto sombrio de penosa nostalgia. Moria allí un hombre ; un hombre inconforme con el fallo de su suerte, un hombre cuyo ánimo pasaba de las resignadas laxitudes del sufrimiento á las iracundas excitaciones del dolor. £1 enfermo tomó entre las suyas las manos del ciego y éste percibió en la piel la impresión desagradable producida por aquellas manos ardorosas y quemantes. — Ocampo — dijo al fin — soy un miserable. . . — i Mi capitán ! . . . — No, déjame, quiero que me escuches. Soy un miserable : fui contigo un infame. Sí, en la hora de la muerte no es posible engañarse á sí mismo. — ^Todo lo he olvidado. . .En estos momentos no puedo tener para usted más que palabras de aliento y de cariño. Lo demás. . . — Eso no basta^ eso no aminora mi falta. Mira : yo abusé de la inocencia de tu hija. Tú vivías ahí, en la casa de mayordomía, y yo vi á ta hija tentadora y hermosa, y traicionero te obligué á trasladarte á esta quinta, l Recuerdas f Fué una perfidia infame : cuando, al amanecer, el silbato de la caldera llamaba la gente á la fagina, tú salias á cumplir tu deber y yo, desvelado por la pasión, poseía á tu hija. Penetraba en el sagrado recinto donde, fiando en mi honradez, la creías segura. — ^Vamos. . .todo pasó. ---I Ah ! Es inútil que me impon^^as silencio. Quiero remover aquella nistoria que olvidada mucho tiempo, renace hoy en mí con la tenacidad implacable del remordimiento. Las palabras de Tirso producían á Ocampo una sensación penosa. Su jefe, era cierto, habiale ofendido, mas en aquel momento era un enemigo humillado. A pesar de todo, nunca le quiso mal. El generoso anciano creíale bastante castigado, pero Tirso experimentaba consolador desahogo al exteriorizar sus pensamientos haciéndose juez de sí mismo. — Tú eras confiado— continuó — no pudiste leer en el fondo de mi disimulo. Yo, desleal, abusé de ti y de ella. Luego, recuérdalo bien, tu hija entristeció y yo me senti abrumado con vuestra presencia en esta casa. Algo viste un dia. . . alguien te comunicó su sospecha, y al instante fuiste otro hombre. Saliste de esta casa, catorce años hace, y jamás tus labios formularon un reproche. Pero yo sé que hay encono en tu alma y quiero que me perdones. — i Por qué recordar lo que debe olvidarse t i Quiere usted saoerlo todo ? Pues bien : hace años que perdonó. Cuando Dios se llevó a Ernesta para siempre. , . — ¡ Para sienapre ! ¡ Qué triste debió ser aquel adiós ! Besó á su hija. . .á mi hija, porque era mi hija, y luego huyó. Entonces mi corazón estaba encallecido, i Qué me importaba el sufrimiento ageno ? El interés, el egoísmo inspiraban mis actos y no me tomé el trabajo de reparar las consecuencias de mi infamia. Además: tú fuiste inexorable, fuiste cruel. Mi hija no recibió de mi maao una sola caricia. La sustraías de mi presencia y hoy mírame moribundo sin haberla estrechado entre mis brazos ni una sola vez en la vida. ¡ Fuiste cruel, muy cruel ! Hoy me siento morir y Casil- da queda sola en el mundo. Sola, porque tú no tardarás en seguirme. Sola, abandonada, sin nombre, sin fortuna. . . ¡ Ah !. . . eso no^ puede ser y no será, .[ no será ! Por un instante ocultó llorando el semblante en- tre los pliegues de la almohada. Luego continuó : — Esas ideas me ahogan, amargan mi agonía. Yo no quiero morir sin llenar los deberes de mi concien- cia y por eso te he llamado. ¿ Me perdonas 1 Gra- cias con toda mi alma, pero quiero que me jures cumplir la misión que voy á confiarte. Estoy ro- deado de enemigos. Los que están en mi torno son malvados que me detestan. Yo no supe hacerme amar y ellos hoy aguardan impacientes que desapa- rezca para apoderarse de mi fortuna. Yo hubiera (juerido legalizar mi voluntad, disponer de mis bie- nes libremente. ¡ Imposible ! Les he visto tejer y des- tejer, y estoy convencido de que todo sería inútil, porque soy impotente, porque siento que me aban- donan Jas fuerzas y se me va la cabeza y siento vér- tigos j temo una celada. ¡ Es tan fácil imponerse á un moribundo ! En todo veo aquí los indicios de un plan preconcebido. J Conoces á Garduña í Siem- Sre he sentido repulsión por ese hombre y en estos ias no sale de mi casa, l Quién le trajo, quién osa imponérmelo ? Gentes que siempre vivieron aleja- dáiS de mí, acuden ahora y mi propia familia me vi- gila, me rodea espiando mis más pequeños movi- mientos. ¡Será inútil miserables! Quise tes- tar y opusieron obstáculos á mi deseo y si aun me quedara aliento para ello, acaso abusaran de mi es- tado engañándome. . . ¡ No ! Yo quiero poner á sal- vo de esos peligros el porvenir de mi hija Ocampo estaba emocionado. Tratábase de su nie- tdi de BU pobre Casilda, de la única luz en la noche de su desdicha. Por ella, haría cualquier sacrificio. En aquel momento hubiera querido tener el vigor de otra edad para abrir rudamente las puertas, para imponerse á Iob avaros, para barrer de la casa las víboras (jue pretendían arrebatar á su nieta lo que era legítimamente suyo. Luego, pensó también que lo que DO se logra con la fuerza puede conseguirse con la astucia y se juró ser esclavo de las instruccio- nes del hacendado. — Toma — ^dijo éste poniéndole en la mano un plie- go que sacó con misterio de debajo de la almohada. i Tocas este pliego f ~Sí. , . — Guárdalo de prisa, donde nadie pueda verlo. . . así. . – — Antes me arrancarían la vida que estos papeles — contestó el ciego guardando el pliego en el ancho bolsillo de su chaqueta raída. — Pues bien ; aprovechando momentos de soledad, he consignado en ese pliego mi voluntad y Un hipo fatigoso cortó la frase y Tirso, tratando de proseguir, sólo pudo murmurar : — Cuando te parezca, al juez. . . .Sé cauto desconfía ¡ Son muy infames ! — Lo juro, io juro cien veces — repuso Ocampo, y como el hipo, continuara pertinaz, añadió : — No sufra usted, mi capitán. Juro que el por- venir de Casilda Entonces oyóse el rodar de ün coche frente á la quinta. — I Oyes í . . . ¡ Lo que te decía ! Ahi llega Garduña. Son los cuervos.. .¡ los cuervos que husmean el cadáver ! Pronto pronto sal regresa á Paraiso. ¡ Adiós ! Abrazáronse sollozantes : Tirso bajo la incómoda intermitencia del hipo, Ocampo con el semblante lleno de lágrimas. Después el ciego abrió la puerta, cruzó la sala, y hallando cerca la mano del campesino, salió de la quinta. A su paso, los circunstantes le contemplaron silenciosos, y en la escalera, cruzóse con él un hombre que, con aire sorprendido, echóse á un lado para ejarlo pasar. Aquel hombre era Garduña ; el de los largos bigotes y color mate. Entonces Dativo Curvo penetró en la habitación de Tirso, mientras Prisca y Sulpicio departían en el comedor, en donde en metódica hilera algunas tazas vacías esmeraban contener el humeante chocolate que á media noche debía ofrecerse á los asistentes. Úrsula y Honorino continuaban en la semiobscura esquina del balcón diciéndose secretos y representando junto al drama de la muerte, la comedia de la vida. Así, pues, cuando Garduña entró en la sala, solo Leonarda estaba en ella. Sentóse aquel á su lado y escuchó los cuchicheos de la buena señora que le hablaba haciendo muecas y ademanes como si tratara en reserva algo muy importante. Garduña retorcíase el suave bigote sin que su marmóreo semblante se contrajese ni denunciase que hubiera perdido el dominio sobre sí mismo. — No sé qué pensar —decía ella— Lo que haya pasado lo ignoro, pero temo que. . . . — Sí ; es prudente no dormirse. Estudiando el asunto detenidamente, es preciso convenir que su hermano nada puede hacer sin contar con nosotros. — ¿Y si hubiera resuelto proceder á nuestra espalda? — Cualquier acto legal que intente no está á su alcance sin la intervención de los que aquí estamos. — ¿No cree usted que pudiera, recelando de nosotros, valerse de ese inválido? — Pudiera ser, mas lo creo difícil. — Entonces j qué vino á buscar Ocampo á Mina de Oro ? — Ese es el problema. Nada sin sanción legal tendría en este caso valor jurídico. — Yo aseguro á usted que ahí dentro ha pasado algo — ¿Nada pudo usted oir? —Nada. Meditaron. Luego insistieron en comentar los hechos que amenazaban sus ambiciones. Leonarda protestó á Garduña que él era la única persona en quien tenía confianza y era forzoso que no la abandonase. Una fortuna, una cuantiosa fortuna podía escapársele de las manos si él no la prestaba su apoyo. Tratábase de intereses de familia que no era justo dejen abandonados á los caprichos de un enfermo. Además, ella necesitarla después un gestor, un hombre de confianza y ¿quién mejor que Grarduña? En su interés de abogado calculista, estaba, pues, po abandonarla, socorrerla con sus conocimientos en la difícil situación en que, débil mujer, se encontraba, Garduña convenía en ello, protestaba adhesión . Es cierto que sirviendo á muchos, solo cosechó desengaños é ingratitudes, más eso no sería bastante á desviarle de su camino de amigo servicial. Que no hubiera cuidado ; él no dejaría de la mano á su dienta. Aseguró también que se había ocupado mucho del caso y que dudaba en aquel momento, cual podría ser la resolución más pruden te> Sin embargo, como hombre previsor, había tomado sus medidas. El notario haoíale asegurado que no había en los archivos documento alguno testamentario hecho en épocas anteriores por don Tirso. Lógico era suponer que éste no se había ocupado de ordenar sus asuntos; deducción tanto más razonable, cuanto que en el minucioso registro que Leonarda había practicado en los papeles de su hermano, nada encontró tampoco que indugera á pensar que éste hubiera tomado notas ó dado poderes. La dificultad se reduela á saber con certeza lo que entre el enfermo y el ciego había ocurrido. Si en la entrevista se trató del capital, convendría apresurarse y hacer testar á Tirso. A grandes rasgos se leerían en su presencia algunas disSosiciones, y él, más ó menos, á todo diría que sí. as si la visita de Ocampo no había tenido trascendencia, entonces lo mejor era dejar seguir á las cosas su curso natural y tener paciencia. Fallecería Tirso, arreglaríase el áb-intestato y los parientes más próximos tomarían posesión de los bienes. — ¿Qué hacer en la duda, licenciado? — Me parece el caso delicado. Venga usted. . . . Entraron en la habitación y vieron á Dativo que con aire de galeno pulsaba al enfermo. — Mal veo esto — dijo — el pulso es irregular, la, piel se pone fría, los ojos vidriosos Tirso, con los ojos fijos, la mirada mortecina y presa del hipo, parecía dar á la vida sus últimos alientos. Garduña le observó atentamente y disimulando un movimiento de contrariedad, hizo señas á Leonarda para que saliera de la alcoba. — ¡ Se muere, señora no hay tiempo que perder! Pronto... un criado á Paraíso, .que vengan Gil Pan y el notario. — i De modo que cree usted conveniente..? —añadió Leonarda haciendo un visaje parecido á un sollozo:— ¿Creé usted que se acaba pronto? — Sí, agoniza y pienso que es urgentísimo hacerle testar. Afortunadamente, tengo aquí la minuta que hice hoy. Ya la conoce usted. Se cubren las apariencias para evití^r murmuraciones y calumnias. Dos mitades : una para usted y para sus hijos otra. Esta minuta ahorra tiempo. Los detalles . . . — Sí, sí ; como usted quiera. Leonarda en el velador escribió apresuradamente algunas líneas y á los pocos minutos un criado, saltando sobre uno de los potros de la caballeriza y llevando otro del cabestro, salía á escape para Paraíso portador de la carta. Dativo fué invitado á pasar al comedor : era justo que los buenos amigos repararan las fuerzas tomando cualquier friolera. — Juraría que don Tirso está agonizando — dijo el maestro. — ¡ Cá ! — arguyo Garduña — Cien veces ha pasado por esas alternativas. Dentro de poco, le verá usted tan tranquilo. ' — Sin embargo. . . — Se exacerba el dolor, le desespera su intensidad y casi parece muerto. —¿Y el pulso ? .^Vuelve, vuelve en el acto. Cuando el dolor se calma, revive, se tranquiliza y hasta manifiesta deseos muy razonables y sensatos. -iSí? — No hace mucho, antes de usted venir, manifestó deseos de que se llamara al notario. — Hombre. - .¡ al fin ! Ya. era tiempo. — Vaya. . .Y lo que es más : tan tranquilo estaba que dictó á Leonarda ciertas disposiciones. Dativo miró á Garduña cara á cara Este sostuvo la mirada como fornido marinero que resiste ai timón el choque de la ola. El maestro dudó Algo inverosimil parecióle ver en todo aquello; siendo el amigo de confianza, nada habíame Aic}io de noticia tan importante como era aquella resolución de última hora. Vio á Tirso y le pareció inerme, desmayado, agonizante. ¡Testamento, testamento nn muerto ! i Qué significaba lo que veía ? Garduña leyó claramente los pensamientos del pedagogo y sonriendo con aire seráfico, le miró fija- mente, como quien no está dispuesto á dar explicaciones. —Sí, algunas disposiciones generales que sirvan de base á la redacción de su testamento. For cierto que por lo visto eran ustedes grandes amigos. . . — i Grandes amigos f — Lo deduzco de su inclinación á no olvidarle. — ¡ Cómo I — No hablemos de ello. . .pronto se convencerá usted. Dativo quedó perplejo, como quién á las puertas de un gran placer, duda de la realidad. Luego fuese al comedor lleno el pecho de tan inesperado regocijo que á duras penas podía dominarlo. El ¿rato olorcillo de los manjares atraía en el comedor á todos. Garduña indicó á Leonarda en voz baja, la conveniencia de despejar un poco el campo. , En momentos delicados, las (Curiosidades estorban.Dativo, en tanto, habíase hecho cargo de una jicara colmada y entre bocado y bocado: — Vivamos — decía — no está en nuestra mano evitar naturales pesadumbres. Hay que tomar la vida con sus naturales asperezas y pensar que no hay oveja para todos los martes. ¡ Caramba. , -buen chocolate ! Se vé que al pobre Tirso no le desagradaba lo bueno. Así soy yo : lo mejor de lo mejor. No toados piensan lo mismo. Poderosos hay que viven mendigos por aquello de que olla reposada no la comí^toda barba, ó lo otro de oveja, hasta de su rabo se ^panta. Obsequiábanse todos. El azúcar de la última cosecha, meloso todavía, pasaba de mano en mano y los bizcochos de plato á plato. Honorino y Úrsula sentáronse también en torno de la mesa y tomaron parte en el refrigerio. Afectaban todos circunspección, pero revolviéronse los manjares con buen apetito. Los semblantes aparecían tristes, con nalidez de insomnio, á tiempo que el chocolate endulzaba los paladares y estos gustaban libres de penas, los buenos sabores. Alguien prefirió café solo : solo y sin azúcar para no sentir sueño. Leonarda estaba meditabunda y Garduña, pálido siempre, serbia sin apetito su chocolate ya frió. Honorino dio fin en pocos minutos á una bandeja de panetelas. Tenía al lado á Úrsula á quien la vecindad no disgustaba, y mientras se ofrecían mutuamente pedacillos de bizcocho hundidos en las jicaras, por debajo de la mesa tenían los pies unidos dándose pisotones de inteligencia á cada uno de los ademanes amanerados de Dativo. Era una cena triste aunque con la menor cantidad posible de tristeza. Los criados movíanse de un lado á otro esmerándose en el servicio y de los anaqueles que adornaban el comedor, descolgábanse golosinas á medida 7 gusto de los comensales. Sulpicio, cuando acabó de cenar, encendió un cigarro delgado, largo y toscamente retorcido, que aromatizó con humo azuloso el comedor. Fumaba distraido, como quien medita algo remoto á lo que le rodea ; con las cejas fruncidas, como quien hace un lustro que no ríe, hastiado de lo que á otros divierte. No intervenía, en la conversación general, ni le preocupaban las volubilidades del diálogo. Pensaba, remontándose sobre aquel montón de humanismos, en cosas superiores. No estaba conforme con lo que allí veía. ¡ Tan buen apetito, tan buen humor en unos, mientras el otro infeliz estaba allá solitario, deliróse, pereciendo bajo la extrangulación de horrible mal ! Tirso nunca fué su amigo : hombre receloso, desconfiado, tímido ante el peligro de ser generoso, nunca le tendió su mano ni le , abrió su corazón llamándole amigo. Al entrar Sulpicio en la familia, antes que agradecer el nuevo lazo, el parentesco que se engendraba, temió que el sobrino político pretendiera abrumarle con empréstitos y peticiones de dinero. No fué así : Sulpicio era altivo y se bastaba á sí propio. Aquella noche, sinembargo, al ser testigo Sulpicio de la triste agonía de Tirso, olvidaba su indiferencia y sus recelos, considerándole como á un desdichado que moría sin ser amado, en la espantosa soledad de una compañía de indiferentes. Así, embargábanle sentimientos de piedad por el pobre enfermo, protestaba de la tranquila apariencia de los unos ante el acerbo martirio del otro. No, aquello era injusto, injustísimo, porque al cabo la herencia llegaría á manos de todos. Eran unos ingratos que más debieran estar sollozando por los rincones de la casa, que comiendo golosinas á costa del moribundo. También sentía repulsión por los amigos alli reunidos, i Garduña ? ¡ Buena 5ieza ! Mucho tiempo hacía qiie venia adulando á 'irso, pero ¡qué si quieres! E^te podía pesarse en \igro, n<» debía un céntimo, no tenía asuntos : con él n^había medro posible. El licenciado Garduña era uu'a)rohombre en Paraiso. ¡ Ya ! No le tenía él porUal. Vamos, no le entraba por el ojo derecho. i Prífica f Una tonta : muy cosueña, pero majadera y, ST^retodo, descuidada. Por eso á Úrsula se le fueron los pies ... De ésta tampoco pensaba bien: no tendría buen fin. Recordó que siempre que le daba la mano se la apretaba fuertemente, así, como con un movimiento convulso. Acaso histérico... casi todas las muchachas son histéricas. T luego ¡ con un mulato ! Nada : cualquier cosa. Así, de personaje en personaje, de idea en idea, Sulpicio llegó al ab-intestato. Pensó en las contigencias que podrían sobrevenir. En el fondo las esperanzas eran aceptables, el asunto valía la pe- na, porque al fin él, que no tenía otra cosa que el fatigoso producto de sus mensuras, no estaba para dar la espalda á la fortuna. Si Tirso les hacía herederos ó no testaba, santo y bueno. Dentro de su rectitud, la situación también tenía para él atractivos. Algo habría de corresponder á Catalina. Y cuando así pensaba, veía allí, en la esquina de la mesa á Leonarda y parecíale que como un fantasma de eterna pesadumbre, habríase de levantar siempre entre Cfatalina y él, entre sus ensueños y la realidad. De ese modo, mientras engullían los otros, él cavilaba hastiado Garduña y Leonarda cuchicheaban. Sí ; era menester alejar á Sulpicio.. No precisamente porque estorbara, sino porque como tenía un carácter tau vehemente y quijotesco, acaso fuera enojosa su presencia en ciertos momentos. La cosa fué fácil. Manifestó Garduña que allí todos se habian descuidado, que no se habían tomado las precauciones necesarias cuando se espera una desgracia. — ^No tardarán en llegar el notario y Gil Pan, amis;os de la casa que deben dar forma testamentaria á los deseos de don Tirso ¿Ignoran ustedes que don Tirso ha manifestado deseos de testar? — ¿Cuándo ? — pregunto sorprendido Sulpicio. — Varias veces. no hsce mucho lo repetía. Frisca, Úrsula y .Honorino, extrañaron la noticia ; Dativo sonrió malicioso ante aquel no Jiace nmcho inventado, cuando á él, que acababa de ver al enfermo, le parecía agonizante, sonrisa que disipó enseguida la loca esperanza de participaciones indirectas y ventajas llovidas del cielo ; Leonarda, seria como una estatua, reprimía su emoción ; y Sulpicio, el único sinceramente sorprendido, interrogaba á los circunstantes con miradas de indecisión y duda. —Nunca oí decir que pensara en tal cosa — dijo. — ¡Oh!.. Muchas veces. Así al menos lo afirma Leonarda. — Sí. No hace media hora, clamaba por el notario. — Entonces, la visita de Ocampo, acaso tenga relación con sus deseos. ¿No es eso? — Acaso . . , ó tal vez no. — ^Y mejor que mejor — añadió Dativo — Si arregla sus asuntos, menos embrollos. Que no se le contraríe, que no se le retarde ese deseo, que no s^le — Pues, como decía — interrumpió Garduña— Es menester apresurarse. Trátase de uu bonito capital que no debe ponerse en tribunales. Y veo que en otro orden de ideas no han tomado ustedes precauciones, i Se ha dado aviso para las esquelas ? i Se ha redactado la tarjeta de invitación f i Y los del carro fúnebre? i Y el ataúd í Veo, en fin, que no se han tenido en cuenta estos detalles. Kesultado : que á última hora todos son tropiezos. Soy amigo de la casa y estoy en el deber de advertirlo. Eso sí : creo que no debe economizarse nada. Cuatro caballos tirando del féretro y detrás, los potros domados de Mina de Oro cubiertos con gualdrapas negras. Debe ser un sepelio lujoso. Don Tirso deía capital para eso y para mucbo más. Pero todo hay que ordenarlo, que disponerlo, y según parece, nadie ha puesto mano en ello. Vamos á ver, don Dativo. . . — íYoÍ — Usted podría encargarse. . . — ^No, no es posible. Por mi parte, declino la comisión. No sirvo pata ayuda de entierro. Dar las gracias al cortejo, es otra cosa. De eso sí me encargo. — Pues tú, Honorino. Sinembargo de que siendo penado, pariente cercano. — Yo no entiendo de eso. Que vaya Sulpicio. Anda, hazte cargo. — Sí, el llamado es usted, Sulpicio. ¿Porqué no va usted á Paraiso y procede desde luego ? — Iré — dijo Sulpicio. Había visto el cielo abierto. ¡ Salir, salir de allí, respirar el aire puro de la noche, no presenciar indignidades ! Le fué grato el proyecto. Iría á Paraiso, cumpliría los encargos que el caso demandaba, y luego entregariase al descanso. Cumpliendo deberes de buen pariente hacía dos noches que no dormía : era justo dormir. Acaso Tirso no moría aquella noche, y como su mujer y sus hijos estaban solos, la ocasión le parecía aprovechable Además : ahogábase allí. Sus parientes no se portaban con la corrección que era de esperar en personas decentes. ¡ La herencia ! Solo la herencia era allí objeto de cuidados, sin que se atendiera gran cosa al infeliz enfermo á quien, á veces, olvidábanse de darle las medicinas. Asco, inmenso asco, repug- nancia invencible le embargaban, y al mismo tiempo una piedad infinita por Tirso á quien hubiera de buen grado asistido con ternura á no ser por el temor de que se creyera que su conducta obedecía al deseo de adularle. Su disgu$to, su inconformidad con todo aquello, arrancábanle de allí Acababa de sospechar que se trataba de un amaño increible . . . Acaso, de rodillas, habían suplicado á Tirso q^ue testara y este sin conciencia, complacía á sus parientes. Veía algo, pero confuso, indeciso. Sabia que Tirso era padre de una niña abandonada que vivía con Ocampo. ¿Tratá- base de atender al porvenir de esa niña T i Permiti- rían sus parientes que se cumpliera tal deber ? ¡ Ah ! ellos defendían su derecho ! Forque ellos creían te- ner alli derechos No, él no prestaría complicidad á tanta despreocupación , no autorizaría con su presencia planes equívocos. Y aceptó gustoso la comisión que le fué propuesta. Dispuso á un criado que enjaezara cierto potro de buen andar, y fuese á la sala. Garduña le siguió ampliando las intrucciones y de ese modo llegaron juntos á la puerta de la habitación de Tirso. Garduña previo el intento del joven : entrar antes de partir, en la alcoba, y ver á Tirso. Era preciso evitarlo á todo trance. Echóle el brazo por la espalda y desviándole, le condujo al balcón. — Mire usted, Sulpicio .Diríjase usted alas autoridades. Don Tirso es capitán de ejército en situación de retiro. No recuerdo bi tiene derecho á ciertos houpres en caso de muerte. Vea usted eso. De todos modosjt no olvide usted los clavos dorados en el ataúd y las cenefas anchas y doradas también. Las iniciales T. y M. que sean grandes ¡ Ah ! debemos tener en cuenta que sobre el ataúd deben colocari>e la espada de Tirso y la cruz de'., no recuerdo que clase, que le otorgaron por hecho Je armas. Nada olvide usted : interpretando los deseos de la familia, me tomo la libertad de abrumarle contante encargo. Se recibió aviso de que el potro estaba listo. La primera intención de Sulpicio había sido desviada, y siempre con el brazo echado por la espalda del joven, le acompañó Grarduña hasta la escalera, hablando siempre, sin permitirle fijar la atención en cosa alguna que no fuera lo que él decía. Sulpicio salió de la quinta. Llevaba la sospecha de que algo equívoco notaba en aquella casa, pero esa sospecha no llegaba á tocar la realidad. Pretendíase algo más, él no había percibido la noción de lo que se trataba. Su malicia, no era tan grande como la astucia allí dominante. En su honradez había candidos ; lo» hombres honrados suelen ser fáciles de engañar. A poco, estaba en campo ra^o. Caminando por sendas ocultas entre cañaverales, veía á lo lejos á Paraisó, iluminado por lucecillas que enviaban á la vega su débil fulgor. Distaba media milla á lo mismo, y como estaba situado sobre una colonia, descubríanse sus contornos ennegrecidos por la noche, á trechos salpicados de aquellos fulgores, que le daban un aspecto misterioso de ciudad fantástica. El aire de la noche serenó á Sulpicio. Ensanchó el pecho, respiró con placer, creyóse comprendido y saneado en aquella noche apacible que le acariciaba con SU frescura. Fuese, pues, alejóse, y en la soledad de los campos creyóse feliz . En la quinta, Frisca fué llamada aparte. Garduña le dijo que Tirso, con voz muy débil, había manifestado su resolución de hacer testamento, dando instrucciones para ello. Manifestó extrañeza, mas no ahondó en el asunto. — Así, al menos, serán después más fáciles las diligencias. — Positivamente. Es un favor que hace á todos antes de morir. Lo que importa ahora, es evitar que interioridades de familia trasciendan al público. Es|io no reza con usted porque se la considera como de casa, mas ahí está Dativo . . |, comprende usted f Un buen señor que no tiene polilla en la lengua. Procure usted entretenerle alejado algún tiempo de la habitación. Úrsula puede ayudar á usted, y, de paso, también ella se aleja, pues aunque se tiene confianza en la chica, los jóvenes suelen ser lijeros y.... — Sí, comprendo. Dativo queda de mi cuenta. — Muy bien. Luego, cuando llegue el mopiento oportuno pues como se necesitarán testigos, firman ustedes y — Claro está. Lo que ustedes hagan, ¿Hay ó no hay confianza? Leonarda, á solas con Dativo, cumplía las instrucciones de Garduña. Hablaban entre dientes, afectando disimulo, fijándose mucho en las palabras. — Olga usted Dativo : yo sé que es usted hombre discreto. — ¡ Vaya ! Procuro estudiar el terreno que piso. — Como usted comprenderá, al tratarse de asuntos íntimos, conviene evitar curiosidades, — ¡ Ya! Cuente usted conmigo. Yo me encargo de la madre y de la hija. — Justamente. En usted tenemos absoluta confianza, con tanto mayor motivo, cuanto que según instrucciones de mi hermano, no quiere morir sin probar á usted el aprecio que le tiene. —¡ Ah señora! — Resérvese usted la noticia. Parece que se acuerda de usted en sus disposiciones. — ¡ Buen amigo ! Nada, no tenga usted cuidado. Evitaremos curiosidades. Al peligro con tiento y al remedio con tiempo. Asi urdida la trama, se aseguraba el secreto. Secreto muy hondo de una intriga muy negra. Pocos momentos después crujió la escalera bajo el peso de dos recién llegados. Apareció primero la nariz ganchuda y el cuerpo de látigo de Gil Pan, y tras él, un hombrecillo que llevaba un rollo de papeles debajo del brazo. Eran el notario y el amigo íntimo de Garduña. Preparóse lo necesario y en el velador ie la sala Gil Pan haciendo las veces de escribiente y el notario, comenzaron con actividad el trabajo. En el silencio de la casa, oíase el ruido de la pluma como el roce de un roedor que se abre paso á través de un agujero. En la redacción del testamento se seguía una minuta que Garduña entregó manifestando contener la voluntad del enfermo. Avanzaba el trabajo con gran velocidad y la arenilla enjugaba sedienta las hojas de papel escritas. Volvíanse és- tas y pronto la albura virgen del papel llenábase de caracteres negros y húmedos que recibiendo los rayos de luz del quinqué, reflejaban tenues fulgores. — Yo he puesto en usted toda mi confianza, licenciado — dijo Leonarda al oido de Garduña — pero me sorprende la súbita resolución que ha tomado usted. Hace un momento se inclinaba usted á que Tirso no testara y ahora — Ciertamente, pero cuando entramos la última vez en la habitación i no se fijó usted en la mano derecha de su hermano T -No.... — Pues bien : tiene los dedos manchados de tinta..,. — I Ah ! — repuso Leonarda estupefacta, llena de admiración ante la sagacidad del abogado. Garduña la contempló sonriente. Sentía orgullo al producir aquella admiración. Muchas argucias de aquel linaje habíanle acreditado de hombre temible y abogado de trastienda. Era seguro aue Tirso había escrito, l Qué pudo escribir en aquellos últimos instantes de su vida t La prudencia orde- naba ser cauto ; imponíase un testamento ante no- tario en el cual se cumplieran las formalidades de la ley. Gil Pan escribía siempre, mientras Leonarda, con aspecto compungido, veíalo todo. Saltaba su mira- da de Garduña á Gil Pan, de éste al notario, des- pués al testamento y por ñn, fijábase en la puerta entornada detrás de la cual moría su hermano. Es- taba inquieta, pesarosa, y el corazón le latía viva- mente. Cuando ya quedaba poco que escribir, el abogado entró en la alcoba. Reinaba allí silencio de sepul- cro : un silencio de esos que aterran á los espíritus pusilánimes. Llegó junto á la cama y abarcó al yacente con una mirada escrutadora. Estaba inmó- vil, co^ los ojos abiertos y fijos, con una mano caida fuera del lecho. Garduña acercóse más, todo lo que pudo, ó irguió- se luego alarmado. Miró en torno, vaciló, hizo un ademán de contrariedad, y por fin, acercándose á la puerta, llamó á Leonarda que acudió solícita. — Vea usted . . . — dijo Grarduña á tiempo que qui- taba el abanico de delante de la luz. — i Qué pasa ? Un haz luminoso cayó sobre el busto de Tirso, Leonarda miró azorada y retrocediendo vivamente exclamó consternada : — ¡ Muerto ! — ¡ Silencio ! — ¡ Ah Dios mío ! — Calma. Ni una palabra, ni un gesto. — Pero — Nadie lo sabe. Eomínese usted. Es preciso á todo trance que usted se domine. — i Y el testamento ? ¡ Ya es tarde ! -7Í Tarde í No importa Colocóse el abanico frente á la luz y salieron de la alcoba. Tirso quedó solo, desencajado, como si con fijeza de estatua, contemplara un lugar deter- minado del muro. En el comedor, bajo la influencia de agradable coloquio, Frisca, Úrsula y Dativo, reteníanse mutua- mente. El resultado apetecido se obtenía : nadie abandonaba su puesto deseoso de cumplir la misión confiada. Aunque la plática había rodado sobre cien asuntos, manteníase siempre robusta. Con Dativo no era fácil agotar los temas. Últimamente se aludió á las hablillas de algunos envidiosos de Paraíso, con motivo del percance su- frido por Úrsula. — Son gentes retozonas con el daño ageno — decía Prisca. — ¡Y óigalas usted echándoselas de piadosas ! De buena gana me iría á otro pueblo. — Dice usted bien. Son ociosos á quienes gusta vestir la lengua de gala para morder al prójimo. — ¡ Y si fuera la primera ! — Figúrese usted viuo aquel adonizante, pin- tó la cigüeña y la chica creyó en brujas. Eso fué todo. Claro está, el resultado es sensibilísimo, pero no merece la niña que se la tomé en £los de lenguas. -— ¡ Como si no fuera el hecho campanazo viejo ! Úrsula estaba colorada. Parecíale el diálogo har- , to indiscreto y ya le iba sabiendo á vinagre. Hay cosas que deben callarse porque si en ellas se ahon- da causan rubor, i Pasó f pues calla esa boca : á nadie importaba el asunto. Honorino iba y venía del comedor á la sala, de la sala al comedor. El picarezco departir con Úrsula llegó á parecerle secundario, ante ideas de más im- portancia. En tanto, la. pluma de Gil Pan avanzaba galopan- do. ¡ Cuántas vueltas y revueltas ! 'i. Cuántos rasgos, curvas y perfiles ! A medida que dejaba impresos los caracteres, hacía aparecer las páginas del testa- mento como tela de araña en donde se enredaban los millares de pesos duros, los sembrados, los potre- ros, y las fincas urbanas de Tirso. Si alguna vez se rebelaha la pluma deformando el escrito por la pre- sencia de un pelo, deteníase el amanuense y la lim- piaba cuidadoso con el forro de la levita 6 pasán- dosela por el cabello. Eran precauciones muy atendidas por aquellos hombres. Buena gente que si en ciertos asuntos no se paraban en barras, en sus faenas pendolistas deteníales un pelo. Cuando ya faltaba poco, acercóse Garduña á la mesa y colocándose entre el notario y Gil Pan, dijo : — En este momento me acaba de dar don Tirso nuevas instrucciones. — ¡ Cómo ! i Habrá que reformar lo hecho ? — No, se trata de simples adiciones que desea cou ahinco hacer constar. — Veamos. — Escriba usted : voy á dictar. ítem más : agra- deciendo á Crispín de la Tosa, notario de Paraíso, sus buenos oficios, y rogándole me evite en lo posible en es- tos mis últimos momentos, las molestias que trae consi- go el penoso acto que realieo le lego la suma de cien onzas de oro contantes y sonantes, sin que por ello se crean mis testamentarios excusados de pagarle religiosa- mente el estipendio que devengue su trabajo, honorarios, papel sellado y demás El notario quedó extático. Una sonrisa de mal disimulado placer le dilató el semblante y no acertó con palabras que expresaran su gratitud. Quiso ha- llarlas, mas sintió en la espalda un significativo gol- pecito. Lenguaje mudo que tradujo así: calla, que hay misterio. — Además — continuó Garduña — don Tirso desea probar á otro amigo su reconocimiento. Escriba usted. ítem más ; lego igual suma . . . .rfe cien onsas de oro á mi querido amigo Gil Pan, aqui presente, cuyo afecto por mí ha probado sirviendo de amanuense en la redacción de mis disposiciones testamentarias. Leonarda no pudo reprimir un movimiento brusco. ¡ Diablo ! Aquello era disponer de lo ageno bas- ta el derroche. Primero el maestro de escuela ; después, el notario; ahora Gil Pan. La cosa saldría por un ojo de la cara. A seguir por tal camino, Garduña desfondaría la caja. ¡ Abusador! Valido de las circunstancias sangraba la hucha. Mas i qué otro remedio que callar y sufrir, cuando es preciso comprar el silencio de los otros f Gil Pan con sagacidad de perdiguero, ni dijo pa- labra, ni mostró sorpresa. Limitóse á contraer con malicia la comisura de los labios . El notario y el escribano habían comprendido que algo formidable pasaría allí, para lo cual se compraba su silencio po tres mil cuatrocientos duros. Y bien : podía venir- se la casa al suelo. . . Después de los item más^ calla- rían impávidos y serenos ante las atrocidades que se quisiera, i Qué arriesgaban con ello I Con testa- mento ó sin ély los herederos eran siempre los he- rederos. No comprometían, pues, la conciencia con hacerse los tontainas y dejar correr las cosas. Al fin terminóse el testamento y se preparó todo para llenar muy formalmente las exigencias previso- ras de la ley. Abrióse de par en par la puerta de la habitación de Tirso. Junto á un batiente y de pié, situóse Orispín de la Tosa dispuesto con el testamen*^o en la mano á dar principio á la lectura. A su lado, Garduña sos- teniendo una luz ; más afuera, Honorino, Úrsula, y los testigos, Frisca, Dativo, y el primer mayordomo del Ingenio que para el caso fué llamado. £n ia habitación, Leonarda, confinada al rincón menos ilu- minado después de haber apagado la luz de la mesa de noche. En la antesala algunos sirvientes á quie- nes el respeto mantenía alejados. Y por fin, envuel- to en sombras, don Tirso, silencioso, inmóvil, como quien no se preocupa por las luchas mundanas, co- mo quien se halla resuelto á decir que sí á todo. Detrás de la cama se colocó Gf^il Pan. Habia com- prendido La lectura empezó. En el nombre del Padre^ del Hijo y del Espíritu Santo : Amen Leyéronse los f)reámbulos. Tirso declaraba en ellos que era cató- ico, apostólico, romano, y prometía seguir siéndolo hasta la hora de su muerte. A esto siguió el ca- pítulo de declaraciones y á cada pregunta del nota- rio, diciendo : — i Está usted conforme, don Tirso í — Don Tirso dice que sí. . . — contestaba Q-il Pan desde su atalaya — coa voz imperceptible dice que sí Y Dativo, Frisca, Úrsula y el mayordomo, por más que husmeaban estirando el cuello, apepas si conseguían descubrir la indecisa silueta del testador en el fondo obscuro de la alcoba ; obscuridad que aumentaba lá mano de Gatduña ahuecada frente á la llama de la estarina, acaso con el doble objeto de que el notario leyera con mejores claridades y que los Irayos luminosos no cayeran indiscretos, con re- veladora intensidad, sobre el semblante del yacente. Vino después el capítulo de declaraciones. Decla- ro poseer la casa tal. . .declaro ser dtieño de lo otro. . . declaro que me pertenece lo de más allá. Etcétera. Y el notario preguntaba al muerto : — ^Está usted conforme t — Dice que sí aunque su voz es muy tenue, dice que si. . . — contestaba Gil Pan. Y en efecto, el finado movía de vez en cuando la cabeza, movi- miento que indecisamente alcanzaban á ver desde la sala los testigos, escapando, acaso, á la observación de los más sagaces, lo que puede ejecutar con la ca- beza de un muerto el brazo de un vivo. Luego vinieron las mandas. Poca cosa : cuestión de medio real por aquí, y otro medio por allá, para capellanías y diezmos. Pura fórmula que se llenó de prisa. Cuando el notario pronunció por primera vez la palabra legOj todos los oídos se prepararon y hubo quién se puso en la punta de los pies. En poco tiem- po el capital se hizo trizas No le hubiera cono- cido el mismo que con tanto ardor y cariño le acu- mulara. A vueltas del reparto cuya lectura no fué larga, leyéronse los item más, dando esto origen á miradas envidiosas de algunos y á gestos de impa- ciencia de Dativo que con el alma en un hilo espe- raba el item que le cupiera en suerte, Al fiu llegó. — Legó — leyó el notario — á mi excelente amigo don Dativo Curvo, como demostración de mi acendrado afee- tOj la casa de mi propiedad en que tiene establecida su habitación y la escuela pública de Paraíso Dativo, ebrio de placer, cayó sobre una silla. Su semblante se dilató en la expansión de indominable júbilo. De buen grado, á no impedirlo la seriedad del momento, hubiera áaltado gritando ¡viva el muer- , tú! El testamento fué leído desde la cruz á la fecha y cuando preguntó el notario á don Tirso, si estaba conforme de toda conformidad, oyóse la vo2 de Gil Pan que decia : — Dice que sí con voz muy débil, dice que Si m m m m , — Procede, pues, estampar inmediatamente la fir- ma- — añadió el notario. — Me ha suplicado el enfermo — dijo entonces Gar- duña — que se le evite esa molestia. Apenas puede mover los dedos, el dolor le impide incorporarse y la debilidad no le permite sostener la cabeza. Ya ven ustedes sería una crueldad molestarle, i Faltará un amigo que se preste á firmar por él, si el señor notario lo autoriza ? . — Yo — se apresuró á contestar Dativo. Y autorizado en debida forma, cumpliendo mii^Ur ciosamente las disposiciones de la ley, firmó en el velador de la sala, de este modo : "-á rtiego de don Tirso Mina^ por no permitirle su estado firmar . Dativo Curvo." Después firmaron los testigos, echóse arenilla so- bre la tinta húmeda, ordenáronse los pliegos mal doblados durante la lectura. La tinta rutiló negra. con negrura de abismo : hubiérase creído que el con- junto de caracteres caligráficos, parecía una red en donde la audacia dejaba cautiva la verdad. La puerta de la alcoba fué cerrada j los testigos, conteniendo la sed de comentarios, el ansia de ma- nosear el testamento, pasaron al comedor. Allí la refacción ofreció nuevo surtido para que distrageran el ánimo apesadumbrado por la tristeza de la escena. Entonces, Leonarda, aleccionada por Q-arduña, se ^dispuso á dar £n al sombrío cuadro. En efecto ) á poco, escucháronse alaridos que partían el alma — ¡ Ay Lermano, hermano mío ! .¡ Socorro socorro I . . .] Vengan ustedes. . .mi hermano se mue- re ! Todos corrieron atropelladamente, llenando -el aire y la alcoba de Tirso, de clamores. Allí, con la ca- beza oculta entre las manos, estaba Leonarda lan- zando gritos de dolor. Hubo los consiguientes arran- ques de desesperación, se puso una luz en la mano del muerto: hubiérase pensado que era aquel su pos- trer momento. Dióse, al fin, por extinguida aquella vida, cubrióse con la sábana la cabeza de Tirso, abrié- ronse puertas y ventanas por donde entraron en la alcoba auras suaves de la noche y reflejos indecisos del estrellado cielo. Empezó el ir y venir, el hacer aspavientos, el con- solar á los penados, el ponderar las excelencias del difunto. Lo sucedido había sido providencial : don Tirso tuvo alientos hasta el momento preciso de cumplir sus deseos testamentarios. A no ser por esa circunstancia, no hubiera podido el pobrecillo arreglar sus asuntos. Lamentaron otros la falta de auxilios espirituales : como Tirso había sido siempre ' desafecto al culto, nadie se arriesgó á proponerle prácticas piadosas de cristiana muerte. Respetóse su despreocupación dejándole abandonado á las som- bras de sus pensamientos. \ Ah, pobre Tirso ! Buen hombre fué, muy bueno. ¡ Tan cumplido, tan hon- rado, tan 5el en sus compromisos ! Buena prueba dio de ello en sus postrimerías ccn aquel testamento tan justo, tan santo, tan equitativo, en el cual, sin olvidar á sus buenos amigos, demostró su gran peri- cia, su gran sentido práctico, nombrando albacea principal y contador repartidor, al hombre más im- portante y de más talento de Paraiso : nada menos que al licenciado Q-arduña T asi, todos tomaron parte en el coro doliente, mientras Dativo y Frisca procedieron á lavar y vestir al difunto. G-ran trabajo costó limpiarle los dedos ennegrecidos por la tinta Gomo poco antes de espirar había dado notas para la redacción del testa- mento, nada inás fácil que mancharse los dedos, y aquel detalle pareció la cosa más natural del mundo á los piadosos ayudas de cámara. . En otras habitaciones gimoteaba Leonarda, grita- ban algunos fieles sirvientes, y sollozaba Honorino á quien consolaba Úrsula con frases de condolencia y pasándole la mano por )a cabeza. . Los obreros que habitaban los diversos edificios del caserío de Mi- na de Oro, habían acudido, y era la casa un continuo entrar y salir de gentes. Y oíanse comentarios y sollozos reprimidos y lamentos suspirosos : el dolor expresado bajo todas sus formas. Hasta la anciana cocinera acudió junto al lecho del amo. Era una africana muy añosa, de labios péndulos, á quien < - más de una vez habían afoeteado cruelmente. Sin- embargo, su dolor era sincero, lloraba con pesar in- tenso, y alli, donde tanto se mentía, resaltaban sus lágrimas sentidas y verdaderas como pincelada azul en fondo sombrío. Besó cien veces la mano del ca- dáver, murmuró en lenguaje ininteligible fra&es de angustia y luego fué á ocultarse al más solitf^riQ rmoón de la casa para dar riendas á su dolor : perro I que lamía fiel la planta más de una vez agresora, del ^ amo muerto. Otros compensaban en el comedor los quebrantos de la noche y asi, repartidos aquí y allá, moviéndose en todas direcciones, desordenando la metódica dis- posición de los muebles, produciendo ruidos desusa- dos con el crujir de puertas, abrir ventanas, cbocar de objetos, roce de pisadas. parecía aquella casa, en el silencio de la noche, una jaula de insensatos danzando impíamente en torno de un cadáver. Después, todo quedó en silencio : los dolientes consolado?, el muerto vestido. Se avecinaba la au- ^rora : un amanecer suave y despejado, con ambiente tibio y tintes poéticos. Garduña y el notario, regresaron á Paraiso. Aquel, antes de marchar, dirijió al conjunto unami- * rada cuidadosa : como caudillo que abarca el vi- vac de la hueste dormida. Gil Pan tendióse en un sofá con las piernas encojidas, y roncaba á los pocos minutos. Leonarda, acalló su llanto y tendida en un lecho, después de hacer mentalmente algunos cálculos, quedóse dormida. Más allá, Prisca enco- gida en una hamaca y Honorino, también dormido ; en otro' lecho junto á cuya cabecera, Úrsula, reclina- da en un sillón, reposaba con serenidad de virgen abandonada á las seguridades de un mundo sin ten- taciones. Dativo, errabundo primero, acabó por tenderse sobre tres sillas, y en la antesala, algunos I criados, negroli en su mayor parte, como si una em- 'bajada africa^^a se hubiera alojado allí, dormían repartidos en las sillas, en el suelo, y en los peldaños de la escalera, cerrando el paso con los caidos brazos y las estiradas piernas. En todas partes respiracio- nes ruidosas, desperezos que rompían la austeridad del silencio, ronquidos groseros como de labriegos pernoctando en pajar después de fatigosa jornada. Y finalmente, en la alcoba, el muerto colocado sobre la cama adornada con colgaduras negras y situado en el centro de la estancia. Allí, el despojo mortal, el girón humano de Tirso, el cuerpo yacente del mi- llonario, con las mandíbulas sujetas por un pañuelo anudado en la cabeza, con cuatro estearinas ardien- do en torno ; las puertas y ventanas abiertas por donde entraban los aires de la noclie saneando la atmósfera y algunos azorados vespertiliónidos que » discurrían deslumhrados ante las luces ; y junto al cadáver, impotente contra el sueño, el primer ma- yordomo del Ingenio á quien tocó el papel de vela- dor meditabundo de la muerte. El alba renacía, renacía risueña, serena como siempre. Prístinos fulgores resbalaban tímidos en- tre nubes grises; gorgeode aves madrugadoras tem- blaba en el vecino arbolado ; oíase el rumor sordo que en algún cercano Ingenio entregado á la fagina, producían la máquina lanzada á veloz movimiento y los gritos intermitentes de los obreros avivando los hornos, caldeando la Jiornalla, pidiendo haces para los molinos, reclamando caldo para las defecadoras ; á lo lejos, el horizonte coloreábase ya con pinceladas tenues, mientras en lo cercauiirffodavía dominaba la noche ; y en la casa, en la.,j n4eute casa, iba lenta- mente palideciendo el i\}\ . de las luces que oscila- ban débiles, chispeaban itiltas de aceite y cedían la viveza y los colores ante los destellos de la luz na- ciente, comunicando aquel contraste á los vivos dor- midos y al muerto cárdeno, el aspecto de pálidas fi- . guras de cera colocadas al capricho por la mano de un artista. ¡ Era el dia, el hermoso, el opulento dia, que des- plegaba las sutiles alas y surgía dul seno d^ lasoip» bra, para cumplir indiferente el inexorable volteo del tiempoi pasando, sin manchar la gallarda vestidura de aogel adornada de luces ^ colores, por encima de los infectos lodazales de la tierra ! ^a üv idev III La farmacia de Óptimo Escofina estaba en pleno. Solían reunirse Mlí personajes de Paraíso, dejando discurrir las primeras horas de la noche en brazos del comentario, la murmuración y los cuchicheos. Un mentidero, un aristocrático mentidero en donde lo mismo se filosofaba sobre el mal, que se hería de muerte al bien. Algunos tertulianos sentábanse en un banco si- tuado sobre la acera, otros en el interior de la far- macia en sillas de paja, y mientras otros, allá aden- tro jugaban al ajedrez, el mancebo despachaba de- trás del mostrador soluciones, emplastos y apócemas. Departíase con animación comentando los asun- tos del día y las noticias de impot i.^ncia. — Repito que eso es bestial — decía Miguel Fon- tán, teniente de alcalde — Eso no puede ocurrir más que á un cacique salvaje . . . ^ — i Y por qué sucede í — interrumpió Óptimo — Porque se cuenta con la impunidad. .J sabe t. . ; porque no hay ciudadanos que protesten . . i sabe ! . , ; porque no hay guapo que ataje al alcalde en el dis- paratado camino que lleva — Distingamos, distingamos — adujo Dativo. — El asunto puede tener su pro y su contra. I Qué se censura ? I Que se obliga á las mujeres detenidas en la cárcel á picar piedras en la carretera f ¡No es 64 GABDÜ^A tan capital el pecado ! Acaso un fia moralizador inspiró la medida, porque en vez de holgar eü las bartolinas, se impondrá á esas desdichadas hábitos de trabajo y.. - — ¡ Pobres mujeres ! — No tanto Además, al pobre el sol se lo com^. La moial — j No es mala moral ! Son mujeres de vida ai- rada, es cierto, pero es inhumano que sobre sujetar- las á pesquisas higiénicas en la casa municipal, se las condene á trabajar como presidiarías. . i sabe ?. . expuestas á las sátiras de la vía pública, i Las con - denó la ley á trabajos forzados ? Eso es atentar al derecho común . 4 sabe ? . . — ¡ Tu. - .tu. . .tu ! — añadió Dativo — Quién sirve al cqmún, no sirve á ningún. Cuanto á la pesquisa higiénica, la salud pública , — ¡ Calle usted, hombre ! — arguyo el doctor Tron- coso terciando en el debate — ¡ Bonito papel me tocó á mí en la tal pesquisa ! La salud es la salud, y aquello fué un escándalo. —Si yo hubiera sido alcalde — continuó Fontán — no incurro en tal disparate y mucho menos envío á esas pobres mujeres á trabajar como galeotes, — Sí . . . eso es atroz . . j sabe I , . También estaba allí Casapica, el alguacil del juz- gado que por tener algunas onzas acumuladas era considerado y recibido en todos los centros como persona en quien concurría la magnífica distinción que comunica el dinero conocido y más aún, el sospechado ; y Pedro Madeja, el jefe de la capa P. Madeja y O?, una de las principales del comercio de Paraiso. No era cosa de guardarse su opinión é intervinierpn también en el debate, increpando con dureza la última alcaldada. Disponer que las mu- jeres presas hicieran oficio de picapedrero á las ór- U. ZENO GANDÍA 65 ¿enes de un sobrestante, no podía ocurrir más que á un alcalde idiota. ¡ Pobrecillas^ aquello era no te- ner piedai ! Óptimo, á fuer de hombre que presumía de mo- ralidad exquisita, era uno de los más acalorados en la censura. Solía con verbosidad mañosa j monótona, llevar la batuta en las tertulias. Oíanle todos riendo por dentro de sus alardes puritanos, porque se cono- cían de él historias íntimas... Pero eso i qué im- portaba ? Se puede ser hombre muy místico, muy austero y tener, sin embargo, esquinazo á media luz y callejuela en los suburbios y casita disimulada en la sombra y allí una trigueña complaciente que, má- quina gestativa, engendre un mestizo cada año. 4 Quién confunde una cosa con otra f No, Escofina era espartano, y por eso las mujeres picapedreras le sacaban de quicio. Los jugadores de agedréz, en tanto, meditaban largo tiempo las jugadas. Había algunas tan hondas que parecían salir del centro de la tierra. Uno de los jugadores, Crisanto Regla, fabricante de toneles, redoblaba con las uñas sobre el tablero, un aire marcial. De ese modo ayudaba aj/cerebro á formar las arduas combinaciones del juego, mientras su adversario, el practicante Salobral, tenia la vida circunscrita al tablero en fuerza de no pensar en otra cosa. — t Esas tenemos í — Cómase usted el caballo. — Pero hombre.. . — Está pensado, cómaselo usted. — Pues me lo como. — Y yoedto. . . Crisanto saltó. . .¡ Diantres ! No había visto el pe- ligro qu« corría su reina. De ese modo se desbarata- ría el juego en diez minutos. No, mejor era avisar 5 66 GARDUÑA el peligro que corrieran las piezas de importancia. Después quedaron mucho tiempo silenciosos. En el corro las ideas variaban de rumbo. Con vi- vo interés, entróse en otro tema. — Por más que se repita y por más que se mur- mure — decía Madeja — eso no puede ser más que una calumnia. — Una calumnia peligrosa El testamento se hizo con arreglo á derecho, pese á las baladrona- das y dicharachos que se atribuyen al vejancón Hombre, ¡ no faltaba más ! — Siempre sucede lo mismo J sabe I Muere un rico y caen las ambiciones sobre las hijuelas co- mo aves de rapiña. — Cualquiera se cree con derecho á morder como no se hayan arreglado bien las cosas. — ^T se forjan historias. — O se inventan parentescos. — Claro ; el dinero deslumhra, la ambición desva- nece. — Sin embargo, aunque á mi no me engorda mur- murar, quisiera manifestar en este caso una duda. —i Cuál t — I Cómo es posible que Ocampo, sin poderosas razones, se atreva á decir que puede anular un testa- mento hecho dentro de la ley í Algo hay. 4 sabe! . . — Yo tengo mis dudas. — Vaya -Yyo.... —Y yo — Pues, no hay tal cosa, caballeros — objetó Dati- vo con energía. Algún enemigo de la familia, al- gún enemigo del licenciado Grarduña, algún enemigo de todos, es quien sopla al oido de las gentes esa ridicula calumnia. Miren ustedes : si el porvenir de las familias. ,., M. ZENO GANDÍA 67 — De otro lado — interrumpió Madeja — la cosa es en el fondo inverosímil. Ese otro testamento secre- to que se asegura dejó don Tirso, no puede tener valor leffal. — Si bien se mira, es cierto. — Efectivamente. — ¡ Pues es verdad ! — Y luego sin testigos, sin notario, sin requi- sitos de ningún género. , . . — ¡ Bah ! pura novela. — Naturalmente — añadió Dativo asiendo de un cabello la palabra. — Pura farsa, pasto de canalluza que no vale un pelitrique. Miren ustedes : si el por- venir de las familias — Pero lo raro es — argumentó Fontan — que el cÍG^Oj y naás que el ciego la chiquilla, se pavonean de que tienen pruebas, asegurando que van á presen- tarlas al Juez. De modo que si todo es invención, no se explica que .... — Invención nada más I sabe í Conocen la avaricia de Leonarda, la, inutilidad de Honoiino, la rectitud de Sulpicio y no lo duden ustedes, han convertido esas historias en ñlón para explotar á los herederos i sabe ? ^Ese es el verdadero secreto. Una garipundia para escudillarse algunos doblones. ¡ Ah ! pero no prosperará tamaña infamia. Miren ustedes : si el porvenir de las familias — Allá veredes, porque — ¡ Caramba ! — exclamó el maestro impaciente viendo que le interrumpían siempre su tesis acerca del porvenir de las familias. — | Con ustedes no se puede hablar ! El asunto se apuró mucho tiempo. Luego oyé- ronse voces descompuestas : eran los jugadores de 68 GABDÜNA ajedrez que disputaban de mal talante. Intervinie* ron todos — Est^ bien jugado .... — ^No, muy mal — Es que ne sido previsor. — Una chiripa solo una chiripa. —El rey no tiene otro camino. — Es verdad, pero es un gambito de mala ley. — ¡ Calle usted, hombre ! — Es que me defiendo . — Eso se llama el derecho del pataleo. Y Salobral vociferaba energúmeno al ver ruda é inesperadamente atacada la magostad del rey negro. Crisanto mascaba su cigarro y como había ganado la partida, abusaba del triunfo redoblando con los dedos sobre el tablero. Conjuróse la discordia y empezada otra partida volvió cada cual á su sitio. En torno de la plaza, que era rectangular y espa- ciosa, brillaban apenas los oleosos farolillos del alum- brado público. En algunas tiendas ya á aquella hora inactivas, lucían también algunos quinqués colgantes irradiando inútil claridad que descendía sobre gro- seros montones de quincalla y desteñidas pirámi- des de géneros. El fastidio habíase hecho dueño de hk plassa por donde nadie transitaba entonces, y del conjunto destacábase solo la fachada de la Iglesia que s# erguía ancha y vetusta, como robusto pecho decidido á contener la corriente desmoledora del des- creimiento. Paraiso caía ya en la modorra del sue- QKX y solo en la farmacia oíanse rumores AUí> wxK asociación de ideas, habíase vuelto de UUQYQ ai asunto de Mina de Oro. Se habló de una reunión de familia que se preparaba con objeto de ultim^o; Iq3 arreglos testamentarios y acordar la O^^roW d,€i los negocios* Durante cuatro meses des- li. 2ENÓ GANDÍA 69 f>aés de la maerte de Tirso, la familia había dejado ^s cosas como estaban, por no traer y llevar tan pronto en el murmurar de las gentes las disposicio- nes del difunto. Fué una consideración guardada á su memoria : en esos casos los primeros días de luto son para llorar, para vestir de negro, para tener ce- rrada media hoja de las puertas, haciendo enmude- cer los pianos y vistiendo con fundas también negras el mobiliario y los cuadros de la casa. £1 dolor elige que los objetos inanimados se muestren dolidos y tomen triste aspecto : á veces los penados rien yá á carcajadas y el mobiliario dando pruebas de cons- tancia conserva todavía las fúnebres tocas. Pasado aquel tiempo 'habla llegado la hora de c^xxé los herederos de Tirso pusieran mano en la cuestión y arreglaran las hijuelas, determinando las particio- nes y complaciendo los deseos de todos. 'En la tertulia giró la conversación sobre las con- diciones de carácter de cada cual. Léonarda, sin duda, conservaría su parte. Era muy recia para abrir el puño y no había que temer despilfarros ae su par- te. Quien daba que pensar era Honorino : un loco, un disipado que no pensaba más que en las buenas mozas y en los buenos vinos. Comentóse el carácter frivolo y juguetón del chico, entregado á los placeres sin que le ocurriera nunca nada útil. ¡ Ah, era te- rrible ! De nada tenia escrúpulos y por jugar una mala pasada á cualquiera, atrevíase á caminar á pié tres leguas. Sí, echábaselas de gracioso. Todos re- cordaban la última broma de mal género que produ- jo tanto escándalo y volvióse á referir y comentar en la tertulia. Tratábase de un joven músico que vivía con su madre, anciana de setenta años. El mú- sico tenía la costumbre de volver tarde á su casa y como era muy pobre, dormía con la buena vieja en una misma cama. Cuando regresaba, por economía 70 GARDUÑA de luz, daba las baenas noclies á obscuras y metíase debajo de las sábanas con la anciana que, previsora- mente, dejábale la mitad del lecho. Aquel secreto del hogar de un pobre fué descubierto por Honorino y he aquí que inventa el modo de reir á costa de la vieja y de su hijo. Una noche en que la. orquesta de que formaba parte el músico debía tocar hasta muy taide en un baile público^ diríjese cautelosamente á la casa, cuyo pavimento apenas levantaba medio me- tro de la calle, desvístese en la obscuridad y sóplase resueltamente en el lecho de la ancianita. Esta, creyendo que el recien llegado era su hijo, guardó silencio ycontinuó tan tranquila buscando el sueño. A poco, Honorino, conteniendo la risa pellizcó á la anciana. — / Serafín .' . . . ¿ Qu^ es eso f — dijo esta, pe- ro Honorino no contestó. Algunos minutos después, nuevo pellizco. — / Caramba muchacho .' . . . ¿ Te has vuelto loco ? Y él, tan callado. Después la cosa pasó á mayores porque la viejecita, dando un salto, ex- clamó alarmada : — / Serafín Serafín mira que me estás faltando al respeto .'. . . Y así, hasta que co- nocido el engaño, la pobre mujer prorrumpió en gri- tos y Honorino á medio vestir, salió fugitivo de la casa. El relato fue recibido en la tertulia con un coro, de carcajadas. ¡ Diabólica idea ! Solo á Honorino pado ocurrir semejante travesura. Por supuesto; vióse obligado á esconderse huyéndole el bulto al músico que le persiguió algún tiempo para sentarle la mano. Ya podría suponerse lo que aquel mozo daría de sí en cuanto le entregaran su herencia. Hu- bo comentarista honrado que afeó enérgicamente ta- les desórdenes. ¡ Valiente chico aquél entrega- do á la inutilidad y la torpeza ! En tanto, apenas si sabía leer y cuando se trataban en su presencia j^sunlps serios, cuestiones científicas, aburríase y M. ZEIÍO GANDÍA 71 desaparecía en busca de frivolos placeres. Y lo peor era que gastaba humillos de. aristócrata, supo- niéndose más perfecto y de mejor piel que los de- más. ¡Vaya!., pues no era flojo el tono que se daba si alguien quería conocer su opinión política, i Política! Nó, de eso no se ocupan más- que aquellos que no tienen sobre qué caer muertos. Cuando se agotó Honorino,^ entró Garduña á ocu- par la atención de la tertulia. Aquel nombre pro- nunciábase allí con religioso respeto. ¡ Ah ! Q-ar- duña era una potencia. ¡ Qaé talento, qué sagacidad, qué trastienda ! Sobre todo, aquella mirada pene- trante que parecía una sonda arrojada al fondo de la intención de los demás. Vamos, era un hombre temible. Mejor era tenerle de amigo que contra- riarle, porque asunto que tomase podía darse como cierto que si no triunfaba, daba juego. Era un completo personaje ante el cual aquella gentecilla se inclinaba con respeto. . . Cuando el reloj de la plaza dio diez campanadas, fuéronse los amigos de Óptimo. Sonó aquella hora con austeridad solemne, flotando cada campanada como un ave trémula despedida del bronce para di- fundirse por la llanura. En los edificios cerráronse las puertas, el mancebo cerró bostezando las de la farmacia, é imperó el silencio, silencio soñoliento que á la luz de los faroles, parecía dormitar reclinándose sobre los grises muros del templo . . . Una hora después discurrieron por la plaza tres bultos. Uno, montado en un caballejo, dobló la es- quina de una calle que á corto trecho terminaba en un puente colocado sobre un riachuelo afluente de Oran Rio, la recorrió toda y ya en la carretera, to- mó al menudo paso de la cabalgadura el camino que conducía á la vega. El otro bulto caminaba á pié. Pasando por el 72 GABBÜNA atrio de la Iglesia, internóse en una calle que ter- minaba en la playa en un fortín abandonado, reco- rrió de ella buen trecho 7 luego, descendiendo por una cuestecilla pedregosa, especie de calleión excu- sado, bajó hasta la ribera de Q-ran Rio y penetran- do en un solar sin cerca, perdióse en la obscuridad. El tercer bulto cruzó la plaza^ encaminóse á la calle situada á la izquierda de la Iglesia y detenién- dose frente á una casa de buen aspecto, franqueó su puerta y desapareció tras ella. El primero era Dativo. Por entonces, las cosas habían cambiado. Úrsula fué con Houorino todo lo generosa que éste quiso, y el maestro, coleccionando ivia docena de arcaísmos, otra de adagios y un mar nejo de aspavientos, puso asedio á la plaza... La blandura de corazón de la joven, el cambio de rum-»- bo que se operó en la holganza de Honorino cuando se dignó abandonarla, los prudentes cálculos de Frisca necesitada de que cerca de ellas hubiera un hombre formal, y por fin, la caprichosa volubilidad de Úrsula, hicieron que Dativo sucediera 4 Honori- no en la privanza de las vecinas de Mina de Oro. Honorino, sin embargo, conservó ciertos fueros d^ antiguo favorito que más de una vez hicieron fruur cir el ceño del maestro. En la soleda^d de aquella noche iba éste á sus devaneos, pensaiudo can^oros^^ mente que nadie en Paraiso habíase desayunado aún con la noticia. El otro transeúnte era Honorino. Allí, junto ^1 solar abandonado y tras una mal unida palizada^ ocultábase en humilde casucha una rosa tempraperr ra. Vivían allí Ocampo y Casilda, y Honorino que bebía los vientos por ésta, enamorado con brutal instinto de sus quince años y sus ojos negros y sus guedejas rizadas que le entoldaban la frente, ac u- M. ¿ENO GANDÍA 73 día en horas furtivas donde pudiera hablarla y con- vencerla. En hacerse amar de la joven había puesto Hono- rino todo su empeño. Un dia le ponderó Garduña las gracias de Casilda : le aseguró que era lo mejor del Melonar. No habla en aquel barrio chica más atractiva y aconsejó al joven se fijara en ella, por- que, sobre ser miel en hojuelas, convenía que hubie- ra entre ellos intimidades por si ciertas versiones resultaban ciertas Comprendiendo el joven lo que se pretendía, no puso cara hosca al proyecto. í*uso manos en él sin medir la despreocupación de aquella miseria. No fué difícil. Como Casilda recorría á diario las calles de Paraiso llevando de la mano á Ocampo, efetuvo á su alcance. Vendía el ciego tabaco retor- cido y situábase para ello en un esquinazo de la f)la'za. Los campesinos saboreaban la mercancía y a joven pasábase las horas en vida callejera. Oca- siones no faltaron, pues, para insinuarse, y pronto e) señorito de calidad comenzó á perseguir la caza. Casilda, ligera de carácter y envanecida por la al- curnia del pretendiente, sonrió primero y aceptó después. Sobre todo desde que cierta muchacha alegre llamada Aguasanta, prestó sus buenos servi- cios á Honorino y en intimidades con Casilda avivó en ella la embriaguez de aquellos primeros amores. Poco á poco las cosas progresaron y ya habían llega- do al punto de permitirse citas solitarias. Honorino era exigente, queríalo todo, mas ella manteníale á distancia. Pensaba que no tarde ope- raríase en ella un cambio radical de vida. Su abue- lo aseguraba que era dueña de una cuantiosa fortu- na y en ese caso, ella aspiraba á ser algo más que lo que Honorino quería que fuese. Cuando el joven llegó á la palizada dio en oMs^ ?4 GAEDUNA tres golpes con una piedra. Abrióse, entonces, una puertecilla que daba á un pequeño huerto y una mu- jer apareció en el umbral. Era Casilda que deja- ba el lecho y acudía en puntillas al reclamo. Un traje de percal, muy usado, de mangas cortas, ceñía- la dejando adivinar un cuerpo todavía púber, pero ya embellecido por las morbideces de un desarrollo precoz y por ese aroma de juventud que se despren- de con suavidad tentadora de una virgen, como de la apretada corola de una flor. — Temí que no salieras — dijo Honorino estrechan- do fuertemente una mano de Casilda. — Cuando prometo, cumplo. Ya ves coma he ba- jado. — Muchas gracias ¡ Gran cosa ! — i No estás contento aún ? — ¡ Contento ! i Me complaces tu, acaso f — Pero 4 qué más f i Crees posible que haga más para probarte lo que te quiero ? — Bí, lo creo. Si me complacieras — ¡ Si te complazco ! — Sí, pero llegamos á la práctica y todas son du- das y desconfianzas. — Porque pretendes imposibles. — ^Mira : i te dijo algo de mi parte Aguasanta ? — Sí Que quieres que te abra la puerta del huerto para que hablemos dentro. Eso no puede ser — ¡ Tú eres tonta ! — No, ni lo pienses. — I Qué diferencia hay entre hablar sin el obstá- culo de estas tablas ó con ellas delante como una ba- rrera f — No habrá diferencia, pero por lo mismo. Además, podría despertarse el abuelo y si se enterar- ía I qué numha ! il. ZENO GANDÍA 75 — No lo creas. — ¡ Vaya! Y no te dolería á tí. —¡Ojalá! — Mira Honorino : te quiero demasiado, te lo he dicho cien veces y eso debe bastarte. Luego (te lo diré pero reservadamente I oyes ?) mi abuelo y yo esperamos cierta cosa — ¡ Bah ! Ilusiones. — ...y entonces podremos ser completamente felices. — Todo lo que quieras, mas debías aceptar le que con Aguasanta te propuse. — Eso no puede ser. j Qué pretendes ? — Pues nada — Si, me lo figuro. ¡ Ah !. .por nada del mundo abandono á mi abuelo !..Eso nunca. Sería yo una mala mujer. — No es preciso que le abandones para que me complazcas. A la verdad, estas noches al relente y este perder el tiempo. . . — Pues, hijo, déjalo si no te gusta. — No, no lo digo por tí, sino porque no es cómodo ni bonito, i Quieres que hagamos una cosa í Es muy fácil —I Cual I — Mira : tiro con fuerza de esta tabla y la arranco. — No, no lo hagas porque te dejo. — Pero Casilda de mi alma, si esto es un tor- mento. — t Crees que yo no sufro í No seas impaciente y así creeré más en tu cariño. Y llegados á ese punto, volvían á empezar girando en un círculo interminable de esperanza y amor. Desesperábase Honorino, mas ella regateaba com- placencias. No, dentro del huerto, no : afuera^ se* 76 GARDUÑA parados por el maderamen de la palizada, alejados en lo posible de la ceguedad y el peligro En tanto, el tercer trasnochador que había pene- netrado en la casa de buena apariencia, hallóse en el confortable estudio de Garduña, donde éste, en aquel momento, examinaba un plano en un ángulo del cual había escritas estas palabras; Plano del In- genio Mina de Oro. — Tarde vienes, GHl Pan — dijo Q-arduña. — Hasta las diez y media nos paseamos el juez y yo por el fortín. Luego le acompañé á su casa y heme aquí dispuesto á dar á usted las noticias de- seadas, que por cierto son importantes. —i Sí? — La cosa parece cierta Cuando me encargó usted ayer husmeara el negocio, tenia mis dudas. Ahora tengo la firme convicción de que don Tirso jugó á usted una mala pasada. — Veamos veamos : estoy impaciente. — Pues bien ; desde hace tiempo Ocampo rondaba por las cercanías del juzgado. Preguntaba unas veces la fecha en que se espera al juez en propiedad, otras qué atribuciones tiene el juez sustituto, otras inquiría las horas de audiencia. ^ — ¡ Ola ! Parece que el juez l^o desconcierta al niuy tuno. — Completamente. Verá usted : esta mañana su- bió pesadamente la escalera y pidió al juez una en- trevista á solas. Conozco los detalles de esa entre- vista porque me los ha referido el mismo juez. So- mos grandes amigos — Sí, con ese podemos contar. — En absoluto. Es hombre servicial y amigo de negocillos. — Bien, continúa. — Cuando estuvieron solos, el ciego le dijo : Señor M. ZENO gandía 77 juez cleseo comunicar á usted un secreto de impgrtancia : iodo h hecho en los últimos instantes de don Tirso Mina^ es apócrifo, es nulo El juez, naturalmente, manifes- tóse sorprendido. Luego, animándole para que ha- blara, le oyó decir que era depositario de un pliego reservado en el cual don Tirso había escrito su pos- trera é invariable voluntad. — i Era, pues, cierto ? — Sí. El ciego no mentía al repetir públicamente que guardaba ese documento. — Lo tuve siempre por probable. Tenía la seguri- dad de que Mina hizo encargos á Ocampo ; lo que faltaba saber eia la forma, la clase del encargo. No es lo mismo una autorización para testar, que un testamento ya hecho. — Es evidente, pero ya no cabe duda de que existe un documento escrito al parecer de puño y letra de Tirso. — Un papel mojado. — No tanto, porque según dijo el cijgo al juez, en ese pliego que recibió abierto y una persona de su confianza había leido, se aludía á circunstancias de tal calibre que aparejan la comisión de ciertos delitos — ¡ Cáspita ! — Ni más, ni menos. El juez dijo á Ocampo que todo aquello era muy grave. Este manifestó enton- ces, que el objeto de la entrevista era acudir al re- presentante de la ley y pedirle su amparo y su con- sejo para encaminar el asunto. El juez prometió estudiar el caso é indicó la necesidad de tener á la vista el pliego, única base para cualquier gestión. —Como que tendría forzosamente que correr en autos. — Claro, sería el punto de partida. — J Y qué pasó ? 78 GABDÜNA — El viejo quedóse pensativo y dijo luego que en- tregaría el documento — ¡ Magnífico ! ^ — fiándolo, por supuesto, á la sagrada custo- dia de su representación legal. — i Y después ? — Las cosas volvieron á descomponerse. — ¡Cómo! — El juez manifestó á Ocampo que. á su enten- der, por dos caminos podría conducirse el asunto. . . — ¡ Qué sabe ese asno ! — .uno, pedir en forma legal el reconocimien- to de la validez de tan singular escrito. — Disparate que no hará ningún juez. — Y el otro camino, demandar criminalmente á la sucesión Mina, por falsedad, cohecho, etc. — ¡ Diablo con el camino ! J Y qué más hubo ? — Luego, cuando Ocampo reiteraba su propósito de entregarle el misterioso pliego, di jóle el juez : Eso es lo prhtcipalj la base de todo. Tráigame usted elplie^ gOj yo lo veréj consultaré el caso, pues no siendo yo Juez letrado necesito consultar con mi asesor, con el li- cenciado Garduña y Apenas el ciego oyó pronun- ciar su nombre de usted, dio un paso atrás, buscó la puerta, y como le requiriera el juez á tomar una resolución, dijo que pensaría detenidamente el asun- to y que, con respecto al pliego, creía mejor remi- tirlo á la Audiencia. — ¡ Torpe ! Ese necio bien pudo callar mi nom- bre. — Parece que Ocampo no le mira á usted con bue- nos ojos, desconfía — No importa, puedo más que él. Si la necedad de ese hablador escama al viejo ahora alejando de mis manos ese documento, ya caerá : tengamos pa- ciencia. M. ZENO GANDÍA 79 — No estrañe usted la imbecilidad de ese ; con frecuencia derrama el caldo. — Síf pero no es tonto para comer á dos carri- llos. —¡Vaya....! — Mira sino lo hábil que estuvo en el asunto de los Q-amboa. Yo había arreglado el negocio. . -i eh f Seis mil pesos por asesorar en la forma deseada dic- tando la sentencia á gusto del interesado. De esa suma, la mitad era para el juez lego. Pues bien : Gamboa, que no conoce bien estos asuntos, temió que la sentencia no estuviera de acuerdo con mi dicta- men y con ánimo de asegurar más el éxito, abordó al juez Le recibió muy meloso y i qué creerás que hizo f Pues le arrancó mil pesos más, prome- tiéndole suscribir mi dictamen y lo que es más cu- rioso, ofreciéndole que me hablaría á mí para que el dictamen resultara á gusto de Gamboa. — Vamos, sabe donde le aprieta el zapato. — Tiene más ambición que astucia. — ^Y entrando en otro orden de ideas: i cree usted, licenciado, que*ese pliego tenga la importancia que se le atribuye I — ^No. A mi entender no tiene ninguna. Todo testamento necesita la concurrencia de testigos y debe constar en algún archivo notarial. Nada de eso sucede en este caso, ni veo tampoco motivo para que concurrieran en Tirso las excepciones que deter- mina la ley. De modo que si el interfecto escribió en un papel cuatro disposiciones más 6 menos extra- vagantes, entregándolo á Ocampo, ese papel es nulo y no tiene valor legal. — Se comprende, pero i y las denuncias que pudie- ra contener f — i Temes responsabilidades í — Nada temo, porque en todo caso 80 GABDÜNA —i Qué I —Conservo cuidadosamente la Carta de Leonardo pidiéndome acudiera á Mina de Oro acompañado del notario. — Eres previsor De ese modo podría probarse siempre que fuiste un simple amanuense compelido' al' papel de copista ignorante del fondo de las cosas. i No es eso í — Claro está. Ahí el notario sería quien. — Tampoco. Si los testigos de un hecho afirman que fué blanco J de qué modo se probaría que fue negro f No hay temor. -=-Cuanto á usted. . . . — ¡ Yo ! l Qué hice yo, pobre de mí t Escucha : lo mejor es no hablar de ello. En el imposible caso de un alboroto, Leonarda sería la que — Lo creo. Quien come las uvas sufre la bo- rrachera. — Y cuando el cañón revienta, es al artillero á Íuién mata. Despreocúpate, no hablemos de ello. )enuncias de esa clase nada significan. — En primer lugar, acaso esos rumores solo sean amenazas del ciego, ávido de la herencia de su antiguo capitán ; y en segundo lugar J para qué sirven las demandas por injuria y calumnia t — Ah, V amos ... — De todos modos, conviene acabar pronto. Este asunto se va haciendo enojoso, toma publicidad, y nos perjudica. Nada : hay que perseguir ese docu- mento. Para ello, no hay mejor sistema que el usa- do en la fruta del cocal : duro en la corteza para que deje filtrar el líquido que encierra Después separáronse aquellos hombres. Q-il Pan alejóse pensando en los buenos negocios ^ Garduña continuó en su estudio, abismándose en la contem- plación del plano de Mina de Oro. M. ZENO gandía 8Í Por aquellos días se reunieron en la sala de Leo- narda los herederos y legatarios de Tirso. Tratábase simplemente de arreglar algunos deta- lles pendientes, pues, en el fondo, estaban ya de acuerdo. Aparte de los legados, Tirso dejaba la mi- tad de sus bienes á Leonarda y á sus sobrinos Cata- lina y Honorino, la otra mitad. Componían el ca- pital del Ingenio, muchos terrenos, ganaderías, fincas urbanas y una fuerte suma efectiva que no bajaba de ochenta mil duros. Para el cargo de albacea contador partidor fue designado Garduña, quien fué también nombrado poder-habiente y administra- dor general de los bienes, reservándose Leonarda la tutoría de sus dos hijos todavía menores. Fué acuerdo que después de cubierto los compro- misos por concepto de legados, gastos, derechos tes- tamentarios, etcétera, el sobrante de la suma efec- tiva se aplicara á atenciones del Ingenio, necesitado por entonces' de algunos enseres y reparaciones. To- do se discutió con largueza por los presentes, Leonar- da, Honorino, Catalina, Dativo y Garduña. Sulpicio no estaba allí. Si el dinero efectivo se repartía entre los Lerederos, haríase preciso buscar fondos en la caja de algún comerciante, en concepto de avances hasta la época de la cosecha. Como la colonia ca- recía de Bancos, ios comerciantes y los usureros hacían sus veces. Dativo quiso disertar sobre ese asunto, mas, trayéndole á la cuestión, no se lo per- mitieron. La operación refaccionista, de otro lado, no convenía. El comercio estaba perdido, por cual- quier cosa cobraba fuertes intereses : el dinero avan- zado devengaba intereses, los envases facilitados á plazos devengaban intereses, el azúcar en depósito pa- gaba almacenaje, la merma de muy buenas mieles quedaba á favor del comerciante, y finalmente, cuan- do había quo rellenar los toneles, los bocoyes^ en que 6 82 GAEDUÑA descendía muclio el nivel del azúcar, se hacía sufrir al fabricante un nuevo quebranto obligándole al relle- no. Vamos, que era menester huir de tanto perjuicio, y si se tenia dinero en caja, lo mejor era emplearle antes que usar del crédito y pedir avances. Acor- dóse así y también descontar los legados de Gril Pan, del notario, otros de poca monta y además los honorarios de la curia y lo preciso para pagar los gas- tos de rigor, como entierro, botica, médico. Con el doctor Troncoso había habido algunas di- ficultades. ¡ Qué cuenta ! Arraneó buena tajada y cuando se le rogó humanizara un poco sus preten- siones, siquiera en consideración á la buena amistad, contestó que él no tenía más amigos que sus cuatro reales y no quedó otro partido que pagarle lo que quiso. La casa de la casa fué adjudicada á Dativo, quien radiaba satisfacción no dando reposo á la lengua pa - ra ponderar las excelencias del finado. En aquellos arreglos el único inconforme era Sul- picio. Supo que debia reunirse la familia obligada al tema de la herencia, y no quiso asistir á la sesión. I Para quet Su parecer no seria escuchado. Veíase asaltado con frecuencia por escrúpulos de hombre de conciencia limpia. Una herencia pedida de rodillas á un moribundo no era para su carácter cosa muy llana. Contenido de otro lado, por su ge- nio poco expansivo y resuelto en asuntos de intereses y por los frenos de exagerada delicadeza, observó que no se tuvo la mano muy pródiga para Catalina ; que con él, su esposo, apenas se contó como no fuera para estampar mecánicamente firmas y más firmas en funciones de marido manso ; que no se le mostraron cuentas, ni inventarios, ni divisorias, como si se iniciara con él una política repelente tratando de alejarle lo más posible. Notó que cuando se trataba M. ZENO GANDÍA 83 de los demás coherederos, se pasaba á la ligera por los detalles y dificultades del momento, porque entre familia nadie debía ñjarse en bagatelas, más cuando se trataba de los intereses de Catalina, hilábase muy delgado, variábase el criterio por que era preciso ate- nerse á las leyes y no hacer nada qtce no fuera sancio- nado por el juez y muy arregladito dentro de los precep- tos de la jurisprudencia Víóse el joven envuelto en una atmósfera de re- celos y desconfianzas, como un moro que se arriesga entre cristianos, como ^Igo excéntrico que molesta y estorba. Catalina habia sido preparada para el ca- so : León arda no olvidó darle lecciones. De ese modo cuando Sulpicio creyó prudente emitir algún parecer, Catalina le contradijo y á cuanto propuso el joven, ella mostróse rehacia haciendo vivo hinca- pié en que su mayor deseo era complacer á su ma- dre. Resultó de todo ello que Sulpicio se vio coar- tado para cumplir con lo que era al fin un deber de marido previsor. Allí no se hizo más que la voluntad de Leonarda, y ésta procedía siguiendo instrucciones secretas de Garduña. Sulpicio veia con recelo la intervención de éste en los negocios de la familia, y como se le impuso, tuvo que sufrirle con profundo disgusto, augurando inquietudes para lo porvenir. Acordáronse, pues, muchos detalles en aquella reunión de íntimos. — Todo está arreglado — dijo G«arduña — Lo im- portante ahora es que vengan buenos tiempos y buenos precios. La caldera nueva estará pronto aquí, y montada que sea, las tareas serán dobles. — Me parece conveniente no abandonar los nego- cios de aoasto. Tirso satisfacía el mercado de Pa- raiso y además, exportaba. — Todo, todo se andará. Cuanto á mí. . . , 84 GARDUÑA — Cuanto á usted, licenciado, haga usted esfuer- zos por la familia q^e nosotros, además de pa- garle — ¡ Oh, calle usted ! — Es muy justo — objetó Dativo — A nadie puede ocultarse que si va usted á tomar sobre sí la compli- cada dirección de ese capital, sea justo, justísimo, que se le remunere, — Solo me conformo en el concepto de que se trata de una remuneración pequeña, como compensación de gastos. — Nosotros no queremos"perjudicarle. — Yo con poco me avengo. Con cinco ó seis mil duros anuales, me. Los circunstantes quedáronse en una' pieza. ¡ Diantres ! ¡ Cinco ó seis mil duros anuales ! Y todavía lo llamaba una friolera. No había des- Íuite, nadie intentó poner los cascabeles al gato. )espués de lo sucedido aquella noche 4 quién sería el osado que discutiera, que tasara su trabajo í Garduña siguió impasible, como si aquella exan- ción fuera la cosa más natural del mundo. Ya es- taba él bien seguro de que nadie discutiría. Quedó, pues, acordada la anualidad y pasóse á otro asunto. — Con respecto á los honorarios — continuó Gar- duña — los honorarios devengados á mi favor por mi intervención y trabajos en la testamentaría. ¡ Cielos !. .aún quedaba algo más. Leonarda cam- bió de postura, Catalina miró con azoramiento á su madre, Honorino bajó la cabeza, y Dativo, á quien el asunto ni iba ni venía, se rascó una oreja. De aquel modo esperaron todos la metralla, mientras Garduña mirábales impasible, sereno, marmóreo. . . — Mis honorarios — dijo después de una pausas- montan á la suma de diez mil duros. . . Leonarda,* como impulsada por un mecanismo^ M. ZENO GANDÍA 85 púsose de pié y G-ardañay fingiendo no darse cuenta de la impresión que producían sus palabras, conti- nuó aferrándose á ideas que habrían de producirla más fuerte. — Mi cuenta profesional no es lo importante aho- ra. Pasemos á otro asunto que tiene mucha. El ciego Ocampo es una terrible amenaza para los he- rederos de Mina de Oro. Los rumores públicos han tomado cuerpo y es ya indudable que don Tirso, en aquella famosa entrevista, entregó al ciego un do- cumento testamentario en que disponía caprichosa- mente de sus bienes. Dibujóse la alarma en los semblantes y todos ol- vidaron los ataques que al capital acababa de dar Garduña. ' — Es preciso — continuó — -que acordemos los me- dios de defensa. — Y i qué derecho puede tener ese hombre para poner en duda la legitimidad de nuestra herencia, después de presentado testamento en regla interve- nido por el juez ? — Precisamente, es eso lo que ha de ventilarse. Si se trata solo de cuatro encargos escritos con mano temblorosa en una hoja de papel simple, la co- sa no tendría importancia. Pero según parece, de algo más grave se trata. —i Qué í — De algo más grave Se consignan declara- ciones de las que se deduce que don Tirso estuvo ba- jo la presión de — ¡ Eso es infame ! — gritó Leonarda. — ¡ Falso I — añadió Honorino. — ¡ Qué calumnia ! — murmuró Dativo. — Y sin embargo, es un hecho que Ocampo abri- a el propósito de llevar á los tribunales la cuestión . "a ven ustedes que eso sería un escándalo. . . , 86 GARDUÑA — Y I qué pretende ese hombre ? Sepamos — Casi nada. Que todos los bienes de su hermano de usted, pasen á manos de Casilda á quién recono- ce como hija única en el susodicho documento. — ¿Tiene, acaso, derecho para anular el testamento? i No podría cualquiera falsificar un papelucho de esa especie y pretender hacerlo pasar por auténtico I Leonarda meditó aterrada. Pasó por su pensa- miento el recuerdo sombrío de aqmlla noche^ ponién- dole apretado el corazón y las manos temblorosas y frías. El miedo la hizo suya alarmándola como si todo se hubiera descubierto, como si fuese ya públi- ca la intriga. Aquel miedo que Garduña compren- dió, le hizo sonreir : fué una sonrisa confiada que contrajo á un semblante impávido. — Es menester que se estudie con calma el asun- to. En la duda del valor que pueda tener el docu- mento de que dispone Ocampo, lo más cuerdo es tratar de anularlo, y el mejor camino, procurar inu- tilizarlo teniendo en cuenta que quien dá primero dá dos veces. — ¿Y de qué modo conseguirlo í — Por lo pronto, demandando al ciego por injuria y calumnia. — ¡ Ah, vamos ! — Después, para probar los fundamentos de sus manifestaciones, le será forzoso entregar al juez el documento. Y una vez en sus manos, lo estará en las mías puesto que — ¡ Formidable ! ¡ formidable ! — Justo si, como usted es el asesor — ^No, calma. En este caso yo tendría que inhi- birme. Es imposible que yo entienda y dictamine en un litigio dirijido contra ustedes, siendo como soy albacea y gerente del pro-indivisu. i — j Es verdad ! M. ZENO GANDÍA. 87 — ¡ Qué contratiempo ! — ¡ Pero nada importa ! Ya conocen ustedes á Claudiano, mi colega. ^ — ¡ Sí, un ignorante. Ni tiene pleitos, ni sabe di- rijirlos. — Pero es ambicioso y nos sacará del apuro. Cuan- do llegó á Paraiso, intentó hacerme competencia. Le vencí, claro, y le reduje al único papel que pue- de desempeñar. — El de firmón. — Firmará cuanto yo quiera. Inhibido yo, será designado asesor y suscribirá cuanto yo haga. — Entonces, una vez el llamado testamento á su alcance . . . ? — ^Una vez á mi alcance. . .las circunstancias acon- sejarán el camino que deba seguirse. Por lo pronto, no iría á la Audiencia ese misterioso ariete. Asegu- ran que Ocampo se propone remitirle y es preciso evitarlo. Allí sería más difícil . . . — i Y cree usted, suponiendo que efectivamente existan esas disposiciones, que pudieran retrotraerse las cosas ? — No lo creo. En don Tirso no concurrían escep- ciones de las que la ley concede. No veo ninguna, al menos. De modo que todo testamento que no esté debidamente legalizado, es nulo. Además, si hace manifestaciones que envuelvan responsabilidad cri- minal para alguien, como por ejemplo, decir don Tirso que se abusaba de su débil estado, que se le privaba de libertad, ó cualquiera invención por el estilo, nada difícil sería probar que el estado intelec- tual del enfermo estaba completamente pervertido y por tanto, que todo lo que escribiera no podía ser más que manifestación delirosa de un cerebro enfer- mo. — 4 Y el testamento, el verdadero testameutQ^ 88 GARDUÑA i No podría decirse de él también que fué maniíesta- ción delirosa ? — ¡ Imposible ! ¡No considera usted que ni el nota- rio, ni los testigos, ni el firmante del testamento, lo hubieran autorizado sin que uodo estuviera estricta- mente dentro de la ley í TJn papelucho puede ser explosión de un delirio, un acta testamentaria hecha en regla, no. Nada, á defenderse. Pero, eso sí, es necesario que se convenzan ustedes, de que todo eso cuesta . . . i eh ? . . . cuesta dinero Departióse mucho, estudiáronse detalles. El ca- so era grave, convenia no perder tiempo. Poseían ya los bienes y sinembargo, temblaban ante la idea de que se realizara lo que suponían un despojo. Luego, ¡ qué escándalo ! ¡ qué pleito singular y rui- doso ! Y aún tomando las cosas el mejor camino, estaban espuestos á tener que entregar á Casilda, á la pilluela callejera, el hermoso patrimonio que apre- taban ya en las manos. No, de ningún modo : se harían esfuerzos para evitar tamaño descalabro y la vergüenza de ver tendidos al sol harapos de la fami- lia. Allí el único hombre capaz de timonearlos era Grarduña : era temible, sagaz, hombre de grandes recursos en los naufragios del papel sellado. Sí, el era el salvador Podía afirmarse que ya le había caído qué hacer á Ocampo. En tal concepto, los herederos se conformaron con la descarga de los cinco mil duros anuales y con el lanzaso de los diez mil por honorarios, disponién- dose para futuros despilfarros que los acontecimien- tos impusieran y acordando que Leonarda demandaría por injuria y calumnia á Ocampo, debiéndose buscar llegado que fuera el momento, el número suficiei^te de testigos que declarasen haber oído las insultantes manifestaciones expresadas por el ciego en Paraiso. Antes de separarse, Grarduña llamó aparte á Ho- M. ¿EÑO GANDÍA * ^9 noríno y le habló con misterio. Le recomendó mu- cha perseverancia en cierta empresa -Convenía, convenía mucho que la muchacha estuviera do- minada, á la mano del joven. Así, en momentos dados, podría contarse con ella. El joveü alegó que la muchacha era lista, perspicaz ; que el ciego pare- cía haberla enterado de todo ; que no tenía nada de tonta y que era ambiciosa. G^arduña estuvo insis- tente. ^ Necesitábase vencer y el empeño no era difícil. Guando una mujer ama, no niega nada al objeto de su amor. El talento consiste en dominar la situación para que nada se niegue á la hora de pe- dir. Honorino debía insistir para que no se dijera que se le habían mojado los papeles. El joven prometió seriamente amansar la ñera. Aún tuvo Dativo bríos para felicitar á la familia. Como á él nada le iba ni venía, hacíase el distraido ante los gatuperios. — Vaya vaya Eso de Ocampo no valdrá la pena. Ya lo verán ustedes. Nada : hay que felici- tarse. Todo está arreglado y los asuntos en buen pié. Lo conveniente ahora es darse buena vida y tú, Honorino, formalidad. Que no haya que po- nerte sal en el meollo, ni que buscarte el juicio en los calcañales. Ya tienes edad bastante cuida de tu mamá y lo dicho, á conservar tu hijuela, á que prospere si es preciso, que paños lucen en pa- lacio y no hijodalgos. Y era ya entrada la noche cuando la entrevista terminó. IV La vida de Ocampo discurría entre perplejidades y dudas. Desde que, depositario del temido pliego, com- prendió la importancia de la causa que debía de- tender, pasaba las horas cavilando, tegiendo proyec- tos en la imaginación. Sabía que no se bastaba á sí mismo y dudaba de todo el mundo, i Qué hacer ? i Cómo triunfar sin luz en los ojos, sin fuerza en el brazo, sin astucia en el instinto t Horas muy tristes Jasaba dando vueltas al asunto. Sabía que le ro- eaban muchos enemigos, voluntades contrarias, y aquellas sospechas unidas al recelo que la falta de vista imprimía á su carácter, hacíale vivir de vaci- lación en vacilación, sin saber qué resolución tomar. No tenía quién secundara sus planes. Estaba allí Casilda, mas i podría servir la pobre niña para gran cosa en el asunto f Harto hizo con enterarla de todo, con darle á leer el pliego, con encargarla discreción. i Quién podría secundar sus planes redentores f Na- die. Sería insensato confiar documento de tal valla al primer advenedizo. Pensó en la ley En sus manos, los débiles en- cuentran fortaleza, los desamparados abrigo, los tímidos garantías. Pensó en ella como única salva- ción, porque la conciencia de los parientes de Tirso no habría de reaccionar por sí misma, ni reconocien- M. Í5ÉÑ0 GANDÍA 91 Ao la justicia de su causa, entregarían á su nieta lo que era suyo. La ley, solo la ley, podía valerle. A veces parecíale tenerla delante, cerca, muy cerca, al alcance de su mano, contemplándole con maternidad cariñosa, animándole á confiar en su omnipotencia in- contrastable, en su rectitud invencible. Y ocurríale que su primer paso debía sor acudir á un notario, en- tregarle el pliego, pedirle la legalización de un acta que garantizara de todo peligro la seguridad del docu- mento. De ese modo no habría cuidado : hoy, ma- ñana, siempre el sólido asidero de Casilda estaba se- guro. Pero ¡ ah I . . .enseguida recordaba la realidad. Todo el inundo decía que Tirso, en su última hora, había testado. Debió ser contra su voluntad, acaso sin conciencia de lo que hacía. Pocos momentos antes, en aquella noche aciaga, Tirso, había pre- visto el caso. Temo á una celada — dijo — a^aso abusa- ran de mi estado engañándome. Y los temores, ha- bíanse realizado, porque inesperadamente aparecía aquel testamento que fué tramitado cuidadosamente, que fué intervenido por el juez sin que sospechara el engaño, que fué, por fin, ejecutoriado, cumplién- dose la horrible estafa, el inaudito despojo de su nieta. Y aquel testamento, tuvo testigos, tuvo fir- meza ante la ley, tuvo notario que lo autorizara ¡ Ah ! nunca. - .entregar su pliego al notario de Pa- raiso, al mismo que dio fé de tantas imposturas, era arrojarle al pozo inmundo del robo y do la infamia. No, el papel es frágil, se inutiliza, se hace desapare- cer fácilmente. Y presa de intensa alarma que le enfriaba las manos, renunció al acta ante notario, viendo que por aquel punto, entre la ley y él alzába- se un obstáculo inmenso, que su debilidad de ancia- no y su inexperiencia profana le impedían vencer. Si por aquel sendero hallaba obstáculos para lle- gar á asirse de la mano de la ley, tomaría otro. L^ 92 GARDUÑA ley estaba cerca ; imposible qu« no le escuchara ba- cióndole justicia. El iageaio debí^ coasistir en acer- tar con el buen camino: un camino recto, seguro, que no tupiera breñales en donde se enrredára la vestidura del débil Y pensó, entonces, en el juez. Acudiría valiente, resuelto y plantearía el asunto. Para nadie quería mal, á nadie impu- taba crímenes, pero que le dieran á Casilda lo suyo. Iría allá, pediría al Juez aceptara su deman- da, entregaría el pliego para que gestionara en for- ma nrocedente. Mas aqui, de nuevo detúvole la realidad. Hacía tiempo que el Juez letrado de Paraí- so encargado de la primera instancia, había sido relevado. Enviáronle á otro pueblo y en espera de otro letrado habilitóse al juez lego del municipio, para que actuase debidamente asesorado por el li- cenciado en leyes que se eligiera. Tal circunstancia dio que pensar á Ocampo. 4 Cuándo vendría otro Juez t Aquel hombre, desconocedor de la ley, habría de ser su salvador, i Y por qué no ? Para servir al bien, basta con ser hombre honrado. Y fué á verle. Supo entonces que el procedimiento- judicial im- ponía la intervención de terceras personas. El juez, poco perito, creyó que tendría á Garduña por con- sejero y Ocampo, desconfiando del gran hombre, re- nunció á seguir tan peligroso camino. Por segunda vez, alzóse entre la justicia y él un muro infranquea- ble para su ignorancia, invencible para su debilidad. Dióse á pensar en la posibilidad de hallar almas piadosas que se asociaran á su buena obra. . j, Quié- nes ? Como todos los domingos al alba oía misa, ocurrióle un domingo que el señor vicario podría va- le ríe. Hiló el asunto 4 Acaso el buen párroco no necesitaba también acudir, para defenderle, á los tribunales ? i No le ofrecerían al pastor de almas )qs tribunales de Paraíso los mismos peligros que á M. ZENO GANDÍA 93 él? Y luego, una vez salido de sus manos el plie- go i quién respondería de su seguridad ? No, era preciso acudir á la ley, ala ley directamente, to- cándola, abarcándola en sus brazos, para comunicar- le al oido el gran secreto que había llegado á ser la obsesión de su vida. Y fué entonces cuando pensó en un tribunal más alto, en una corporación en donde el amparo colecti- vo de la magistratura le tendiera la mano. Sabía que un funcionario á quien llamaban fiscal^ tenía el deber de socorrer á los desvalidos, á los indefensos, á los huérfanos, pero comprendió las dificulta- des que tendría que vencer hasta llegar á las plan- tas de ese tribunal. Paraiso distaba treinta leguas de la ciudad de la colonia en donde estaba aquel cons- tituido : ciego, inerme, sin recursos i cómo llegar hasta élf Resolvióse sinembargo : iría, iría venciéndolo to- do, saltando por encima de obstáculos. A ser preci- so, tal era la fuerza de su voluntad, que le saldrían alas. Y pensando en ello discurrieron días eternos, semanas interminables. De noche, cuando el abuelo y la nieta se dispo- nían á dormir, platicaban sobre el asunto y traían á la vista el pliego. Durante mucho tiempo le llevó Ocampo encima. Después, hizo un hoyo en el terroso pavimento de la única alcoba de la casucha y le escondió allí. De vez en cuando guiado por el tacto, llegaba al lugar del escondite y escarbando, exhumaba el pliego ya manchado por la humedad y el polvo. Entonces, á la humosa luz de una lamparilla de aceite, Casilda leía y releía cien veces el contenido y el abuelo escu- chaba absorto sintiéndose ambos, después de cada lectura, más llenos de esperanzas, más animados á perseverar en la empresa. 94 GAEDÜÑA Muchas veces, bajando mucho la voz, leyó Casil- da aquel pasaje que decía : y declaro que esa niña es mi hija, la única hija que lie tenido ; que la reconoz- co solemnemente como tal y que es mi voluntad irrevoca- ble qtte así conste Y también aquel otro : temo que se abuse de mi debilidad quien ha robado la llave de mi caja bien puede obligarme afirmar docu- mentos contra mi voluntad. estas líneas contienen mis únicas y legítimas disposiciones y declaro que cualquier otro papel que apareciera es falso, es mentiro- so y le niego toda autenticidad, ... Cada línea era ocasión de mil comentarios. ¡ Im- posible que la ley no aceptara aquello como legítimo ! Sobre todo el párrafo que decía : espu^s mi deseo que mi hija, mi única hija, la que hube con Ernesta Ocampo, sea mi heredera universal, y para que no se dude de la validez de este testamento, invoco en la hora de mi muerte el derecho que me asiste por virtud del fuero militar que en mí concurre, para testar en la for- ma en que hoy lo hago. Eso, eso era lo importan- te, y Ocampo escuchaba con delicia la lectura, aña- diendo que si ^aquellos canallas conocieran los deta- lles del testamento, no estarían tan valentones. Ya llegaría el momento de probar que era válido, perfec- tamente válido, por aquella circunstancia Ael fuero militar que venturosamente no escapó á la penetra- ción de don Tirso. Algunos días después de su visita al juzgado, á la hora de acostarse, Ocampo y Casilda apuraban la materia. El uno estaba ya envuelto en su frazada, mientras la otra se disponía á bañarse en un gran cubo que á tal objeto le servía. Como el abuelo era ciego, impor- taban poco los descuidos en su presencia y Casilda tenía todos los abandonos y desnudeces de quién se cree solo, procediendo á su aseo sin curarse del más M. ZENO GANDÍA 95 mínimo reparo, en tanto que el ciego la escuchaba insistiendo siempre en lo mismo. — Lo que te digo Casilda es que demos tener cau- tela. Ya hemos hablado bastante por que asi conve- nía. Ahora importa mucho que no nos descubran la intención del viaje. — Veo difícil ese plan — contestó ella dejándose caer la camisa á lo largo del cuerpo — Y sobre todo, abue- lito í con qué dinero hemos de emprender ese viaje ? Hoy no se ha vendido ni misdia vara de tabaco — Veremos. . .Pasaré por encima de todas las di- ficultades. Esperaremos reunir recursos. — Por supuesto, para ir á pié no es mucho lo que se necesita. —i A pié f — i Pues cómo entonces ? — Por nada del mundo iría yo á pié. Tantas le- guas de malos caminos, tantos lugares peligrosos que recorrer,, y tantos enemigos detrás, .j No ! Iría- mos expuestos á que nos asaltaran para arrebatarnos esos papeles . . . — ¿Llegarían á tanto? — Lo temo todo. Que haya seguridad en el cami- no, que podamos alquilar unas bestias : lo demás es fácil. Casilda, completamente desnuda, habíase metido en el cubo. A la luz de la lámpara destacábase su lozana figura, como revelando á la noche feliz el se- creto de sus gracias. Con un jarro de lata repartía- se el agua por todo el cuerpo, mientras se imprimía en el muro su exquisita imagen de virgen, su silueta de Venus en la terma, su sombra de bella descuida- da que refrigera su cuerpo inundándole de agua, de agua venturosa que humedecía y besaba al caer aque- llas redondeces y aquellos encantos. — Lo malo es esa demanda 96 GARDUÑA — ¡ Ah ! . . .deja que aprieten, i Qué otra cosa han de hacer í ¿No te ocurre que necesitan defenderse ! — Sí, pero usted se verá obligado á entregar el pliego para probar que no ha mentido. — Ewso es lo que no haré jo. — i Y si lo meten en la cárcel ? — Aunque me metan. — No quiero pensar en eso. — Te aseguro que no podrán conmigo. { Entre- gar el pliego í ¡ Buen disparate ! — ^Yo también creo peligroso desprenderse de él, si son como usted dice, capaces de traspapelarlo. — ¡ Capaces de todo ! — Y digame, abuelito : la ju&ticia i no es para defender á los buenos I — Sí, á los buenos. Pero, á veces, los malvados la emborrachan, le echan tierra en los ojos. Casilda, en cuclillas, continuaba con delicia su baño. En tal postura, única que le permitía la es- trechez del cubo, destrenzóse el cabello y comenzó á peinarse calmosamente. Agradábale la frescura del agua, la espansión de la desnudez y pe^-señábase el cabello con la misma fruición que una princesa ante una luna de Venecia. — Estoy resignado á todo — coptinuó Ocampo. — Pues á mí me entristece la idea de que lo con- denen y lo metan en la cárcel. ¡ Ah !. .no, eso nun- ca, abuelito. Me morirla de pena si fuéramos tan desgraciados que llegara ese caso. — Ten serenidad, si así sucede. No sería por mu- cho tiempo. Además, puede que ese extremo no llegue. Lo que digo es que ni muerto me arran- can ese pliego ! — Bien, pero usted es ciego, yo no entiendo de esas cosas ¡Si pudiéramos encontrar de quien fiarnos ! M. ZENO GANDÍA 97 — Es inútili no me fío de nadie, de nadie Casilda salió del cubo, desdobló una sábana llena de zurcidos y envolvióse en ella. La sábana, hume- deciéndose! ciñóse al cuerpo de la joven y esta, se- cándose, vistióse la camisa y saltó en su cama. DeS' pues contemplando la pobre llama de la lamparilla , se abstrajo Pensaba en Honorino. i Vendría? A poco« apagó la luz, volvió á levantarse, vistióse de nuevo y esperó. Media hora después sonó en las tablas de la cerca el choque de una piedra y Casilda bajó al huerto donde el amor con su vértigo de promesas la atraía. Aquella noche, la escena duró más que de cos- tumbre. Era casi el amanecer y aún permanecían los jóvenes en el huerto. Se trataron temas de amor, de aquel amor sedien- to que les hacía latir con violencia el corazón, que les entornaba los párpados para disminuir asi el campo de la visión y reconcentrar en más breve es- pacio la imagen con arrobamiento contemplada. Les parecían fugaces las horas lentas de la noche, lamen- tando solo la tiránica interposición de la palizada á la que acercaban el semblante para respirar el uno el aliento del otro. La soledad nocturna les protegía. Escuchábase el rumor de las olas que en la vecina playa gemían, el áspero ladrar de algunos canes va- gabundos por las callejuelas ó vigilantes en los huer- tos, el roce de algunas balsas deslizando á favor de la corriente por el riachuelo tributario de Gran Rio que por el limite del lugar pasaba, y todo envuelto por flotantes sombras que ahogaban el paisaje, por misterios de soledad medrosa que entristecían los contornos, por ese rumor confuso conjunto de cien ruidos, juguetees de brisas y árboles, coro inacorde de insectos, que en noches apacibles levantase de los 7 98 GAEDÜÑA campos, como canto de idolatría que eleva la tierra al sereno cielo que la entolda. Honorino daba á sus palabras tonos humildes de súplica 6 ardorosos de impaciencia. Era muy impío aquel amor sin premio, aquella pasión tan profunda como mal correspondida, aquella honradez de inten- ciones maltratada por la duda. Casilda contestaba conmovida, casi temblorosa, llena el alma de éxtasis y ensueños. Su acento era dulce, muy dulce, á ve- ces suplicante y siempre tierno, con ternura inefa- ble, como quien desea y teme, como quien se defien- de anhelando ser vencido, como quien lucha presin- tiendo la felicidad de rendirse. Mostrábase cariñosa, empeñándose en aparecer ante Honorino como joven pensadora, formal, digna de ser conducida al bien. No, lo que él pretendía era imposible. Le amaba con intensa pasión, pero rebajarse á indignidades, nunca. Tiempo habría para todo. Aunque muy joven, conocía historias de otras que la asustaban. Acaso él la odiaría, cansándose de ella, si fuera complaciente. Negaba él imaginarios peligros y como podía, á través de la palizada, acariciaba las guedejas de Casilda todavía húmedas del reciente baño, ó unidas sus manos, percibían los extremecimientos de la emoción, ó, las nerviosas presiones de la impaciencia, y atrayéndose á las mal unidas tablas, ella asomaba por allí el semblante y él la besaba en la bermeja boca. Así, separados por la delgadez de las tablas, cerca el uno del otro, envolvíanse en amor, entor- nando los ojos, soñando en felicidades imposibles. Luego, la vida real les despertaba i Por qué se interponía entre ellos la desagradable cuestión de la herencia f Él se mostraba indiferente : ni pleitos, ni dinero, influían en su amor. No podía negarse que eran enemigos, que él como miembro de la M. ZENO GANDÍA 99 familia Mina, luchaba contra Ocampo que la ofendía con suposiciones calumniosas. Ella, por su parte, demostraba también desinterés, afirmando que lo que su abuelo alegaba no era impostura, ^ sino grandes verdades. Lamentaba aquella contienda contra una familia a quien se sentía dispuesta á amar, siquiera por serla déHonorino. Sin embargo, aquellos disgustos no eran parte bastante á entibiar su pasión porque si triunfaban y el joven era cons- tante, suya sería la herencia. A esto añadía él que lo suyo también en todo caso sería de ella y conve- nían ambos en no dejarse de amar aunque mediaran enojosos contratiempos, porque el amor es el amor y el dinero, otra cosa disíinta. Con frecuencia recordaba el joven las palabras de Garduña : es preciso que consigas meterte la muchacha en el bolsillo, y como en momentos dados no hubiera podido decir qué le atraía más, si el deseo de verse amado por la huérfana ó el interés de asegurar su hijuela, seutía que el ánimo le saltaba de una en otra impresión y que encontradas emociones apa- gaban su entusiasmo en las amantes citas. Otras veces la conversación descendía á detalles y con tono protector esforzábanse en darse mutuos consejos. — Desengáñate, tu abuelo es impotente. Todo Paraiso está en su contra y tiene escandalizada la opinión. — No es él quien da el escándalo. Mira : si us- tedes los Mina estuvieran solos en el negocio, sería más fácil de arreglar. Lo malo es ese abogado tan .... — Calla, tontona, no digas niñadas. Ofender al hombre de más talento del pueblo. ¡ Harto hace el buen amigo con sacrificarse por nosotros ! i No sabes quién es el licenciado Q-ardufla ? 100 GARDUÑA — Como quieras pero creo que si no estuviera entremetió — Esas son majaderías que has oido decir á tu abuelo. Si te he de ser franco no te ocultaré que debías buscarte mejor apoyo porque Ocampo, no lo dudes, ni sabe, ni" puede, ni tiene recursos para — Ta se nos hará justicia. Además, l quién ha- ría por mí lo que el pobre abuelo f — Hombre. . ¡ quién sabe ! — Nadie. — 4 Nadie í Yo sería muy (capaz de hacer más que él. En primer lugar, veo y no ando á tientas ni necesito que me lleven de la mano. En segundo lugar, aunque tampoco soy muy ducho, entiendo más que él esos asuntos de tribunales. Luego, ten- go más cultura, me agito en otra esfera. — Bien, pero eso es imposible, i Cómo podrías ser á un tiempo mi defensor y mi contrario f Eso no puede ser. — Acaso Lo importante es que la historia del pliego no resulte invención. — Existe : tan seguro como que tú y yo estamos aquí. — Sigo dudando. Me figuro que tu abuelo se propone intimidarnos y por ese medio obtener ven- tajas en tu obsequio, ya que tu padre en el testa- mento que hizo ante notario ni te reconoció, ni se acordó de tí. — Pues en el pliego que tenemos, no solo me reconoce sino que me lo deja todo. — i Estás segura t I Has leido ese papel ? — Muchas veces. — Solo viéndolo me convencería. Tu abuelo debe guardarlo con gran cuida io i verdad t — ¡ Ya lo creo ! — Sabes que me va dando curiosidad de leerlo. M. 2bno gandía 101 — ¡ Dios nos libre ! ¡ Poco afán pone abuelito en ocaltarlo ! — ¡ Bah ! . .si tú quisieras . . . — N6, nó : ¡ imposible ! De esa manera tegíase la red y el talento de Garduña araba á distancia. Hablaron después de cierta escena judicial ocu- rrida aquel dia. Más de cuarenta testigos se apre- suraron á declarar ante el juez, haber oido decir públicamente á Ocampo oue el testamento presen- tado por los parientes de Tirso era falso, yxe se le babia obligado contra su voluntad á suscribirlo, que por algo no estaba ñrmado de su puño y letra, que tenía pruebas evidentes de tanta falsedad. Ocampo había sido demandado y los amigos de la familia, prestábanse á declarar : probadas las injurias, pre- cisada la calumnia, ya le sentarían la mano al maldiciente. — Eso no es decente — decía Casilda — ¡ Declarar exagerando para comprometer al pobre viejo ! Lo que hacen es adular á los Mina. — Te equivocas. Fíjate en quienes han declara- do : don Óptimo Escofina, don Crisanto Begla, don Dativo Curvo, don — ¡ Embusteros ! Deja que declaren — No lo dudes, tu abuelo será condenado. A menos que presente el documento, pero ¡ qué ! aún cuando lo hiciera, verás como no se libra de la cárcel. — Si es preciso ir á la cárcel, irá. Iré yo, si con él no basta. Pero i el pliego ! . .ni picados i oyes I ni picados. Cuando se separaron, llevaba Honorino una noti^ cia importante que trasmitir á Garduña : Ocampo, resuelto á todo, antes sufriría persecuciones que desprenderse de su tesoro. Al dia siguiente, en el 1Ó2 OARBUNA despacho Ae Q-arduña, hizo Hooorino gala del des- cubrimiento, explicando de paso los progresos reali- zados eu la dominación de Casilda. En casa de Salpicio, las historias de Mina de Oro fueron pretexto para cien choques. Catalina y él hubieran sido de buen grado felices, pero el obs- táculo de Leonarda erguíase allí inflexible, sañudo, cruel. Menudeaban Tas inquietudes íntimas, las discordias frivolas. Madre é hija empeñadas en empaquetar á Sulpicio, harto recio y rebelde para consentirlo. Catalina era buena mujer, de pacífico fondo, de cariñoso instinto. Cedía solo á las su - gestiones del tirano y sin criterio propio ni racioci- nio expontáneo, era débil ante ella, dúctil has*a el extremo de ofrecerla en holocausto la desdicha de su hogar. Cuando Leonarda tenía á bien permanecer aleja- da, todo era fácil : Sulpicio y su mujer entendíanse perfectamente á favor de octaviana paz. Pero cuan- do aquella se dignaba coincidir, cuando rozaban sus atmósferas, estallaba el incendio y de las viejas ceni- zas renacía la desunión. En el fondo, Catalina dábase cuenta de la reali- dad. Como su corazón era bueno y amaba á Sulpi- cio, deploraba las tormentas, comprendiendo de qaé rumbo venia el viento. Acaso, en lo íntimo de su conciencia, alguna vez se propuso resistirle, pero cuando la ocasión llegaba, sucumbía cobarde y, ante Leonarda, pulverizábanse los propósitos y volvía sus armas contra Sulpicio. Nunca era más feliz que cuando Leonarda y Sulpicio, en paréntesis extraor- dinarios, vivían en paz, y aquella dicha traducíase en amorosas sonrisas, en lágrimas de placer. Duraba poco ; el estado crónico era el otro. A pesar de su entereza, Sulpicio sufría mucho, convencido de que su paz doméstica no era suya, de M. 2EN0 GANDÍA. lOá que estaba al arbitrio de ágenos nervios. Devaná- base los sesos bascando el modo de triunfar llegan- do á situaciones definitivas, redimiendo su sosiego de hombre honrado y marido digno. Mina de Oro fué un haz de pretextos. En lod arreglos testamentarios, cada detalle fué una chispa. Sulpicio, con ruda franqueza, declaraba su inconfor- midad. No era posible que los negocios fueran bien si se entregaban las riendas á un hombre co« mo Garduña, i Qué falta hacía habiendo hombres serios en la familia f Catalina recordaba la prepo- tencia del albacea ; después, cediendo terreno, decía que no era razonable ser tan fatalista que se espera* ra siempre todo lo malo ; luego, cuando los razona- mientos de Sulpicio la estrechaban, hacía hincapié en que tal era la voluntad, el deseo de su madre ; y cuando el joven aseguraba que por cima de los ca- prichos estaban las conveniencias, ella tomaba rum- bo distinto, un rumbo que había abierto ante sus ojos la malignidad de Leonarda : sí, Garduña estor- baba, porque el interesado, el advenedizo de Sulpi- cio, quería echarle mano al manubrio, manejar jel pandero. Y entonces, bajo la presión de la insidia, retorcido por la calumnia, Sulpicio encerraba el in- cendio en el corazón y callaba, guardaba silencio hasta que nuevo motivo volvía á despertar la- dis- cordia. En horas de franqueza Sulpicio daba su parecer. Allí, cerca de la mano, era fácil hallar magníficos mayordomos, entendidos dependientes. 4 Qué falta hacía tqner dentro de sus cuestiones á la notabilidad de Paraisot Serían explotados . El tiempo lo diría. Y si no que se viera lo que ya iba haciendo. ¡ Qué descaro ! ¡ Diez mil duros por un lado y cinco mil de sueldo ! Con la mitad ¡ qué mitad ! . . , ^ 104 GARDUÑA eon la caarta parte, podría marchar el Ingenio per- fectamente. Catalina alegaba que si Leonarda> lo batía dis- puesto asi, era indudable que convenía. — Y ella i qué sabe ! — Supongo que lo necesario para el caso. — Ese hombre explotará el filón. — ¡ Ah 1 todo lo contrario. ¡ Si viera como nos quiere ! Lamentando mamá hace pocos días el mal precio del azúcar, él dijo : no se apure usted. . M aU gún día, que no sucederá, vinieran ustedes A menos siempre encontrarían en mi, á un buen amigo que con ustedes partiera el panecillo. Ya vés si nos quiere. — ¡ Ah, cuánto cariño ! Me admira tu candor. En tanto, las cosas le van siendo productivas : los ochenta mil pesos efectivos, volaron. Entre caldera, montura, hornalla, nuevas evaporadoras, siembras, legados, honorarios y ¡ qué se yo cuántas cosas más ! desaparecieron para no volver. Las hermosas vacas que siempre pastaron en el Ingenio, fueron de pron- to un inconveniente para las siembras y aconsejó vuestro gran administrador el descabellado negocio de su venta. ¡ Venderlas ! Lia base de una ganade- ría de tan buena raza se hizo humo. Os engatuzó diciendo que las vacas saltando zanjas se comían los cañaverales. ¡ Haber vigilado, haber situado un se- gundo exclusivamente dedicado á esa vigilancia ! Todo, menos venderlas! — i Y qué ? — i Conoces los detalles del negocio ? — Sé que fueron vendidas. — Pues oye Las tazaron en la mitad de su va- lor y las compró Q-arduña. — Alguien había de comprarlas. ... — Perfectamente, pero las compró á cuenta de sus sueldos venideros. U. ZENO GANDÍA 1Ó5 — i No tenemos que pagarle de todos modos sas sueldos f — Saponiendo que haya que pagarlos, resulta el negocio ruinoso, puesto que los plazos anuales con que paga G-arduña las vacas, salen del Ingenio. En resumen : habrá que tomar dinero á préstamo para atender á los gasto.^ generales, mientras el sublime administrador no paga intereses por los plazos. ítem mes : desde hoy está explotando el abasto de la le- che y la pingüe industria quesera que tan buenas onzas produjo á Tirso. Pero es inútil que me esfuer- ce : tú no entiendes de estas cosas y tu madre — Deja en paz á mamá. Te expones á que te crean un hombre interesado. Tengo parte en Mina de Oro y dirán que tienes avaricia de esa parte. — Justo, y para que no piensen mal de mi^ debo faltar á mis deberes i no es eso f Dejar hacer para que todo se lo lleve la trampa. . .¡ bonito papel ! — Lo que yo no quiero es que contradigas á ma-» má. Eu ciertas cosas mejor es dejarla. Se eno- ja. ..se — Ya sé que la verdad la enfada^ pero i crees lici- to que falte yo á mis deberes de hombre leal, que mienta por que el engaño agrada á tu madre t Eso no lo conseguiréis nunca, no : la verdad lisa y llana para tener tranquila mi conciencia. Harto hago con callar otros particulares, por ejemplo, la barbaridad de poder que habéis otorgado á Garduña, poder con el cual puede mandarnos á galeras ; la desigualdad en la designación de las rentas, resultando que mien- tras Honorino y tu madre las perciben íntegras y cuando les place, á ti te las retasan á pretexto de arreglar cuentas á fin de año. Luego ahí nadie tie- ne derecho á intervenir ; el señor licenciado para arriba, el señor licenciado para abajo, hecho un bajá de tres colas, dueño absoluto de un capital ageng 1Ó6 GABDUÍÍA que, no lo eludes, explotará bonitamente abasando de la ceguedad de tu madre. — Bien, pero debes callar para evitar disgustos. — ¡ Buen sistema ! jT qué me dices del asunto de Ocampo f Esa cuestión me inquieta, temo que ahí. ... — Se nos calumnia. — Quiero convenirlo : se os calumnia. Mas es indudable que don Tirso, cuando la misma noche de su muerte habló con Ocampo, le dio disposiciones. . . — Eso es mentira, puesto que ^a misma noche testó á favor nuestro. — i Desheredando á su hija? Fíjate': Casilda es su hija, i No te parece que si Tirso dispuso de sus bienes olvidándola, fué porque no estaba en la inte- gridad de su juicio f — Todo se nizo en regla. — No es decente, créelo, dar de lado con esa niña. Debiéramos atraerla, ampararla, hacerla legataria, crearle en fin, medios de vida. De otro modo co- metemos una — Una nada. Ya me has repetido lo mismo otras veces. Eres terrible, Sulpicio. Cosa que ma- má diga te ha de parecer mala, i Ha demandado á ese hombre f pues ya te pones del lado del otro. — Es que tengo sospechas de cosas equívocas que desdoran, es que me intf^resa el decoro de la famiha, que me inquieta verla mezclada en tales enredos. 4 Ocampo tiene un testamento t pues á llamarle, á estudiar el asunto, á transar. Porque ¡ caramba ! la otra es hija de Tirso y no es justo dejarla en la miseria. -^El único testamento legal es el hecho ante el notario. — No sé que te diga Cuando yo salí aque- lla noche de Paraiso^ tu tio estaba medio muerto. ií. ;$ENO GANDÍA lO? Ese testamento me ha parecido siempre sospecho- so.... Vamos, lo diré claro: aquello fué ua acto impuesto á. -¡ Sulpicio — i Vas á enojarte ! — Ofendes á mamá. — ¡ Dale con mamá ! i Es tan vidriosa que se rompa al primer golpe? — ¡ Ah ! . . .odias todo lo mió. — La muletilla de siempre. Lo mismo dices cuan- do censuro la depravada, la vergonzosa conducta de Honorino. ¡ Es tu hermano?, .pues ya es santo. ¡Nó ! Por lo mismo que se ama debemos la verdad á los seres de nuestro cariño. ( f a estás llorando f Eso es insoportable. Viene tu madre ahora y dirá que te maltrato, que te. . . . —Eres cruel. Sabiendo que sufro tanto con tus salidas no me las ahorras. — Muy bien. Aquí para ser perfecto, no hay mías que adular y callar. Sostienes una lucha terrible contigo misma Algún día entenderás mis verdades. ¡ Que ruede la bola ! ¡ Que os vaya bien con vuestro Garduña ! Tales escenas eran frecuentes. Al separarse, ella quedábase llorando y él escapaba de mal talante. En tanto, llegó para Mina de Oro la época activa, la estación del año en que segados los cañaverales, rebosaban los almacenes del dorado producto. Desde el paciente arado que abre los surcos, hasta el ruidoso convoy de carros que conduce los tone- les á los depósitos de embarco, agitábase, movíase, palpitaba todo, como si el genio del trabajo en hora fecunda hubiera asentado allí su lar providente. Apenas el suave pincel del día daba en el horizon- te las primeras pinceladas, un tropel de trabajadores repartíase , las faenas. Unos, al campo todavía hú- ÍÓ8 GARDUÑA medo de rocío ; ottos, á la factoría dispuesta á co- menzar la tarea á los impulsos del comprimido vapor; éstos al arado; aquéllos á la azada; los otros al reparto de la bienhechora semilla, á es- grimir la hoz que siega la gramínea y la desnuda de las hojas y la corta en pedazos. Otros mápS, á condu- cir los haces que han de ser devorados por el sedien- to molino, á levantar con las cortezas el incendio de los hornos, á filtrar los caldos, á limpiar sus inpure- zas, á vigilar atentos la rubia gradulación que el fuego activa y á derramar, por fin, en las enfriade- ras aquel torrente dulcísimo que hace bendecir á Dios en las pasmosas manifestaciones de su grande- za. Cien voces de estímulo, cien eritos de aliento, cien exclamaciones de mando, llenaban el aire de clamores haciendo coro al crugir de las cañas retor- ciéndose mordidas por los cilindros del molino, al hervir vaporoso de los líquidos en las pailas en don- de de un océano de espumas desprendíase, entre borbotoncH de miel, la humareda del agua vaporiza- da formando arriba un toldo de nubes blancas, y al pujante trepidar de la máquina lanzada al vértigo del movimiento, ora acompasada, rítmica, sonante, ora, cuando los molinos giraban vacíos, escapada á veloz é insensato volteo. En la usina, la atmósfera era caliente, los mu- ros temblaban, las cosas parecían vivir. El regula- d9r de la maquina giraba subiendo y bajando los móviles brazos influido por la variable presión del vapor y al girar, arrastrando el contrapeso de las esferas, parecía un histrión, un enjuto Bigoleto en- tregado á ridicula danza. La volanta lanzábase galopante como si huyendo de un enemigo^ quisiera alcanzar los seguros del porvenir, é impulsándola los pistones, desarrollaban su pujanza penetrando en M. ZENO GANDÍl 109 los cilindros para cobrar energía y saliendo de ellos con ímpetu incomparable para empujar la férrea mole de la máquina. Parecía respirar aquel orga- nismo de palancas, vigorizando sus energías los ca- lientes soplos de la caldera que, oprimidos en el distributor, sacudíanse irritados, vencían la presión tiránica, poderosos ante el obstáculo, dueños del mun- do. Con frecuencia é invariablemente los sábados, Garduña visitaba el Ingenio. A veces, recorría los campos encontrando la semilla agria ó la paja hú- meda ó el cuadro estrecho ó la plantación enmaleza- da. Otras veces, eran los cañaverales nacientes los que atraían su inspección, porque la tierra aterro- nada cubría mal las semillas ó porque las hierbas, el malohillo, crecían más rápidos que el plantío ó porque el deshoje prematuro adelgazaba los tallos. Y daba órdenes apremiantes y departía con el pri- mer mayordomo ó increpaba la torpeza de los capa- taces que dirigiendo mal los carros, arrasaban los cañaverales recién cortados, malogrando los renue- vos y aniquilando la venidera cosecha. Era un gestor cuidadoso, un apoderado á la altu- ra de sus importantes funciones. Los sábados sus- pendíanse las faenas mucho antes del crepúsculo, aprovechándose aquellas horas para el pago de los obreros. Los campesinos libres y los trabajadores esclavos, confundíanse apiñados ante una gran mesa cubierta de dinero, y aquellas sumas, reparti- das en monedas de valor distinto, desde el peso duro hasta el menudo vellón que completaba las diferen- cias, pasaban pronto á todas las manos colmando ambiciones y satisfaciendo avaricias. Discutíanse dificultades, aclarábanse errores, y el mayordomo encargado del despacho defendía como buenos los intereses de la casa. Unos alegaban h^- lio GAEDUÑA ber prestado mayor suma de labor que la que les habian liquidado, otros pretendían que la mensura hecha en los terrenos para regular el trabajo era errónea, otros deteníanse ante una moneda ag^uje- rada ó ante el descuento que se les hacía de avan- ces recibidos ó ante la injusticia en la tasación de la tarea. Era aquello una lonja en donde cada cual tiraba con rudeza de su lado á expensas del vecino. La atmósfera cargábase allí con emanaciones humanas y como los labradores acababan de dejar los traba- jos, nubes de olor insufrible sofocaban el aliento maleando la atmósfera. En el escritorio, Garduña y el mayordomo entre- gábanse á los comentarios y cálculos de la semana. Había que contenerse un poco Los últimos seis dias de labor costaban mil pesos. No, imposible continuar con tanta prodigalidad. ¡ Mil pesos ! Y que se preguntara en qué : en cuatro ajustes y unos cuantos jornaleros remolones que ó avanzaban poco en el trabajo ó se dormían en las guardias ó encala- ban mal la miel ó lo que era peor, se robaban en caldo y en grano el doble del salario. Dábase Q-arduña tono de autoridad competente, mientras la brigada de jíbaros y la negrada le oían con la boca abierta, considerándole como á un ser superior, de proporciones gigantescas, como á un mito, como á un Dios. Y desde aquel lugar, desde el escritorio, podían verse allá al frente, en la habita- ción que fué de Tirso, entonces solitaria y casi des- nuda de muebles, los pocos que aiin había, empolva- dos, inmóviles, como imperturbables testigos que resisten la ausencia y laj muerte, que perduran con eterno mutismo á través de los tiempos. Algunas tardes acompañábase Q-arduña de sus ín- timos. Seguíanle desde Paraíso para espaciar el M. ZENO gandía 111 ánimo en la alegre campiña. Y era de ver, enton- ces, como el poder habiente se mostraba obsequioso ofreciendo bagatelas y buenos vinos. Surtíase allí la despensa con cargo á la cuenta de gastos generales y de las golosinas participaban con frecuencia Pedro Madeja, Crisanto Regla, Gil Pan, Miguel Fontan y hasta el puritano Óptimo. Dativo faltaba pocas ve- ces, visitaba mucho la quinta, recorría los contornos comentándolo todo, pavoneándose como amigo ínti- mo que puede tomarse libertades. La tarde del último sábado Q-arduña y él diéronse á grato coloquio. Después de celebrar la buena mar- cha de las cosas lamentando la baja, la persistente baja de los precios, entraron en consideraciones de índole privada. Dijo Dativo que lo preocupaba el comportamiento de Honorino. Era ya un escándalo su trasnochar y el abuso, á que se entregaba, de las bebidas. Luego, era imperdonable su descaro en asuntos femeninos en los cuales no tenía dique, ni respetaba los dere- chos de los demás. Faltábale pudor y tenía á gala Easar por gracioso. Sin ir más lejos, pocas noches acia gue se había permitido con él, con Dativo, con su antiguo maestro, ciertas conñanzas que nunca se le habían dado. Habíase ido á rondar una noche por las cercanías de la casa de Prisca y cuando su- puso que el maestro estaba en ella, rompió en una serenata de acordeón que los despertó á todos. T lo peor fué que otros gandules como Honorino iban con él, y estallaron en carcajadas y bromas insufribles. Vamos, un abuso, un completo abuso. Nada : el chico era un primor, un paseante en cortes, un dila- pidador de salud y dinero. De esto último podría ^luzgarse recordando la reciente cuenta de cenas y bebidas que á regañadientes tuvo que pagar Leonar- da. 112 GABDÜÑA Ocupáronse después de la cuestión palpitante. — Hombre y i cuando se falla ese asunto ? — De mí depende — contestó Grarduña — Claudiano me envió los autos y espera- mis instrucciones para asesorar al juez. — Eso tarda entonces hasta que usted quiera. — Acaso convenga. La demanda interpuesta ha- ce tres meses ha prosperado con bastante actividad. ¡ Tiene uno tantas cosas en la cabeza ! Desde hace un mes tengo sobre mi mesa el expediente. No he dado una plumada. : — Resulta de lo actuado responsabilidad para. . .? — Completa. No procede en justicia otra cosa que una condena por calumnias é injurias atroces. De- claran en contra multitud de testigos y el ciego ni se ha defendido siquiera alegando que aunque p uede probar sus afirmaciones aplaza la prueba para luego. Se ha negado á presentar el documento que dice jus- tifica sus graves aseveraciones. Resultado : hay que condenarle. O el tal testamento no existe, ó solo se propuso Ocampo medrar á costa de la sucesión Mina. — Siempre creí lo mismo. Se dijo, acaso, que pes- cador que pesca un pez, pescador es, y puso manos en el negocio. No es mala guitarra el tal viejo. — Escaso de inteligencia pero con una fuerza de voluntad que — 4 Y la chica f — La chica vagabundea por ahí. — Parece que Honorino, ¡ pero ese Honorino es atroz ! parece que anda á caza de la tórtola. — Sí. El chico es insaciable y como ella — ¡ Ah I . . . eso sí. Ella es guapetona Y mire usted : apesar de su miseria desarrolla que es un pri- mor. ¡ Qué formas ! — ¡ Ola !. . .no se ha descuidado usted en obser- varla. M. ZENO GANDÍA llS — ¡ Pues si por todas partes se tropieza con ella ! Solo que aquí, en Paraíso, un hombre formal, de buenas intenciones, no puede abordar ciertas euipre- sas. Los barbilampiños espigan el panllevar. Lo que es el susodicho Honorino. — No es maleja la chiquilla, no. Y Dativo quedóse pensativo representándose en la imaginación los encantos de Casilda, tan púber, tan bella, tan abandonada en las peligrosas jornadas de un mundo indiferente. Cuanto á Honorino, era ya cosa resuelta que de- bía hacer esfuerzos por apoderarse del pliego que ocul- taba Ocampo. El procedimiento judicial s¿íguido contra és- te debía fallarse pronto, sin que hasta entonces hubiera llegado á Paraiso juez letrado, ni el ciego dado paso alguno para el esclarecimiento de los he- chos. Un miedo cerval, una duda eterna, mantenía á Ocampo irresoluto. Acudir al juez lego era entregar- se á sus enemigos ; pretender la garantía de un acta notarial, muy peligroso por resultar el notario en- vuelto en sus acusaciones; hacer una remisión postal del documento á la Audiencia hubiera sido más fácil á otro que al receloso Ocampo, y finalmen- te, ir allá en persona, único camino que quedaba, era cuestión de tiempo y el recurso que más le satis- facía aunque el más lento. Ocampo no veía claro en los detalles. . . Teníala razonen el bolsillo y su ignorancia, su desconocimiento en cuestiones de tal género, no le permitían apreciar los riesgos que corría ni medir la prisa necesaria para defen- derse en aquella intriga. Fiaba en que los derechos de Casilda no habrían de prescribir. Resolvíase por el viaje, y á ese objeto, con re- signación de mártir comenzó á reunir, céntimo á 8 114 GARDUÑA céntimo, los recursos que para la ejecución de un proyecto juzgó necesarios. Hoüorino trabajaba tarabién. Bajo el estímulo de Q-arduña iba ganando terreno en las citas románti- cas del huerto. Casilda, en sus adentros, estaba convencida de que su cansa necesitaba otro campeón, i Cómo desenvolver con éxito el asunto, el buen viejecito, tan achacoso, tan pobre, tan indeciso y sobre todo tan desconfiado! Tal vez Honorino hiciéralo mejor. Con sus condiciones y amándola, tal vez triunfara, inclinando los ánimos á pactar una transacción útil á todos. Sí, una suma de dinero que la dieran, arre- glarla la discordia quedando los Minas ricos y en paz, y ella convertida en perpona importante adqui- riendo un señorío que la embriagaba inchando su vanidad de muchacha pobre. En sus pensamientos influía ya la impaciencia. Urgía terminar. Honorino la abrumaba con empeños de impaciente amor, multitud de peligros rodeaban al abuelo, ella misma sentíase disgustada con tantas situaciones ambiguas y dudosas. Terminar cuanto antes, era llegar al éxito, al sosiego, á la tranquili- dad. Llegó un momento en que creyó deber suyo im- perioso evitar al abuelo las desagradables consecuen- cias del proceso. Todo aquello la entristecía, apesa- dumbrándola por momentos, haciéndola sufrir. Las circunstancias actuaban en ella como gotas de agua caedizas sobre amoldable arcilla : obra lenta, perse- verante, que vence resistencias y avasalla obstáculos. Con objeto de aumentar la venta del tabaco torci- do, Ocampo cambió el esquinazo de la plaza por el sombrío de un árbol en la carretera, situado como á medio kilómetro de Paraiso. En aquel lugar traba- M. ZENO GANDÍA. . 115 jaba una brigada de obreros aplicada á las obras del camiDo. !^odas las mañanas dirijíase el ciego á aquel sitio y á la sombra del árbol, detallaba su mercancía á los capataces y trabajadores, asi como á las desdichadas mujeres picapedreras que preocupaban al perfecto Escofina. El cambio de mercado favoreció las tentativas de Honorino. En la carretera no había tablas inter- puestas, ni necesidad de evitar indiscretos ruidos que turbaran el sueño del abuelo, ni como en la pla- za gentes curiosas que vi^filáran los pasos del joven. Sin embargo, despistair á los transeúntes y á los obreros tampoco era fácil en el camino, aunque allí procuraría ingeniarse el joven para que á nadie sor- prendiera ver á un chico de casa rica corriendo á la zaga de una muchacha del pueblo. Meditado el proyecto y audaz Honorino, halló al fin la manera de departir con Casilda á campo raso, bajo el cielo abierto é imparcial, en la libertad de la risueña vega. Una noche, después de muchas súplicas, consin- tió Casilda en verle de aquel modo. El plan era sen- cillo : eligirían una hora propicia, las once de la ma- ñana, ora en que los obreros guarecíanse para almoi- zar en una ranchera cercana; Casilda, con cualquier pretexto, dejaría por unos instantes la mano del ciego é internaríase entre los cañaverales ; y él, Honorino, desmontando de su jaca, la esperaría allí. Casilda hizo jurar al joven que sería formal. Pro- testó él contrito su buena intención i, lo único que deseaba era verla, contemplarla con libertad en ple- na luz, envuelta en la brisa pura del campo, sin la barrera odiosa de las tablas. Ella, resuelta al fin, aseguró que iría pero solo por breves momentos, porque el abuelo apenas podía dar 116 GARDÜÍTA un paso sin ella y el camino estaba lleno de tropie- zos y montones de piedras y canjilones. y además, porque no estaba muy en orden arriesgarse de aquel modo con su novio por la soledad de los cañave- rales. Perjeñado el proyecto, fijóse el dia teniendo en cuenta las precauciones necesarias para el caso. Llegado ese dia, á las once de la mañana, Ocampo y Casilda hallábanse á la sombra del árbol. — A esa gente — decía el ciego — les retrasan hoy el almuerzo.' — ¡ Caramba, !as once ! Y todavía pica, que pi- cal — dijo ella dirigiendo al camino miradas in- quietas. — ¡ Y desde el amanecer ! Cuando se reúnan en la ranchera iremos allá. Es preciso n^eterles el ta- baco por las narices. i Td comiste el pan y el queso ! — No, no tengo ganas. — Un pajarito engulle más que tii, hija mía. ¡ Ah! ¡ Y pensar que debías estar comiendo faisanes ! i Quién va por ahí ? i eh ? Me parece que alguno pasa Hacía rato que la joven había visto quien venía. Era Honorino que al paso corto de su potro cruzó por delante de'^Uos, hizo una señal de inteligencia á Casilda, llegó al lugar de la cita y penetró en una vereda disimulada entre los cañaverales. — Es un hombre que sigue de largo. Entonces sonó la campana que llamaba á los tra- bajadores al rancho. — ¡Ea!. .. el almuerzo — dijo Ocampo — Vamos allá, y si ahora no compran, será menester regalarles el tabaco. Anda, hija, dame la mano. . . . Habíanse puesto de pié. Casilda estaba temblo- rosa, pálida, llena de emoción. ¡ Él estaba allí ! Un M. 2EN0 GANDÍA 117 momento más y estarían el uno frente al otro en aquel estrecho paso de hojas amarillas. Dlri^éronse á> la ranchera. El camino estaba so- litario, ios instrumentos de labor repartidos por el suelo y veíanse por todos lados montones de piedra triturada y zanjas é irregularidades de la carretera en construcción. Un toinuto después llegaron frente á la vereda. Casilda miró hacia ella y pudo descubrir al potro es- condido entre las cepas y atado á un tallo. Detrás estaba Honorino sonriéndola y llamándola con la mano. — Ten cuidado, C^isilda — dijo Ocampo — ¡ Si vie- ras el miedo que tengo por este camino desigual ! Temo caer á cada paso. — Abuelo — repuso ella entonces — suéltem e un momento. — ¡ Cómo ! — No hay cuidado. Siga usted por aquí- . . . de- recho — í Pero dónde vas ? — i Sabe u^ted lo que quiero ? Aprovechar la oca*- sión : ahora que nadie me vé, voy á cortar una caña. Es sed lo que tengo, no hambre. Dijo, y soltó la mano del ciego que, orientándose con el palo, siguió caminando lentamente. Y ha- ciendo un esfuerzo, penetró la joven en la vereda donde ya impaciente la esperaba Honorino. —¡Al fin! — Ya ves cuánto hago por tí. Luego dirás, — Sentémonos aquí. — ¡ Sentarnos ! No. El abuelo va por ahí sólito ; tengo que irme enseguida. Dime de prisa las cuatro palabras que querías decirme á la luz del día. — Mira, de pié como estamos, las hojas pueden he- rirte la cara. Son cortantes, y movidas por el viento 118 GARDUÑA parecen cucIiilloB invisibles. Ven, sentémonos al borde de esta zanja. Así ¡ noe parece imposible tanta dicha ! — ¡.Que caprichoso eres ! — ¡ Ahí es nada, lo cómodo de este sofá ! Estamos en el santo suelo, es cierto, pero la hierba lo hace blando. — ¡ Si nos vieran ! No ¡ cuidado ! me has prometido ser formal. —Pero Casilda. Mira, ya es tiempo de que bu cariño confíe un poco. ¿Qué temes! ¿Acaso no pueden dos quererse sin que nadie tenga dere- cho á f — Eso es fácil para dicho. Con todas estas cosas, una joven pierde. — i Qué importa lo que digan los envidiosos, cuan- do se tiene la dicha de quererse como tú 7 yo 7 El ciego seguía, en tanto su camino. Creyendo te- ner á la joven cerca, hablaba en voz alta diciendo : —Cuidado — . eso no me gusta. Pudieran verte arrancando cañas y perseguirte por ratera. Aquí los grandes bandidos andan sueltos : róbatp una hacien- da y no te pasará nada, pero ¡ pobre de tí si te pes- can robajido una caña ! Irías á la cárcel .... Mas ella, Casilda, bajo las hojas sonantes del ca- ñaveral, nada oia. El sol estaba en el meridiano, la atmósfera calu- rosa y cargada de vapores, y una lujuria de clarida- des invadíalo todo, comunicando la canícula á los organismos esa muelle laxitud, esa invencible pere- za, que convida á sestear olvidándolo todo. Lo» jóvenes cambiaron protestas. El amor, bajan- do de los ojos á los labios les tornó sedientos y aque- llos labios uniéronse mil veces en apretados besos. Honorino agotaba razones para animar á Casilda á fiar en su afecto. Lo que deseaba era justo^ pues- M. ZENO gandía 119 to que la amaba y era por ella amado. Quererse, que- rerse mucho, |)ero sin testigos, sin condiciones, sin infundados temores. Ella aceptaba en parte las ra- zones, mas discutía recelosa* A ella no podía gus- tarle andar así por los campos, metida en las zan- jas como una cualquiera, sobre todo cuando el por- venir le depararía pronto la alcurnia de una hija de buena familia. Pasaron algunos minutos, y cuando ella acordán- dose de que el viejo iba solo, expuesto á caer, quiso desprenderse de los brazos del joven, éste la detu- vo, la atrajo insistente, la oprimió con pasión, be- sando sus guedejas rizadas., sus labios colorados y su¡lfrente^de¡virgen al borde del precipicio. De pronto, alarmado el ciego por la tardanza de su nieta, llamó con fuerza. — ¡ Casilda Casilda !. . . . ¡ Habráse visto la chiquilla ! Y ella, en la cripta de cañas dulces, alarmábase también al oir sus voces, quería resueltamente acu- dir á su lado, luchaba por desprenderse de los brazos de Honorino que ciñéndola por completo parecían un cinto de acero. — i Oyes? Déjame ir.... i Qué dirá?.... Suéltame -—Sí, ahora, ahora mismo. . . .un instante más escucha Ella no era libre, estaba prisionera. Defendíase agitada por fuerzas contrarias, fatigada por aquella lucha, oyendo la voz del deber que la llamaba al ca- mino y la voz de la pasión que la retenía en la zan- ja, temiendo y deseando una felicidad entrevista, creyéndose fuerte y viéndose débil, dominada por la insistencia del joven. Todo Inútil : al fin ocultó la frente en el hombro de Honorino, suspiró y dijo : — ¡Ah! ¡qué malo eres conmigo ! 120 GARDUÑA Oyéronse entonces en la carretera rumores inusi- tados y Casilda, saliendo de un salto de la zanja, co- rrió en busca del ciego. Llevaba el semblante encen- dido, el cabello lleno do la pajuncia del cañaveral, oprimida el alma por amarguras de vergüenza. Ocampo había caido. Comprendió ella que los gri- tos que había oido salían del asmático pecho de su abuelo ; comprendió que algo grave había pasado, que ella era la culpable, por loca, por ligera, por haber abandonado al anciano en tantos peligros. Cuando llegó á la carretera nada 'vio. Dirigióse á la ranchera y en el tránsito, en un zanjón pedregoso, inmóvil, cubierto de sangre y sin sentido, vio al ciego rodeado de algunos trabajadores que, viéndole caer, acudieron. El buen viejo habíase magullado el cuerpo, hiriéndose el semblante. Casilda, espantada, se arrojó al zanjón. — ¡ Abuelo ! — dijo —Aquí estoy ... ¡ Abuelo ! . . . ¡ Dios mío I No me responde Y lloraba amargamente, mientras hundida en la zanja, con la cabeza á la altura del camino, pudo ver á Honorino que se alejaba. Los trabajadores prestaron socorro á Ocampo, le humedecieron conagua el semblante, le restañaron las heridas, que aunque al parecer leves, eran numerosas. Algunos increparon á Casilda. — i Qué hacías tú, bribona 1 -Yo.... — ¡ Mal corazón ! ¡ Dejar el viejecito solo, expues- to á caer ! . — Es que. — Es que estabas robando cañas, te lo conozco. . . Casilda, llena de confusión, no acertaba á discul- parse. Resolvióse á mentir, enjugóse la cara llena de lágrimas y dijo : -— No^ yo no le he dejado, no lo pude evitar, M. Zeno gandía Í2l A poco, el ciego volvió en sí. No tuvo para Ca- silda ni un reproche. Quejándose lastimosamente de atroces dolores, dijo que sentía hueca la cabeza, que el golpe en ella recibido era el más doloroso. Al fin las buenas gentes cumplieron el humanita- rio deber. Se improvisó una camilla, acostaron en ella al ciego, condujéronle á Paraiso. Fué un cortejo triste Detrás del grupo iba Ca- silda triste, sollozante, con la cabeza baja, sintién- dose infeliz, inmensameiite desgraciada, desprecián- dose á sí misma, como si el dia hubiera apagado para ella sus claridades dejándola abismada en la noche del desconsuelo. Cuanto á Honorino, llegó á su casa, oyó con in- diferencia las reconvenciones de Leonarda por haber faltado á la hora del almuerzo, formuló algunas disculpas y sentándose á la mesa, donde entre dos platos habíanle guardado algunos manjares, empezó á almorzar con hastío y sin apetito. tm u>»-»-mi'm-mimm»'.w.m:9^im'-u'mm''9.mt^»:mt'.9'mf «:■■-:■'«■:» «« «' « Era el domingo dia bullicioso en Paraiso. Da- rante la mañana, establecíase el mercado en la plaza en donde una legión de campesinos permanecía mu- chas horas entregada al negocio. El flaco acopio de cada mercader ofrecíase allí tendido al soU como fruto casi espontáneo de una tierra providente que germinaba sin cultivo. El cuadro era pintoresco. . .En la calle, una hile- ra de caballerías escuálidas, aun jadeantes de la úl- tima jornada; en el enladrillado de la plaza que ce- ñida por una verja mohosa, puestos de frutas, de cor- deles groseramente retorcidos, de canastos y al bardas, de volatería y huevos, de verduras y hortalizas, de sombreros de tosca paja, de esterillas utilizables como lechos, de platos, tazas y cucharas hechas de la corteza de cierta fruta, y en una esquina, una mesa mugrienta debajo de un toldo chato, eu la cual se expendían bebidas. Hablábase á gritos, discutíase á voces, negociába- se entre risotadas é interjecciones. Era la gente vulgar de los campos cambiando mercaderías para entretener el hambre, engañándose mutuamente pa- ra llevarse al monte, á la difícil abra, unos cuantos céntimos, un puñado de ochavos para seguir en los dias sucesivos dando vueltas al torno de un estéril M. 2EÑ0 ÓANDÍA 123 trabajo apenas suñciente para cubrir sus necesidades de gente sobria. Sobrevenía á veces un tumulto. Un accidente cualquiera, por una riña, por una moneda falsa, por una albarda caida, por un requiebro picante á alguna campesina guapa, le producía. Otras veces llegábase al escándalo. Algún paciente caballejo, repuesto de la fatiga y olvidando conveniencias, alzaba el hoci- co, husmeaba el ambiente, y creyéndose en la fron- da de su abrevadero, relinchaba apasionado, y en- tonces el gritar y entonces el reir, y los aspavientos y los tornos y las bromas de mal género y una lluvia de varazos que cayendo sobre el jamelgo le espantaban desbandáudole, siendo curioso ver aque- lla carrera en que atropellaba grupos de campesinos- rompía objetos frágiles, derramaba envases colma, dos, mientras el asustado rocín corría desalado dan- do coces al aire y mordiscos á todos lados, arrastran- do por el polvo el ronzal hasta que conseguía dete- nerle alguna mano firme ó algún obstáculo invencible. La plaza entre sus líneas regulares y correctas, abarcaba la escena. Un &ol de zona cálida parecía quemar el pavimento y reflejándose en él, envolvía á las gentes con hálitos de hoguera. Hombres y mu- jeres, descalzos, lucían la desteñida coleta del vesti- do quemándose también en aquel baño de ardoi^osa luz. En las tiendas detallábanse mercancías. Por fuera de ellas, sobre lar acera, pendían camisas, patf- talones y pañuelos colgando de trapecios colocados allí para anunciar los géneros, para atraer compra- dores, como si temieran no ser vendidos en la tien- da, como si cansados del estancamiento, quisieran mostrar sus galas allá afuera, azotados por el aire. Por las calles que confluían en la plaza agitábase el gentío Como era dia de compras hacíanse cálculos y con^- 124 GAKDÜNA binacioaes procurando hacerse fuerte en el pujilato del regateo. Era aquella una £eria de pueblo inculto, de pueblo desdichado que desfallece de miseria apo- yando la imprevisora cabeza sobre sus ignorados ve- neros. El domingo que siguió á los sucesos de la carrete- ra fué dia de corrillos y comentarios y murmuracio- nes. En todos los círculos y entre gentes de todas cla- ses, hacíase gala de la holganza de cuerpo y de espí- ritu que lleva las imaginaciones de uno en otro ob- jeto sin fijeza y sin fruto. La farmacia de Escofina rebosaba concurrencia. Comentábase el probable fallo en la causa criminal seguida á Ocampo. — Afirmo que la Audiencia impondrá mayor pe- na i sabe! — Sí, la impostura es monstruosa. —Y lo que se dice que sentenciará el juez por dictamen de Claudiano, leve castigo para tanto deli- to. — Eso prueba la generosidad de Q-arduña. . .Pro- cura aminorar las consecuencias de la falta, antes que acrecentarlas. ¡ En buen berengenal se ha meti- do ese viejo. Y todavía dirán ! iué corazón tiene Garduña ! qué inteligencia ! — No es cualquier cosa i sabe! — Lástima que los malos precios no le permitan desenvolverse en Mina de Oro, que sino — Eso no es culpa suya. Hace lo que puede. — Naturalmente Si los precios son malos y los terrenos han producido poco por la seca^ no es á él á quien hay que culpar si el Ingenio está empe- ñado. k. ZENO GANDÍA 125 — Más responsabilidad cabe á los herederos. — Y i se arregla por fin el negocio con P. Madeja y Compañía? — De ello se opupan. — En fin, no son mancos y saldrán de la dificul- tad. Gil Pan escuchaba silencioso. Desde hacía tiem- po dábale vueltas á un proyecto que podía serle pro- ductivo. Si Ocampo tenía un documento que podía desbaratar lo actuado para poner á Ls Mina en po- sesión de la herencia ; si Ocampo no sabía defenderse y de cabeza en la impotencia, antes iría á la cárcel que desprenderse de aquel documento ; si Grarduña persearuía por todos los medios la ocasión de apode- rarse de aquellos papeles ; si estaba en interés de la familia Mina, resolver y dar fin á tan enojoso asun- to. quien lograra poseer los papeles del ciego ó ^ por lo menos utilizarles siquiera fuera indirectamen- te, haría un magnífico negocio. Con ellos, podríase defender con éxito á Ocampo, con ellos haríase la ley á los Mina, con ellos coloca- ríase al nivel de la astucia de Grarduña, con ellos, en fin, podría dar candela. Medito mucho : el pro- yecto era difícil. Tomó medidas, analisó detalles, estudió el terreno, i Porqué no abordar á Ocampo. Se le ofrecería como generoso defensor, como paladín de su causa ? i Y si se negaba á poner en él su con- fianza ? ¡ Bah ! Sería aquello cuestión de labia. Ha- blaríale de cierto modo, tocaría ciertos recortes Y tal era su preocupación en aquel domingo ocioso, mientras la hipocrecía y la farsa hacía prodigios en la tertulia. Bajo el toldo chato, expendíanse bebidas que ale- graban á los consumidores. Un chicuelo dijo al due- ño del aguadacho: —Mire, don^ tengo que darle un mandao. 126 GARDUÑA — í Qué quieres ? — Dice Q-oya, ique si le pagaron ique el cuarto ? — Dile que no. — ¡ Ahora sí ! — I Qué pasa ? , — Que el hombre se fué Bien le dijo Goya que ese hombre le haría una, — i Pero cu.mdo se ha ido f — Anoche. Alborotó á un bando Dicen iqfie se las llevo pa la 5uíáá. . . . i Ustá conoce á Ti- na la que 5« ^wer/a con don Óptimo? 'Pues esa se fué también. — A mí ¡ que rayo ! Lo que me fastidia es que se fuera ese pillo sin pagarme el cuarto. —Pues — i Conque emplumó anoche ? — Y dejando revuelto el Melonar. El muchacho explicó detalladamente los aconte- cimientos. Cierto reclutador de livisnas había pasa- do por Paraiso espumando en la hez. Fuese lue^o arrastrándolas^ empujándolas, á la última etapa de la impureza. En tanto, en una casa en cuyo balcón se ostenta- ba este letrero ; Círculo de Recreo, estaban Madeja, Cr i santo y varios amibos. Sentados en el balcón, echaban las sillas para atrás colocando los. pies sobre la baranda. — Pues sí^ — decía Madeja — con las debidas garaa- tíaa y al nno y cuarto por ciento. — No es mal negocio. — Puede serlo. — Si ae amarra bien . . . — A la Casa no le conviene. Si no hubiera sido por la intervención de Q-arduña, crea usted que no me hago cargo de esa refacción. Fué tanto su empe- ño que k ^— iSíS&SMá M. ZENO GANDÍA 127 — i Y los frutos, ? — Los compraremos nosotros. Es un favor que queremos hacer á esa familia. Por lo demás, no carece de peligro^ el asunto. — Barrunto que ese^ro indiviso no acaba bien. — Lo temo. E^ demasiado tirante la cuerda y hay machos prérmenes de discordia. A Sulpicio se le provoca. Es hombre de genio y verá usted como cualquier dia salta. Es verdad que tiene algunas ridiculeces de carácter poco útiles ante los negocios, pero ni su desinterés, ni su exceso de delicadeza, pueden bastar en un momento dado á contenerle. T si se dispara. . . . T-Es indudable que se le humilla. Leonarda le detesta con toda el alma. Es injusta. — Muy injusta i Pero qué puede esperarse de una mujer tan torpe I — Es verdad. — El papel que imponen á Sulpicio, es muy des- airado. Cualquiera saltaría. Verá usted como á la postre salta. — Si llega ese ,caso. . . . — Si ese caso llega, sería peligroso tener fondos en poder de esa gente. — Sin embargo, con buenas garantías . — Gracias á ellas es que me resolví. De todos modos, hay famosas tierras que — Y las colindancias, sobre todo las colindancias. — Claro, esa es una ventaja. Si un fracaso vi- niera, siempre los terrenos valen dinero. Luego, estando inmediato Mina de Oro á los fundos de mi casa. — Sí, comprendo. — Siempre cabe sumarlos, cobrar en ellos ensan- chando nuestras fincas. 128 GARDUÑA — ¡ Vaya ! Hay que felicitar á ustedes enton- ces. — Veremos Frente á una tienda de ultramarinos, habíase formado un corro de mujeres. Era una grasienta pulpería, relleno el vientre de surtido cosmopolita. Salazones del Canadá, carne brasileñ», cerveza ale- mana, vermouth de Turín, fósforos daneses, vinos españoles, galletas francesas un pandemónium acuñado en potes de lata, ostentando marbetes chi- llones ó ensuciando el pavimento con filtraciones de salmuera, mientras todo era envuelto y relamido por una nube de moscas oriundas de Paraiso. En la acera discutían las mujeres entre risotadas, afilando intenciones y taladrando famas. — i Y qué te dijo ? — Pues nada, se puso muy seria y con aire enco- petado me contestó : gracias^ yo no voy á bailes de empresa^ agradezco la invitación .... — ¡ Ave María, cuánto señorío ! — Lueg^o, de cabecidura, insiste y ella volvió á ne- garse diciendo : ademas, el abuelo está aun en cama y no puedo dejarlo, ... — Pero, para aquello pudo. i verdad ? — Pues — ¡ Qué lenguas ! Creen que eso que se cuenta sea verdad f — ¡ Digo ! como si lo viera. ¡ Que descaro ! Al mismo medio dia. — Calumnias. — Los peones del camino no son ciegos, camarada. Ellos contaron el cuento con pelos y señales, i Qué hacia ella cuando el viejo se estropeó ! i Qué hacía el otro metió en el callejón ! i Qué hacían los dos. .bay f — Pues á mí me dijo Aguasanta que es embuste. M. ZENO GANDÍA 129 — Naturalmente ella la tapa. Como es su única amiga — Algo se le pegará á ella. . —Lo más fácil Aguasanta no se peina de balde. ALí, el que estará aflojando la mosca es Ho- norino. — Deja estar, no será mucho. El to lo bota, está siempre lampando, — En materia de hombres, tos son lo mismo. Mira sino lo que acaba de hacer don Dativo, eXpintiparao de don t)ativo, — iElqué..eh? — Que de buenas á primeras envió una carreta á casa de Úrsula — i Como con la otra I — ^^Lo mismo. Mandó á buscar los muebles que le había regalado, — ¿ Se dejaron ? — Así parece, y al abandonaría le quitó los sillo- nes de bejuco, la cama, la tinaja Vamos, la dejó esnua, — i Que hombre puelco ? Eso, lo ha hecho ya con unas siete ú ocho Paese que compró cuatro ca- chivaches usaos ya, y con ellos conquista y después que se cansa, se los lleva,o¿ro viaje. \ Y quién le vé tan remuyao y tan pegajoso !. . . . Estalló un coro de risotadas y no dejaron hueso sano al pedagogo. Eran muchachas alegres, pobres mujeres lanzadas al remolino á quienes complacía desgarrar la piel del prójimo. Habían aludido á Casilda pellizcando en su fama. Como la joven gastaba humillos de orgullo, sentían- se las otras humilladas. Muchas veces la hacían ob- jeto de burlas, riendo de sus pretensiones de señorita. En casa de Ocampo habían variado las cosas. Aba- tido por la sangre perdida y por las contusiones que 9 130 GARDUÑA recibió en la carretera, jasaron muchos días sin que pudiera abandonar su miserable jergón. Casilda extremaba su cariño. Vivía con el alma en un hilo, pendiente siempre del más pueril capri- cho del buen viejo. Aquella asiduidad se la dictaba el remordimiento. ¡ Ah ! ella no habla sido buena. Por su causa, por aquella locura de pasión que la había cegado, el pobre viejo sufría las consecuencias de la caida. Ella de- bía compensar el daño causado con exceso de amor y de ternuras. En frecuentes horas de meditación ideas de ese linaje la preocupaban. Afeábase no haber sabido ser fuerte : era cierto que Honorino la quería, que de él no tenia quejas, pero ¡ qué diferencia !. .ya no era como antes. £l vencedor y dueño ; ella caida, una como otras muchas. Había tenido con Aguasanta horas expansivas, y esta, ayudándola á asistir á Ocampo, la animaba burlándose de sus pueriles arrepentimientos. Agua- santa era aguerrida, conocía el tránsito de aquellas desventuras. Consoló á Casilda, l Cómo desanimarse muchacha tan buena moza t Llorar era tonto, inú- til. Le pasaba lo que algún dia debía pasarle. Lo importante era amarrar á Honorino : con un poco de gracia y de ingenio, no era difícil. Y aun en el caso de que el pájaro volara, ya vendrían mejores tiem- pos. Casilda reponíase con el departir francote de su amiga. Sí, ponerse pálida era tonto« Honorino era asiduo también. Recordaba que había necesidad de meterse la muchacha en el bolsillo y supo amartelarse^afectando constancia. La tabla de la cerca fué condenada á desplazamiento, i Para qué barreras t^Honorino penetraba en el huerto y las citas nocturnas fueron'más cómodas, más recatadas, franqueando el alero del colgadizo, caminando en M. ZENO GANDÍA 131 puntillas, injuriando la s^icianidad de Ocampo que dormía profundamente sin que las ráfagas de amor le despertaran. Y cuando no les convenía trasnochar, veíanse en casa de Aguíisanta. Esta les ofrecía las holguras de su casita complaciente, de sus sillones amarillos, de su mesita de sala cubierta de copas y dulceras de cristal compradas en horas de abundancia al quinca- llero que fiara. Era un lugar limpio, aseado, con las cosas bien cuidadas para inspirar confianza y ofrecer encantos á los devaneos. Allí iba Casilda, allí la esperaba Honorino : rela- tiva felicidad que la joven no gozaba serena. Algo gritaba en ella con imperio, algo la enrojecía el ros- tro cuando llena de zozobras, viendo oscuro el porve- nir, se arriesgaba por aquel trillado de mujer frágil. Sufría porque había engañado á su abuelo, porque la creía inmaculada y ella mentíale una firtíieza que su liviandad había hecho trizas. ¡Pobre abuelo! i Qué diría si supiera t Temible era aquella in- quietud, aquella amargura de pecado. Si las cosas iban bien, si lograba triunfar en el asunto de la he- rencia, al colocarse en el pedestal de señorita, nece- sitaría mentir, aparentar lo que no era, esconder vie- jas historias. ¡ Ah, sí : una señorita ambigua, tal sería su papel. Pensando en ello derramaba lágrimas silenciosas, sintiéndose oprimida por una pena oculta, por un pesar indecible que le robaban la paz y el sueño. Ocampo no pensaba en -otra cosa que en su pliego, en su viaje, en sus proyectos. Pero nada hacía, na- da realizaba. Entonces estaba impedido. Los gol- pes que recibió en la carretera habíanle obligado á permanecer en cama. Como si no bastaran otras dificultades, todavía esa nueva. A veces, sus propios pensamientos, le alarmaban, i Qué seria de Casilda 132 GARDUÑA si él muriese T La idea de la muerte sin haber teni- do tiempo de cumplir su misión, le horrorizaba. Llenábase de lágrimas, oraba contrito. TJna luz, una sola luz pedía para la noche de sus dudas. De- bía salvar á Casilda, pero acuella eterna espera no era práctica ni útil. Perdía, perdía un tiempo precioso, i Qué hacer, qué pjrtido tomar f En Pa- raiso todo seguía lo mismo : juez letrado no venia, persona de confianza no la encontraba. Habia per- sonas piadosas que lo ignoraban todo y que él desco- nocía, y dábase cuenta, al mismo tiempo, de que muchos le burlaban teniéndole por loco, ó por*im- postor. Así estaba su ánimo, cuando una noche se le entró Gil Pan por la puerta. Hícíéronle pasar á la alcoba y mientras Casilda afanábase en sus quehaceres, sentóse el visitante en el borde del lecho. — ¡ Hombre. no me diga usted nada ! Esta no- che he venido á saber su caída. Ya le había yo echa- do de menos por ahí, pero .... — Sí, la gran caída. No sé como no me maté. — ¡ Caramba, hombre, vea usted ! Eso sí, en cuan- to lo supe, dije : déjame ir á ver al pobre viejecito. . . — Gracias, gracias. . . . — i Y vamos mejor ? — Regular. Todavía no puedo valer me, todo el cuerpo me duele. Dicen que es el barrunto. — Vaya, eso irá mejor. — ¡ Dios lo quiera, que buena falta me hace -! — Comprendo porta; él decidi- do á no ceder. Dióse por ofendido : lo que ella ha- cía era dudar de su buena fé, de su honradez ¡ Va- liente amor el suyo, que así lo injuriaba ! Quien ama, no exceptiia, confía ciegamente. Debía ella es- cucharle, dejarse llevar por sus concejos. Además, ella hablaba muchas veces de matrimonio : ^ cómo casarse el joven con un muchacha del pueblo? Era urgente que ella subiera á lugar más alto de la es- cala social, que fuera persona decente, que adquirie- ra recursos. Por su causa, los sueños del porvenir se harían imposibles. Riñendó y haciendo paces, pasaron muchos días Honorino, enojado, ni aun procuraba ver á la joven. Luego intervino Aguasan ta. — I Sabes por qué se enfada Honorino í — decía ésta — No porque tú en tus asuntos hagas ó noentos le envanecían mientras cami- njkba por el centro de la calle. ' De pronto oyó rumores,.,. A través de un lienzo que servia de cortina en la puerta de una casa, veíanse claridades desusadas en aquel lugar y á aquella hora. Por el ambiente poco denso de la no- che difundíanse los ruidos y el joven pudo oir entre risas y murmullos, palabras distintas y frases ente- ras. — Oye tu, Plácida — decía una voz — No me ven- gas con carocas, que aquí el que más y el que menos sabe jugarse el sol antes que salga. Déjate de pape- les y la misa dígala el cura. Una voz femenina contestó, pero con diapasón tan débil que no pudo apercibírselo que decía- Lue- go oyóse la misma voz de antes. — ¡ Mire usted conque gaita me sale ! ¡ Quita allá hipocritona. i Por qué vá la vieja á la casa de mo- nedas. . . por lo que se la pega. No me vengas coa 154 GARDUÑA pulcritudes porque entre santa y santo, pared de cal y cento. . . HoDorino detúvose frente á la casa alegre. Re- conoció la voz de Dativo y en el coro de risotadas pudo también reconocer á otros amigos. Sin sorprenderse comprendió que en aquella casa devertíanse algunos trasnochadores y como en Pa- raiso era cosa corriente penetrar sin ser convidado, donde hubiera fiesta, levantó la cortina y entró en la casa. Su presencia levantó un vocerío. ¡ Como, uno más con quien no se contaba ! Algunas mucha- chas celebraron el ingreso, hiciéronle Tugar en torno de una mesa donde todos cenaban, recibiéronle como á un veterano aguerrido en la lucha. Reinaba allí una disipada alegría, agrupándose eu torno de la mesa unos cuantos sibaritas y mujeres complacientes. Estaban allí, Dativo á quien gusta- ba divertirse sin escándalo ; Pedro Madeja decidido por aquellos belenes siempre que fueran entre gentes discretas ; Salobral hombre resuelto para todo, y además Casapica que comía y bebía sobriamente en privisión de una apoplegia. Con ellos estaban algu- nas jóvenes valerosas, dispuestas á reir. Sóbrela mesa, en una bandeja de madera, humea- baQ manjares de un color verde intenso. Parecían empanadas opresas entre ligaduras. Cortábanse es- tas, deshacíase el envoltorio que tenia cien vueltas y aparecía dentro el apetitoso manjar, con aspecto de hojaldre ó de arrozada, sofrito o salcochado y lleno de pasas, aceitunas y alcaparras. Hacíase agua la boca al percibir el aroma de aquella comida en car- tuchos. Tratábase, pues, de una cena preparada á intimo escote en las callejuelas del Melonar. Honorino hizo honor á la cena. Dando expansión M. ¿ENO GANDÍA l5o á su carácter frivolo, fuerte en aquel género de di- versiones, fué pronto el héroe de la noche. Para to- dos tuvo sátiras, bromas pesadas, epigramas irrespe- tuosos. Dativo, sobre todo, fué blanco de su buen humor. Este contrariado primero por la presencia del joven, acabó por tolerarlo y reir también. Todo era allí atolondrado, estrepitoso, libre, con libertad de bestia alzada, con disipación de bacante. Desta- pábanse botellas que inundaban los estómagos con ingestión irritante. Bebióse mucho brandy, mucha cerveza y ginebra y rom y vino de Jerez. En todas las manos humeaban los cigarrillos y en todos los semblantes daba brochazos rojos el alcohol. Este, imperando, lo avasallaba todo, favoreciendo la expre- sión de insignes tonterías y necios comentarios. Creyérase que la decencia habia quedado en el um- bral de la casa. Toda la noche duró la alegría. Muy tarde, cerca del alba, comenzó á decrecer la animación. Las bo- tellas estaban exáustas y las cabezas llenas. Uno, echado de codos sobre la mesa, aun reia de las explo- siones del buen humor ; otro, acurrucado en el asien- to, cabeceaba como lacayo de rico ; otio más, hizo almohada de la falda de su vecina ; en los rincones, tres ó cuatro desplegaron la tienda del sueño, bajo la estuporosa influencia de una activa digestión y de un agotamiento de fuerzas. Otros, por fin, desfi- laron .... Dativo, que a las siete de la mañana debia hallar- se én su tarima de dómine, en su sitial de director de la infancia de Paraiso, fuese haciendo esfuerzos por sacudir la modorra de plomo que le embargaba. Honorino, recordando de pronto el tesoro que lleva- ba en el bolsillo, tomó la resolución de marcharse. Ambos salieron soñolientos, rojos, hastiados, con hastio de placer colmado. Ío6 GARDUÑA Era casi el alba. Dativo, con paso desigual, siguió una í*alle recta y se perdió en la sombra ; Honorino caminó una manzana, dobló una esquina y detúvose de pronto. El aire del cercano amanecer hizo sobre su cuerpo, saturado de alcohol, inesperado efecto : una opresión ansiosa, bascas, sudor copioso, vértigos. El herede- ro de Mina de Oro estaba ebrio. Así, un traspiés tras otro, discurrió callejuelas y encrucijadas. Tenía conciencia de su estado, pero sentíase movido á tan grande hilaridad, c^ue de buen grado, á no impedirlo aquel resto de conciencia, hu- biera detenido su paso de barcarola y reido, reido eternamente, con carcajada franca y expansiva, aun- que despertara al vecindario, aunque le hicieran co- ro en torno para contemplar su risa de hombre feliz ante el gigante de los chistes. Caminando así, pasó frente á una casa cuya puer- ta abríase en aquel momento. Un hombre salió de ella disponiéndose á montar en una cabalgadura que esperaba en el arroyo. Al pasar Honorino miróle aquel hombre con cu- riosidad, y reconociéndole exclamó : — ¡ Esto es ya lo último, desvergonzado ! — ¡ Calle ! i Y usted quién es para 1 — Te olvidas de tu clase y de tu nombre — ¡ Ah, vamos ! . . . Tu eres Sulpicio — i Dónde has pasado la noche ?. . -i por qué tras- nochas í — Por la misma razón que tú, preguntón. — Yo me levanto ahora, cuando tú ni aun te has acostado. Voy á mi trabajo, a una mensura, y tíi no puedes tenerte en pié y apestas á cerveza y das asco — ¡ Una cana al aire, chico ! . . . — I Dónde vas ahora ? M. ZENO gandía ' 157 — Pues ... i adonde he de ir ? ... á mi casa. — No llegarías á ella ¡ imbécil ! Te expones á caer en la calle, á que te encuentren las cocineras dormido en la cuneta. — Déjame en paz. no fastidies, hombre. — No, entra. Quédate en mi casa y por lo menos oculta tu vergüenza. Y lleno de indignación, metióle á empujones en la casa, mientras con asco en el semblante murmu- raba á media voz : — ¡ Entre qué gentes me he metido ! ' Sulpicio ocupaba toda la casa : en el piso alto las habitaciones de la familia, en los bajos la sala de recibo, el comedor y el escritorio que estaba lleno de libros, de planos y de instrumentos de geometría. A esta última habitación fué conducido Honorino y allí le arrojó Sulpicio para que durmiera la borra- chera. — Oye, tu — dijo acomodándose — A mí no me vengas con desahogos porque no tengo genio aguan- tón . . i oyes ? — Duerme ahí, mentecato. Podías siquiera tener el rubor de oculVar tus vicios, ya que pasas las no- ches entregado á porquerías. — i Qué sabes tú t Ya. . .ya quisieras tú haber he- cho anoche tanto bien á la familia como yo se lo hice. — i A )a familia ? — ¡ Vaya ! . . Honorino lanzó una carcajada estúpida, extrajo del bolsillo el pliego y mostrándolo á Sulpicio, conti- nuó : — Sí, un gran bien. Mira esto. . . ,¡ La mar. chi- co, la mar ! ¡ Esta sí que ha sido de p^é y dobleú ! — Pero 4 qué es eso ? — í Esto . . .esto ? . . Pues nada : un papel . . ¡ No ! . , 158 GARDUÑA ¡ Líbrete Dios de arrancármelo !. . A mí me toca le- várselo á Q-arduña. Ni á tres tirones lo cedo á nadie. — iQué diablo estás diciendo t Déjame ver esa papel — No me lo guardo otra vez . . . así . . . — ¡ Vamos, dámelo ! . . . — Te digo que no.. ¡porra! ¡No faltaría más, hombre ! No renuncio al gustazo de entregarlo yo mismo. ¡ Quítate, déjame dormir ! . . ¡ Quién le hu- biera dicho á don Tirso esto ! Me dan ganas de reir cuando pienso en la cara que va á poner Ocampo el dia que sepa que le han birlado sus. . . sus papeles . . . Y cayó en sueño profundo. Tendido eiTel sofá, desordenado el traje, en la innoble laxitud del beo- do, convirtióse en masa irresponsable, en carne de bestia derribada por la gula. Al escuchar las últimas palabras, Sulpicio quedó suspenso de sorpresa. J Qué decía? i Qué dio á entender aquel estúpido í Arrojóse sobre él, regis- tró sus bolsillos, extrajo el pliego, lo sacó del sobre, leyó. . . . Un océano de ideas desbordóse en él. ¡ Era cier- to ! ¡ Don Tirso había testado y ellos trataban de burlar su voluntad de moribundo ! ¡ El infeliz mu- rió rodeado de enemigos que oponían obstáculos á sus deseos, que le extrajeron la llaVe de la caja, que le obligaron á otorgar un testamento en contra de sus propósitos. ¡ Qué escarnio de la moral y del honor ! ¡ Y ellos, los falsos herederos ; ellos, los cómplices de aquel despojo ! No habia tiempo que perder Una ola de dig- nidad subió hasta su pensamiento, una corriente de energia descendió hasta sus brazos. Trató de domi- narse. Imponíase gran cautela, mucha calma : la M. ZENO GANDÍA 159 prudencia es reflexiva, la* fortaleza es metódica. En asuntos de tal género debía procederse con tiento. Nada de alarmas, nada de ruidos. . .caería sobre la presa en silencio. Tenía aquella mañana el compro- miso de practicar una mensura ; la hora era desusa- da ; detenerse sería proceder atolondradamente. Con- venía meditar, formar un plan, estudiarle en todos sus detalles. Tiempo habría para todo ; tanto más lo pensara, tanto más seguro sería el éxito. Resolvió al cabo. Como si nada supiera, como si nada hubiera acontecido, iríase á su trabajo. Cum- pliendo su compromiso aquel dia, tendria tiempo de meditar; luego, al siguiente, daría la batalla. Gruardóse el pliego en el bolsillo de su chaqueta de dril blanco. Había allí multitud de objetos : una cartera, varios lápices, una cinta graduada, algunos papeles conteniendo notas, cigarros puros. Un bazar de hombre previsor que con traje cómodo, sin corbata ni chaleco, se prepara á pasar en los montes un dia activo. Pensó luego que el lugar no era se- guro para guardar tan importante documento : en las violentas posturas á que su labor la obligaba cuando medía montañas, era posible vaciar inad- vertidamente el bolsill^k y perder lo que más impor* tara conservar. No, era imprudente llevar encima el pliego. Fijóse en los cajones de su mesa despacho.. . Tampoco : no tenian llave, sus niños jñgaban siem- pre en aquella habitación, lo revolvían todo mien- tras él, con paterna condescendencia, toleraba los excesos. Pensó en su ropero : sí, allí estaría se- guro. Subió al piso alto y entróse en las alcobas. Escu- chábanse alli respiraciones de dormidos. En un le- cho muy ancho, Catalina, con la sábana tan descom- puesta que le dejaba medio cuerpo desnudo, con los brazos abiertos en la soledad de tanta anchura, con 160 GARDUÑA la camisa entreabierta dejando aparecer un seno re- dondo, repleto, abandonado coa nartura por un pe- queñuelo goloso que á su lado dormia. Mas allá, va- rios niños también dormidos, unos ordenadamente. otros entre ropas revueltas y alguno arruinado jun- to á la pared como huyendo de la ingrata frialdad de emisiones incontinentes. Era un hogar tranquilo y reinaba allí bienestar de sueño. Caminando en puntillas recorrió Sulpicio varias alcobas hasta llegar á la suya y tomando pre- cauciones abrió su ropero, guardó el pliego y volvió á cerrar el mueble. El ruido de la llave despertó á Catalina. No bien despierta, reconoció á Sulpicio, oyó el raido que pro- dujo, notó á medias su inusitada maniobra. Dur- mióse de nuevo y en tanto, Sulpicio salió de la casa avivando el paso de la cabalgadura, ansioso del re- greso. Ya el sol estaba alto cuando Catalina dejó el le- cho. La madre de familia iba á impulsar la diaria mecánica doméstica. Oyóse enseguida el rumor de los chicos y pareció revivir la casa al influjo bulli- cioso de los seres que la habitaban. Llegó la hora de peinarse y entre torrentes de ri- sueña luz que por la ventana entraban, Catalina dio soltura á sji cabellera negra, una gran cabellera criolla que podía envolverla y llegar al pavimento. Era aun hermosa, muy redondo el cuerpo, muy blanca y muy fresca la piel. Su lozanía exuberante lograba disimular los descalabros gestativop, la pre- matura vejez que á veces afeaba en Paraiso á las mujeres, como efecto necesario de un cuma canicalar, de un seden tarismo deprimente y de una higiene abandonada. Aun era bella, aun atractiva. L& holgada camisa recogiéndose en pliegues, circunseii- bía esbeltos detalles abarcando anchas caderas Je M. ZENO GANDÍA 161 venus madre y mórbidos senos de copiosa nodriza que dejaban escapar gotas lactecentes al ser oprimi- dos por las ropas. Mientras se peinaba recordó que Sulpicio habia abierto su ropero, j, Qué pudo necesitar si ella pre- parábale siempre todo lo necesario en su alcoba la noche antes de gartir á sus mensuras ? Pregunta pueril, pequeña duda de compañera minuciosa á quien parecía hermoso su marido, dispuesta á de- fenderle en arrebatos de celos, Luego la curiosidad femenina la envolvió en sus ansias j un recóndito deseo de satisfacerla se hizo dueña de ella. i Qué buscó su marido en el ropero ? El traje de campo, la ropa necesaria, todo habíalo ella dispuesto la noche antes ; no recordó faltara un sólo detalle. En tanto, dirigía miradas al mueble qué correcto, anguloso, erguíase hasta el techo ostentando empol- vadas molduras y puntiaguda comiza. Las ideas tegieron un proyecto : registraría hasta resolver el problema. Una llave de su llavero fa- cilitó el intento franqueando el arca. Alírió el ro- pero, descubrió su abigarrado conjunto, observó si había cambios en la disposición de las cosas, envol- vióse en el olor de vainilla, alcanfor y tabaco que de alli dentro se desprendía. La mano de la joven tuvo horizontes donde investigar y enterrándose por un lado, revolviendo por otro, cambiando objetos de un lado á otro, perdida siempre en un mar de indumen* taria, al fin, con sorpresa, tocó algo que crugía, árlgo' menos mudo que las ropas, algo sospechoso Era el pliego y le extrajo ; púsose densamente pálida, sintió la emoción de lo estupendo. ¡ Era cier- to ! 1 El famoso pliego, el temido y buscado resorte, estaba allí ! No acertó á comprender como pudo llegar á tan fácil escondrijo. T cuando leía ávidam.ente las temblorosas líneas 11 162 GARDUÑA de Tirso, ovó la voz de sus hijos que saludaban á un recien llegado, diciendo : — ¡ Buenos dias, abuelita buenos días ! Era León arda, que, inquiriendo el paradero de Honorino habíase, detenido en la casa a preguntar por él. Catalina pensó al instante en participar el hallaz- go á su madre. Detúvose, sin embargo, asaltada por momentánea perplejidad. Aquel secreto no era suyo ; si Sulpício había ocultado aquellos papelrjui- M. ¿ENO gandía Í7l cío. La vacilación duraba poco ; sus instintos , caba- llerosos y decentes volvían á darle alientos y cuando del campo vino, su actitud era cosa resuelta. Le emocionaba la felicidad del bien que realizarla favore- ciendo la redención de Casilda ; acaso agitábanse en él ocultos deseos de sabrosa venganza que el azar ponía en su mano. Resuelto^ pues, á todo, á chocar con Catalina, á estrellarse en el muro de odios de Leonarda, á ponerse frente á frente de Q-arduña ; resuelto á llegar cuanto antes al fin, invadido por orgullo de caudillo, lleeó á sü casa. Durante el dia, más de una vez tembló ante la idea de perder el pliego. Sin embargo de creerlo se- guro, estuvo inquieto. Temió que un accidente for- tuito, ó una casualidad, ó algo inesperado, se lo arrebatasen. Lleváronle sus temores hasta increparse así mismo por haberle dejado en peligro. Mas nó, su inquietud era exagerada: en su ropero permane- cería desconocido de todo el mundo. ^ Cuando de regreso, abrió el ropero y no halló na* da, cuando pudo notar el inevitable desorden que el registro de Catalina produjo, experimentó primero un gran desaliento y enseguida la airada reacción de un xiiego enojo. No, iban á oirle los sordos Bajó á saltos la escalera y en el comedor se encaró con Catalina, — i Has abierto hoy mi ropero I — Yo ?. . — contestó ella mientras el acento, el ade- mán y la palidez, la denunciaban. — ¡ Respóndeme ! i Viste esta mañana cuando abrí el ropero ? — No te vi... — Sí, me viste. — Es que ... — Estás mintiendo. . .contesta de una vez : i dón- de está, .lo que guardé en el ropero t Í72 GABDÜNA — Nada he visto. — i Porgue me engañas ? Me Tiolentas, me trai- cionas. ] ¡ Mabla ! i Dónde está el testamento de don Tirso?' — Nada he visto . . . — i Dónde^lo ocultas t i A quién lo diste ? — Nada. . .nada he visto. . . Sulpicio, rojo do cólera, asió á Catalina por una muñeca. La apretó, la miró fijamente y añadió ira- cundo. —i Ha^estado aquí tu madre t Ella, desconcertada, sin darse cuenta de su in- coherencia, temerosa ante la actitud amenazadora de su marido, repitió con inconciencia la lección apren- dida. — Nada se . . . nada he visto . . . Después siguió una escena tormentosa. Sulpicio dejó de dominarse : la «calma, la continencia, la dia- ria represión de instintos, perdieron las ligaduras. Becorrió frenético la habitación, mientras Catalina agotaba pretextos, evasivas, disculpas. Prorrumpió en dicterios. . -Eran unos malvados, unos farsantes, y cuando la prueba plena caía en sus manos, se la arrebataban empleando como instrumento á su pro- pia esposa, una simple, una sugestionada, dúctil á sus amaños. Ella sollozaba con el pecho oprimido, sin tener alientos ni para ser franca, ni para defender á los snyog de las injurias de Sulpicio. Al fin, no pudo más Bien, sí : había extraido el pliego poniéndolo en manos de Leonarda. Y él, apremiándola supo que aquel estaba ya en manos de Garduña. ¡ Nada podía hacer, porque nada podía probar ! Pero no im- portaba : cuando no otra cosa, armaría un escándalo. Vociferaría la verdad por todas partes, contaría la intriga, á Garduña lo estrangularía y á Leonarda di- M. ZENO GANDÍA 173 ríala cuantas son cinco Aquel estallido de resolu- ción y fortaleza, era el despertar de una voluntad indecisa, de la energía de un hombre honrado que huyendo de una atmósfera viciada, proponíase rom- per cadenas, ^fritar estentórea, atemorizar á todos en inconcensurable alarde de omnipotencia. Una reac- ción varonil, pujante, vencedora. — Cuanto á ti — dijo á Catalina — ten en cuenta que no paso de aquí. Es menester que te definas. Esta vida es un infierno y no estoy dispuesto á tole- rarla por más tiempo. Inútil es que llores : tus lá- grimas no son más acerbas que mi tormento. Ad- vierte que me siento asfixiado, que no puede resistir más tiempo. En mi casa aletea un odioso ángel malo que me asedia, que me persigue, que me abru- ma. ¡ Basta ya ! Ni me contraríes, ni me discutas : no te lo permito. Aquí soy el dueño, el señor abso- luto. ¡No y cien veces no! Apréndelo: aquí mando yo, mi voluntad es la suprema. Te he amado é hi- ciste de mi vida un tormento. Agotó contigo súplicas de amante, cortesías de hidalgo, consejos de maes- tro, razonamientos de filósofo. Todo inútil. Cediste con daño tuyo y mió á la venenosa influencia de mi enemigo torpe y mal intencionado, nutrido de odios y de encono. Tu eres de él, no mía. Para él la ciega obediencia, la incondicional sumisión, la irreflexiva disciplina ; para mi la hostilidad que supo enseñarte derramando en tu corazón, antes dispuesto á mi ca- riño, el filtro del recelo y de la duda. Sí, ella arre- bató de tu alma el amor que pudiste un dia tenerme. ¡ Terrible enemigo, ese ! Pero no sigo, no paso de aquí, me detengo resuelto á todo. Mira, pues, lo que te cuadre, mira lo que te impongan nuestras desgra- cias . . . Pero piensa tu ... ¡ tú misma ! . . . piensa algún dia con tu cabeza ; oye una vez sÍL|nIera la voz d^ M. ZENO GANDÍA 174 tus impulsos. Ni un minuto más de esta vida. Ka- suelve : ella ó yo ; Si, elige Y erguido, arrogante, imponente, levantábase álos ojos de Catalina como una estatua heroica que sur- ge inesperadamente en un lugar en que no estaba. Suspensa de sus palabras, sorprendida de su actitud, rojos de llorar los ojos, impotente para articular pa- labras, veíale crecer, crecer siempre, sintiendo en el pecho el ardor de una sensación conocida, el rena- cimiento de un impulso olvidado. No era enojo, no era pesar, no era miedo ; era convicción, era deslum- bramiento de luz de verdad reflejado en ella misma JLas palabras de Sulpicio ponían tensas las cadenas que la unían á Leonarda y los eslabones cimbraban ya faltos de resistencia, crujían próximos á romper- se. Un esfuerzo más y la cadena saltaría en peda- zos, quedando Catalina libre, con los ojos abiertos á la realidad, en brazos de la justicia y del bien. Sulpicio, lívido de cólera, salió del comedor, salió de la casa, alejóse sin rumbo. Ella, rompiendo en ruidoso llanto dejóse caer en una silla murmu- rando : — ¡ Tiene razón. tiene razón ! Aquella noche, más sereno Sulpicio, estudió la situación. Imponerse para obligar á los intrigantes á devolver los bienes á Casilda, era imposible : sin los papeles de Ocampo carecía de fuerza legal. Se- guir siendo cómplice de tales amaños, imposible también. Mientras la existencia del testamento fué dudosa para él, parecíale comprensible, mas teniendo absoluta certeza de los hechos, era indudable que la posesión de los bienes constituía un robo. Catalina habíale sustraido el arma terrible y ésta hallábase ya en poder de Garduña ; arrebatársela era imposi- ble 5 denunciar los hechos, inútil sin poseer las pruebas. Todo, todo perdido. Había eu el asun- M. ZENO GANDÍA 175 to dos cuestiones : una, la personal, la resolución enérgica de no seguir arrastrando aquella dolorosa vida ; la otra, la herencia. En ambas fijó su ahin* co tratando de resolverlas. Consideró perdida la cuestión de Mina d^e Oro. La napnstruosa trampa prosperaría siendo imposible pulverizarla. Su asun- to personal, era distinto. Desde hacía tiempo preo- cupábale un proyecto : huir, levantar su tienda, ale- jarse del terrible foco. . .Esos planes le embriagaban : lejos, muy lejos. .¡ ^ué dicha !. .Y entonces, aviva- do el deseo, empujado por la vergüenza, no dudó. Reuniéronse ideas indecisas, planes inseguros agrupáronse y resultó una resolución. Se iría, pues : los horizontes le atraían, el tiempo le haría olvidar Tal enjambre de cavilaciones zumbaba en su ca- beza, cuando, discurriendo al azar por las calles de Paraiso, hallóse en el fortin. Lamía el mar las colinas de la playa, resaltaban las arenas á la lumbre tenue de la noche y repo- saba el paisaje de la llanura dormida. Veiase desde alli surgir de la sabana de cañaverales la chimenea de Mina de Oro, alta, escueta, casi espectral entre penumbras y misterios. El mar sacudia su elástico lomo, braveaba espumando la orilla, entristeciendo el conjunto con su color azul obscuro, casi negro. Una noche placiente, un lugar solitario propicio á la meditación. A la escasa luz del cielo distinguió Sulpicio un bulto que sentado en un banco de piedra contempla- ba el horizonte marino. Acaso alguien necesitado de las frescas brisas de la noche. Fijóse bien, observó atentamente : Era Garduña. ¡ Buena ocasión ! Una sacudida de energia agitó sus nervios. El gran hombre estaba alií^ á su aU 176 GAEDÜNA canee, y acaso por la fuerza. . .Reprimióse, fingió calma y resuelto á todo, acercóse. ^-Buenas noches, licenciacto, Sorprendido Garduña, volvió la cabeza, reconoció al joven, cayó en un piélago de dudas, i Qué bus- caba alli Sulpicio f — ¡ Oh ! . . . . buenas noches — contestó afectando simpático placer. — Parece que el calor del diíi hace deseable esta brisa i verdad í — Sí, muy deseable. — i Le agrada t — Tanto como á usted. — Yo, figúrese usted : todo el día zurcido á mi bu- fete, cuando llega la noche soy un botafuego. Mientras hablaba, hacia sondeos en lo inusitado del encuentro. Pocas veces habíanse cruzado sus palabras con las de Sulpicio ; notó siempre en el jo- ven un despego y una frialdad que hacían contraste á la enormidad de respeto y servilismo de los de- más. Sin explicarse la causa, temió que el encuen- tro no fuera casual ; algo tuvo el saludo de Sulpicio que le pareció dudoso. Quiso adelantarse á las inten- ciones, preparar el terreno, prevenirse, desconcertar á Sulpicio, y con aire de antiguo camarada, hízose locuaz, francote, amabilísimo. El estimaba mucho á la familia, haría por ella cualquier sacrificio; las di- ficultades serian vencidas y vendrian épocas de abun- dancia y anchura. Porque ¡ cuidado que los t.^rrenos erau feraces ! Seis, ocho, diez bocoyes por cuerda^ no eran producción para los plantíos de Mina de Oro. Solo que había que vadear dificultades hasta que vi- niera el alza de precios y años en que la caña tuvie- ra muchos grados de dulce. Por supuesto, mucha unión : sin ella las fortunas más sólidas caían. En la familia, el mal estaba en la tiranía de Leonarda ; los hombres sensatos reconocían que Sulpicio tenía M. ZENO GANDÍA 177 motivos para estar quejoso. A él parecíale una ne- cedad empeñarse en dominar de aquel modo hombres bastardos. Más aun muchas veces había indica- do á la buena señora la conveniencia de ir iniciando á Sulpicio en los negocios de la finca, abandonando su afán de hostigarle, dejándole en paz sin mez- clarse en interioridades domésticas. Sí, debía el jo- ven intervenir más en los asuntos, porque de Hono- rino nada podía esperarse. Luego extendióse en pla- nes económicos, habló de , política, celebró ciertos trabajos de agrimensura que acreditaban al joven. ¡ Ah ! era extraordinaria su exactitud, su precisión, su limpieza de delineante. Resultó Sulpicio un de- chado de hombre de bien y de virtudes cívicas. Este, sentado junto á él, le escuchó mucho tiem- po silencioso. Una sonrisa sardÓQica contraíale el semblante y sus manos, hundidas en los bolsillos, temblaban ávidas de aspadear en el aire un redoble de bofetadas. Nada dijo, no pronunció palabra, dejó hablar á Garduña cuanto quiso, dióle anchura, acar riciando el loco placer de interrumpirle de súbito, hundiéndole en el asombro ante su actitud violenta. Llegó al fin su turno. Garduña aludió á Ocampo. — Y crea usted — dijo — que en ese punto tengo el propósito de obrar en justicia. ¡ Qué urdimbre de groseras calumnias, qué tejido de imposturas ! — A propósito de Ocampo. , , . i Cree usted que es falsa la existencia del testamente secreto t Como la pregunta fué formulada con pausado acento, y duro tono, Garduña miró con recelo al jo- ven, hizo una profunda aspiración de aire, y con- testó. -Sí.... -^jCree usted obrar con justicia condenando á ese anciano en la querella que por consejos de usted le siguen los Mina ? 12 178 GARDUÑA — Me parece que — Responda usted concretamente, licenciado. El tono subía y Sulpicio era ya ino poten te para dominar la excitación de su enojo. — Pues bien : sí — repuso Garduña percibiendo la inquietud del miedo. — I Cree usted justo dejar en la miseria á esa des- dichada niñp, próxima á caer, acaso caida, en las infamias de la prostitución ? — Ella no tiene derecho á. — i Lo cree usted así ? — Pero — jCree us ed que esas hermosas vega? patrimonio de Tirso Mina, deban hacerse p<^dazo<* bajo el avstnto martillo de la trampal i Cree usted justo despojar primero á la hija de Tirso, y la familia Mina des- pués, empujando sus riquezas á la bancarrota, retor- ciéndola con la mano oculta de la intrig^a t — No comprendo lo que usted me dice, Sulpicio. No — i Cree usted justo todo eso ? Y finalmente 4 ha imaginado usted que no hay en la familia Mina ó junto á ella, nadie que tenga dignidad y vergüen- za f Levantóse Sulpicio del banco y salieron al aire sus manos. Estaba pálido, convulso, tembloroso, co- mo el arco de la flecha antes del disparo. Grarduña, el hombre impávido, había encontrado aquella vez su señor. Perdió el aplomo, sintióse inundado de frió sudor y haciendo sobrehumanos esfuerzos por finjir una sonrisa amable, dijo : — ¡ Qué cosas tiene usted, Sulpicio ! ¡ Qué impre- sionable ! i Supone usted qué ? — Creo que es usted un miserable. . . . Al oírle, doblóse Garduña en el banco y con la lengua seca, la garganta oprimida, el semblante de- M. ZENO GANDÍA 179 solado, quedó por completo asido por las tenazas de su enemigo. El vaivén délas olas llenaba de rumores el fortín, la sabana dormía humedecida por el rocío, la correc- ta chimenea de Mina de Oro proyectaba su vértice en la penumbra y la placiente noche con su cielo chispeante y su soledad medrosa, parecía aislar á aquellos dos ho ibres como dándoles ocasión de des- garrarse retorciéndose en los paroxismo de la ira. — Sí, creo que eres na malvado — continuó el jo- ven. — ¡ Sulpicio ! — Un canalla, un ganapán amparado por la per- versión de tus cortesanos, alentado por el idiotismo de los necios. — Esos insultos. — ¡Ah! No te levantes de ese banco. Escú- chame ahí, á un nivel más bajo que el mío. Quiero que te convenzas hasta qué punto son cierta las vir- tudes que hipócritamente acabas de reconocerme. Dime : i dónde está el testamento de Tirso t — Ignoro que exista — 4 Dóbde está el pliego famoso que robó Hono- rino, que me robaron á mí, que cayó en tus manos I — 4 Está usted loco I — No. . - me rio de placer, i Dónde está el pliego? dime, que has hecho de él í — Nojsé nada — i Nada í ¡Un hombre tan sabio, tan omnipo- tente, que todo lo puede, que todo lo sabe ! 4 Dónde está, miserable, la última esperanza de Casilda f i Dónde la guardas f 4 Imaginas que desconozco tus planes ? ¡ Ah !. .no : ahí los leo en tus ojos de raposa. Escondes el pliego para robar á Casilda lo 3ue es suyo ; empujaste á Honorino para que la se- ujera y la despojara, para luego levantarla tú del 180 GARDUÑA fango y hacerla tu manceba ; tejes la red habilidosa que enreda el patrimonio de Mina de Oro, porque quieres agrandar el tuyo á costa del ajeno; posees, en fin, el testamento de Tirso para obligar á los Mi- na á los contubernios que te dicten el capricho y la ambición, para forzarles á caer sin protesta en la bancarrota y la miseria. 4 No es verdad que te he conocido?. . Era ya demasiado. . .Garduña, después de su pri- mer desmayo, cobró relativo ánimo. El miedo tam- bién reacciona y la reacción fué allí bastante á darle valor para escuchar á Sulpicio. Mas cuando se vio abrumado de injurias, cuando comprendió la inutili- dad del disimulo, experimentó un sacudimiento y levantóse irritado del banco. Esa fué la señal Asióle Sulpicio con la mano izquierda, esgrimió la derecha y escuchóse por los contornos el seco golpe de una bofetada. Fué una síntesis : indignación de honor ofendido, castigo de justicia violada, desprecio de dignidad rebelde! Después, los dos hombres lucharon cuerpo á cuer- po. Lucha breve, fugaz. Garduña agitó los brazos sintiéndose apretado por el cuello, y vencido por su adversario, retrocedió, cayó atravesado en el banco, dio una vuelta sobre él y cayó en la playa quedando casi hundido en la arena. Sulpicio le contempló un momento allá abajo y abandonó con paso lento el fortín. Garduña, en tanto, logró rehacerse, salir de la playa, sacudir el arenisco baño que le inundaba el cuerpo. Vio cuando el joven ee alejaba, dirijióle miradas de espantoso odio y juró proseguir aún con más ardor sus planes, antes solo de ambición, en- tonces también de venganza. vil GUI Pan echó sus cuentas. Con la Instancia au- torizada por Ocampo proponíase hacerse fuerte. A- quella solicitad, destinada á llatnar la atención de la Audiencia acerca de la difícil alternativa en que el ciego se hallaba, era un arma terrible esgrimida so- bre la cabeza de los Mina. Pensó en dar forma al ataque, en asegurar el pi- co La ocasión sería siempre oportuna: antes ó des- pués de que fuera fallada la causa seguida á Ocampo, la instancia podía desbaratarlo todo. Mejor era, sinembargo, apresurarse. Un ansia indcminable de medro le arrebataba, y resolvió abordar el negocio. Iría donde Garduña, haríale ver que Ocampo, es- crita la instancia, proponíase enviarla á su destino, fingirla haber sido llamado por aquel para encargarle de la tramitación que la solicitud hiciera necesaria, presentaríase, en fin, como dueño y señor del asun- to. Una noche visitó á Garduña resuelto á empezar la astuta maniobra. — No lo dude usted — dijo — la resolución de ese hombre es peligrosísima. — No lo creas — contestó Garduña sonriendo. — Es evidente que serán atendidas sus manifesta- ciones . . . — Te equivocas. 182 OAEDÜ&A — qae se escacharán las súplicas^ que se inter- yendrá de oficio. — Repito qae efttás en au error. — ¡ Cómo ! — Mira: ¿ves lo qae ese pisapapel oprime ahí, janto á mi papitre ? -iQaéí — Fíjate: es an docamento. . .Lo abriré, lo pon- dré delante de tí, procura leer esta firma aquí — ¡ Tirso Mina ! ¡ El pliego ! — Sí, el pliego. — I Pero cómo ! . . . — Imaginas que soy algún mentecato. Deja qae acada ese vejete á qaien qaiera : el rayo lo tengo yo aqaí para hacerlo trizas ó lanzarlo caando me plazca. Gil Pan qaedó laminado. Procaró dominar la rabia qae sentía. ¡ Ah, Garduña era invencible ! Caando los demás creíanse fuertes, él les hacía pol- vo. Caando se vio en la calle desatóse en improperios contra Ocampo. ¡ Bárbaro, estn pido, idiota! Bien le aconsejó que nada dijera á Casilda. Era aquel ca- mino el único, y lo malograba por charlatán. Mas ya se vengaría, sí: el dia que le llevaran á punta- piés á la cárcel^ él le echaría en ^ara su bestialidad. Y convencido de que Honorino por mediación de Casilda, habia sido el raptor del pliego, dejó de salu- darle. -. El ciego, en tanto, suspiraba creyéndose cerca del éxito. Muchos días discurrieron y él desde su lecho, aguardaba la suprema intervención de sus lejanos sal- vadores. Malos caminos, inseguros correos, lentitu- des en el despacho de los asuntos . . ¡qué triste era espe- rar sintiéndose débil, desfallecido, desamparado. Su- ponía que la instancia había sido remitida en el acto, M. ZENO GANDÍA 183 cuando se lo aseguró G-ll Pan y esperaba, esperaba siempre acariciando esperanzas. Casilda llena de zo/.obras, esperaba tanablón. Ho- norino nada decía. Desde la noche en que posííyó el pliego, esquivaba hablar de intereses. Tal silencio la entristecía y preguntábase por qué su amante no era más activo en su defens«^. Luego nacióla alarma : Honorino se olvidaba del huerto, se olvidaba de ella. Joven, enamorada, rendida i por qué el hombre á quien tanto sacrificara mostrábase indiferente f ¿Ha- bríase cansado de aquel amor generoso y confiado f De eáe modo, llegó el caso de necesitarse varias insinuaciones para ver á Honorino una vez. Sema- nas hubo ea que visitó diariamente á Aguasanta, sin conseguir verle. O estaba en la vega, ó indis- puesto ó muy ocupado Pretextos, acaso. Ecribió varias veces venciendo tropiez-is de ortografía, y el joven no contestó á sus cartas. Envió recados y él devolvió evasivas, i Sería abandonada? i Sería do- ble víctima del engaño ? Temblaba ante las duda», moría ante la incertidumbre. Algún tiempo después circuló por Paraiso una noticia de sensación : Ocampo había sido condenado en primera instancia á algunos, meses de prisión co- rreccional. La mayoría de las gentes comentaba poniéndose del lado del débil. ¡ Qaé atrocidad pobre viejo! Apenas si podía moverse de su cama, agobiado por los golpes recibidos en la carretera, y poníanle en el caso de ingresar en la cárcel ¡qué injusto rigor ! . Pero no se consumaría tanta iniquidad, la Audien- cia no confirmaría la sentencia. Otros argüían que el ciego pajeaba sus audacias por haber calumniado á una familia decente. Nadie imaginaba el fondo inverosímil pero real de la historia. Casilda oyó muchas veces que se ponía en duda U 184 GARDUÑA existencia del pliego y no tuvo valor para afirmarlo. Si era cierto que no estaba ya en sus manos i cómo afirmar que existía? Ella misma lo había sustraído, ella misma privó á su abuelo de la única prueba. Si no hubiera sido tan insensata, en aquel dia en que se publicó la sentencia, hubiéralo mostrado á todo el mundo, deslumhrando á Paraiso entero con la evi- dencia. Una pena invencible, la preocupación de un cer- cano infortunio, la embargaron con más viveza cuando supo el terrible fallo, l Dónde estaba el tes- tamento f . Solo Dios lo sabía. Honorino la ha- bía engañado, habíase mofado de su dignidad de mu- jer y de su derecho de heredera. Así, pues, en aquel triste dia^ cuando todo se nu- blaba ante ella, apareció Q-il Pan en el umbral de la casucha. — Aquí estoy, don Q-il, aquí estoy ^— dijo el ciego desde el camastro. Gil Pan acudía para gozarse en la 'desolación del anciano. Fué para notificarle la sentencia, por si nadie se arriesgaba á ello ; quiso presenciar la inútil explosión de una mala nueva clavada como un pu- ñal sobre un alma indefensa. Sentóse en el borde de la tarima y departieron mientras Casilda, en el colgadizo, revolvía cacharros Ír animaba el fuego, dirigiendo miradas recelosas á a alcoba. — i Que hay de la instancia, hombre ? Eso tarda. . — Si tarda. — ¡ Qué despacio caminan las buenas noticias ! — Nada, ánimo : no conviene amilanarse. Cual- quiera que sea el resultado — Tiene que ser bueno. Cuando la Audiencia — No, hablo del resultado aquí de lo que sal- ga de la causa que le siguen. M. ZENO GANDÍA 185 — Tar<íe ó temprano la verdad triunfa. Mire us- ted : asi se empeño el mundo entero, ante un papel escrito y firmado, que habla con claridad, no hay lucha posible. — Pero si la verdad no se prueba, quedándose ver- dad toda la vida, no saca de apuros al interesado. — Ya veremos. — Y eso es lo que puede pasar, mejor dicho, lo que en este caso ha sucedido. — i Ha su cedido t — Pues — ¡ Cómo ! i Hay algo nuevo t Gil Pan iba poco á poco asestando el golpe. Po- seíale el placer de aquel felino ensañamiento y mien- tras hablaba envolvía al ciego en miradas burlonas. Incorporóse Ocampo con alarma y tomó entre las suyas una mano de Gil Pan. — i Dice usted que hay algo nuevo t —Sí.... — i Qué pasa, eh? — 8u causa ha sido fallada. — Bien . i y qué ? — Resulta. i pero cómo es posible que no lo sepa f Casilda con la cabeza pegada al muro, escuchaba temblando. — Nada sé — continuó el ciego. — Dígame usted sin ambajes el resultado. — Pues bien. ha sido usted condenado. Ante la noticia, Ocampo quedó un momento in- móvil. Después, pasóse la decrépita mano por la frente, vaciló, hizo esfuerzos para dominarse y rom- pió á reir nerviosamente. — ¡ Bestias malvados. indecentes ! i Qué importa eso. Por los quinientos mil diablos del in- ñbrno I qué me importa 1 ¡ Si tengo en la mano la Ié6 GABDUNA prueba ! ¡ Si poseo la fuerza de la razón y la yerdad¡ Y presa de febril exaltación, arrojóse al suelo, metióse debajo del camastro y comenzó á escarbar en la tierra como perro que persigue el rastro odo- rante de la presa. Casilda apareció en la puerta del cobertizo. Te- nía el semblante intensamente pálido, descompuesto por el espanto. Buscó energía en un abismo de irre- solución, incapaz de resolver el arduo conflicto ; mostróse como pn cuerpo lanzado & una sima que espera, despeñado, el momento brutal del choque. Gil Pan, con sacrilega sonrisa, contemplaba la escena impávido. ^ — ¡Abuelo! — gritó Casilda, sugetándole por las ropas — deje usted eso. . .usted no puede moverse la tierra está húmeda. . .¡ Abuelo, por Dios, abuelo! Mas él seguía. Escarbaba como topo hambriento y empezó á formarse sobre la superficie del suelo la cuenca de un hoyo, en torno del cual levantábanse montecillos de tierra desplazada. Casilda, no logran- do disuadirle, retrocedió hasta el muro y con la mi- rada fija en el lugar de la zapa, esperó despavorida los acontecimientos. Oi?ampo movió y removió la tierra ; hizo un hoyo y no encontrando nada, le creyó pequeño y ahondó más. Luego, imaginó que había equivocado la di* rección del escondrijo y cavó hacia la derecha ; des- pués, hacia la izquierda. Entonces dudó. ¡ Tor- pe, bestia, que no acertaba con el sitio ! Y arras- trándose como una sierpe metió en el boyo las dos manos para que fueran de mayor volumen los mon- tones de tierra removidos. Mas en vano. . . . — ¡ Casilda ! — gritó energúmeno — Ven escarba tú , . . T como ella permaneciera inmóvil, arrastróse por debajo del camastro, agitó sus brazos en el vacío, y k. ZENO GANDÍA 187 tropezando con el cuerpo de la joven, la asió brutal- inente por una pierna, atrájola con esfuerzo hercú- leo, y la hizo caer de bruces. — ¡ Busca busca! Ven aqui debajo .. . ¡ fue^o del infierno ! — Abuelo, sálgase usted sálgase usted eso es imposible — ¡ Busca ¡ busca ! — Luego más tarde cuando usted se socie- gue . — ¡Busca busca! . Y allí debajo, rastreaban aquellos dos seres como si estuvieran cavando una sepultura. Q-il Pan de pié, riendo siempre con crueldad implacable, espera- ba la catástrofe. De pronto, una idea golpeó la frente de Ocampo. Retrocedió, levantóse en el centro de la alcoba, gri- tó con imperio : — ¡ Casilda !. . j dónde está el pliego ? Esta, arrastrándose aun, ejcperimentó sed de ver- dad, y abrazóse sollozante á las rodillas del anciano. — i Dónde dónde está I — Olívame usted — i Dónde dónde dónde está! — Abuelo, perdóname, abuelo —i Q'ió f . -i Que te perdone í. 4 Lo has guarda- do ? ¡ Responde ! —Sí.. .sí... — i Dámelo, pues ! — Imponible, lo. — i Cómo imposible ? No puede ser no puede ser — Lo he roto. —¡Roto!.. Ella no se atrevió á decir toda la verdad, y 0- campo, irguióse como empujado por un estímulo 188 GABDUNA eléctrico. Abrió desmesuradamente los ojos, volteó dos veces con su mirada sin imágenes el contorno de la alcoba, abrió los brazos agitándolos en el vacío, frunció los labios dospués de lanzar un grito sordo y cayó desplomado en el pavimento. Después se puso azul, en sus ojos formóse un es- trabismo interno, su pecho rugió dos veces al esca- par el aire respirado en uu esfuerzo convulso, movió tenuemente los labios entre los que se vio aparecer la punta de la lengua y quedó inmóvil. Estaba muerto. . . . Por la noche la oasucha estuvo muy concurrida. Piadosos vecinos y curiosas mujeres acudieron en son de fósame á la miserable morada mortuoria. Al- gunos caballeros dignáronse también visitarla. Entre ellos, Gil Pan, que en la trágica escena de aquel dia cayó en cuenta de que Casilda era guapísi- ma, Dativo, aspaventoso como siempre, y alguno que otro pasante que quiso también entrar á curio- ffiSiV aquellas tristezas. En el cobertizo, acurrucada junto al fogón, estaba Casilda. Un dolor inmenso la transía y como el lo- cal era estrecho y estaba lleno de gente, vióse en el caso de confinarse allí donde la rodeaban algunas mu- jeres que más la abrumaban con palabrería insulsa que la consolaban en su infortunio. En el cuarto, sobre la tarima, el cadáver del abue- lo, rígido, con el semblante contraído, los ojos en- treabiertos. Parecía caido allí como una ruina des- plomada bajo el peso de la vida. Los circunstantes departían sin curarse gran cosa del respetuoso silencio que la ocasión requería. Oían- se, á veces, risillas frivolas y bromas picantes y sa- crilegas. Por la tarde Aguasanta había encontrado en la M. ZENO GANDÍA 189 plaza á Honorino. Habíale buscado inútilmente todo el dia.. .- — Mira — dijo la joven— el llamado eres tú allí no hay ni un centavo. Casilda está ni lámina. An- da, no seas cruel, enviale algo — ¡ Pero si estoy á la cuarta pregunta ! — Vamos, hombre : ten Vftrgfüenza. — Dinero es lo que haría falta. — Casilda te lo ha sacrificado todo. Si algo me pesa es haber intervenido animándola para que te complaciera. Creí que eras persona decente. Como sigas así, Casilda se morirá de hambre. — No tanto Los moscones que la persiguen aho- ra harán una suscrición. — Venga, venga algo Y Aguasanta quiso introducii» los dedos en el bol- sillo del chaleco de Honorino. Pintó la triste situa- ción de la muchacha : sola en el mundo, llena de dolor y remordimientos, sin un ochavo para enterrar al viejo. Ella, Aguasanta, pudo suministrar lo pre- ciso para comprar café y anisado con que obsequiar á los concurrentes al velorio. Así, necesario era que el joven sufragara los gastos á que no podía atender el exhausto bolsillo de su amante. Honorino, con dos dedos metidos en el bolsillo, oíala titubeando. Tenia cinco pesos duros : de prime- ra intención tomó entre los dedos un duro ; luego, cuando Aguasanta describió con vivos colores el infortunio de Casilda, tomó dos ; después tres ; en un momento de pasajera generosidad, tomó los cin- co, y finalmente, resolvió la vacilación sacando á re- lucir tres monedas de á cien centavos, y dándolas á la joven, dijo : — Toma, llévale eso No quiero que me quiten el pellejo á tiras. Pero calla la boca : que nadi^ sepa que yo soy el pagano. 190 GABDÜÑA — i No vas á verla ! — ¡ Qué he de ir, mujer ! Esta es noche de curio- sidades. A mí no me convienen estos enredos Tamhién uno tiene su dignidad, - — Anda, pillo. 4 Pensaste asi en el cañaveral t — Lo aue te digo es que. . . — Lo que pasa es que estás hastiado de la mucha- cha, que le has arrebatado sus papeles que valían dinero. Sí, andas buscando ahora el modo de echar- le el muerto á otro. ¡ Son basura, los hombres ! Gracias á la oficiosidad de Aguasanta, todo se hizo. Nada faltó en aquella noche fúnebre y Casilda no tuvo que pensar en detalles . penosos. De vez en cuando interrumpíanla en su dolor insomne. En la madrugada, cuando otros rendíanse al sueño, sintió que alguien le acariciaba el cabello consolándola. — Piensa en conformarte, hija, piensa después en tí misma. Los duelos con pan son menos. No te ol- vides del pan i comprendes í Mira, soy hombre solo: mi casa tiene un lugar para tí. Y Dativo que era quien hablaba, dio dos pesos de su peculio á Aguasanta, haciendo las cosas de modo que Casilda se enterara de que él contribuía también a los gastos de la noche. Ella escuchábalo todo con la cara envuelta en un pañolón, sin poder reprimir los sollozos y experimentando un sentimiento repulsi- vo ante las dádivas de los filántropos. Gil Pan extr»^mó sus cuidados, fue y vino cien ve- ces, fficilitó los requisitos reglamentarios para el entierro y, acercándose á Casilda de vez en cuando, decíala entre dientes palabras amables y cariñosas. Ofrecíase para todo : con franqueza, . con mucha franqueza debía tratarle. En un cuchicheo que tuvo con Aguasanta, mostróse ésta indignada. — I Quite usted allá ! — dijo la joven — j Ya está £ M. ZENO GANDÍA 191 ensando en eso Eppere por lo menos. . -¡ caram- ba ! que se consuele esa infeliz. Óptimo Escofina cuiioseó también por allí. For- mó parte de un corrillo en donde muy en secreto se comentaron antecedentes. Tuvo lástima de la huér- fana á quien dio algunos consejos y aprovechó la ocasión para plantear ciertos temas morales, á tiem; po que convencíase de que la chica era muy linda. Además, acudieron otros visitantes : gentes á quie- nes gustaba enterarse de todo, buenos corazones que miran de reojo á las buenas hembras. Era que allí pendía una fruta de la rama y saltaban las zorras en torno, ávidas de morderla. Al día siguiente todo quedó terminado. Sobre la madre tierra, una cruz de madera marcó una nueva tumba, la casucha del Melonar quedó cerrada, y al llegar la noche las sombras envolvieron el huerto, la palizada, la cercana orilla del afluente de Gran Rio, mientras se oía el coro de canes hambrientos que ahullaban tristemente como si cantaran trenos desgarradores á la muerte. Todo solitario, todo tris- te, todo obscuro y en un lugar de la palizada, el hue- co abierto por el amor, á cuyo lado yacía en el suelo, carcomida por la humedad, la antes recia tabla que arrancó la pasión, arrojada allí como insuficiente valladar, como pobre defensa para la inocencia y el desamparo. Todo medroso, todo sombrío encu- briendo el trabajo incansable de la ola de fango que mina las orillas de la virtud y el bien. VIII Cuatro meses pasaron. Desde el día siguiente al aciago en qu« murió el ciego, Casilda vivía con Aguasanta. No tuvo otro refugio, ni otro asidero en su inventura de huérfana. Ofreció A^guasanta cuan- to tenía y ella aceptó la piadosa hospitalidad. El tiempo consolaba lentamente 4 Casilda. Ceñi- da por un trajecillo de percal negro, dejábase ver con más frecuencia en aquellos sillones amarillos en donda fué tantas veces feliz junto á Honorino Este había dado la espalda por completo. Tuvo Casilda en su dolor la doble amargura de la orfandad y del aban- dono, Aguasanta, por consideraciones á su amiga, refre- nó durante algún tiempo sus devaneos de juventud resuelta, vistiendo aquellos sillones de enlutadas fundas. Más tarde, las cosas volvieron al cauce ha- bitual, Aguasanta desencadenó sus alegrías y Casil- da, embellecida por un desarrollo que el pesar no so- focaba, revivió, siempre melancólica, pero cada dia más hermosa. Y entonces empezó la lucha de fieras. Agua- santa era buena mujer, de corazón bondadoso, de sentimientos leales : raro contraste de liviandad sen- sible y de honradez despreocupada. Muy joven, ca- yó de bruces sin saber que caía y cuando reportada del primer tropiezo, consideró las cosas, continuo M. ZENO gandía 103 cayendo. A^^ena á todo egoísmo, nunca pensó en que la dignidad fuera solidaria de accidente más 6 me- nos, y de ese modo devoró su mendrugo de liviana. La necesidad la obligó á prodigarse, dióse á quien quiso y jugó á su placer consigo misma. Al recoger de la miseria á Casilda, no pensó ni un momento en encerrarla detrás de los muros de una fortaleza. Ya se consolaría ¡ vaya, que sí ! Que hiciera su gusto, que se dejara de tontunas. Contemplándola, solía decirle : / quien será el hálaperdida que te consuele ! y al verla tan sensible, tan delicada, tan fácil para el llanto, reía como mujer práctica que conoce bien las etapas de un trillado. Casilda ensimismábase pensando en su situación. No habia que contar con Honorino. En el pliego y su influencia era locura pensar: de él acaso no queda- rían ni las cenizas. Cuando en esto pensaba tenía momentos de ira, increpábase su loca torpeza, odiá- base á sí misma por considerarse su propio verdugo. Los recuerdos la hacian sufrir Los últimos mo- mentes de su abuelo, cuando en su memoria rena- cían, la anegaban en lágrimas. En su presente, pues, no habia asidero. Aguasanta recibía con frecuencia visitas y los visitantes preguntaban siempre por ella. Obedecien- do á necesidades de su espíritu que le hacían amable la soledad, escondíase en una de las dos únicas al- cobas que separadas por un delgado tabique, había en la casa. Las cosas íbanse hilando poco á poco. La libre conversación de Aguasanta, las bromas de sus ami- gos, las libertades que éstos se permitían, acabaron por serle familiares. 4 Qué otra cosa podía hacer t De otro lado j dónde ir á no avenirse con tales cos- tumbres? Pasaba, pues, por ciertos detalles, confor- mándose con sonreír y callar sin fijarse muchas 13 194 GARDUÑA veces en las alusiones y galanteos de que la hacían objeto. Supo al fin, que más de un truhán habla propues- to á A^asanta cosas increíbles que la tocaban de cerca. Entonces indignábase^ pero como su amiga reía al escuchar sus escrúpulos, reía ella también, guardando en lo hondo da su conciencia el noble impulso de dignidad que le subía atropelladamente al rostro. Aguasanta aseguró que ella, Casilda, no debía tener cuidado ; que en todo caso, ella misma elegiría á su antojo. Que cada cual hiciera de su capa un sayo ; que ni por todo el dinero del mundo se avendría á dar á nadie confianza para que abu- rriera á Casilda con pretensiones que no la com- placieran. De ese modo la necesidad y el hábito fue- ron acostumbrando á Casilda á detalles íntimos de su nueva vida. Llegó un momento en que se convenció de que era objeto de un asedio, (xil Pan y otros varios, la acosaban con finezas. Sus proposiciones más ó me- nos francas, la humillaban y del fondo de aquella humillación subía una ola de asco por todo aquello. Vinieron luego para Aguasanta nuevos compro- misos y como ésta hacíase desear menos* solía reci- bir visitas reservadas. Entonces, como la casa era pequeña, Casilda se escondía por el patío, confinán- dose allí para dejar las otras dependencias á la dis- posición de Aguasanta. La situación fué haciéndose intolerable. Ella era allí un ser neutro, que no dando utilidad alguna á su amiga, estaba expuesta á cada instante á estor- bar. Algunas noches vióse obligada á batir su ca- ma en la cocina y por más que procuraba dormir apretando el semblante contra la almohada, percibían siempre sus oídos rumores de pasión y risotadas de impureza. Rebujábase, entonces, en su sábana. M. ZENO GANDÍA 195 pero el sueño no venia en su auxilio j le latían las sienes y contra su voluntad, distraíase, velaba, fijá- base su atención en los rumores, percibía en sí mis- ma una vibración de carne que se crispa con suavi- dad voluptuosa, al^o vago é indeciso primero, domi- nante é insiíítente después. Rendíale, al fin, al sueño en aquellas noches inquietas, mas al dia siguiente levantábase débil, intranquila, suspirosa. ¡ Imposible, aquella vida era imposible ! Seguir á Aguasanta en su camino era vergonzozo ; venderse á Gil Pan, á Escofina, á otro cualquiera, inicuo. Era preciso sa- "lirde aquella casa libertina, huir adonde pueden res- pirar las mujeres honradas. Mas, i como ? i Adonde, infeliz y desamparada, iría ? Cualquier sendero con- duciríala al borde de la sima, cualquier mano protec- tora empujariala. Era ambicionada, levantaba deseos, sentíase perseguida, acorralada como fugitiva presa que entre matorrales esconde. Y en tanto, a través del tabique, oía siempre rumores de pasión desborda- da, temía, y entre la resistencia y el cansancio, aca- baba por llorar amargamente. Era la ola removien- do siempre la indefensa orilla. Muchas veces pensó Casilda en que no era justo estarse mano sobre mano. Proyectó buscar un lugar decente donde recogerse á cambio de digna ocupación. Acarició esa idea con secreto encanto, mas^ enton- ces, un tropel de penosas ideas la afligían. ¡ Ella, la rica heredera, la que estuvo llamada á opulenta po- sición social, reducida á la humillante condición de alquilada ! Acaso la gentes la abrumarían con epi- gramas y reticencias. La gran señora en sueños, re- sultaba en la realidad una maritornes. Y luchaban en ella orgullos no desvanecidos haciéndola vacilar irre- soluta. La innata dignidad aún no borrada, logró impo- nerse. Venció de la jauría desatada tras ella : 196 GARDUÑA ninguno logró vencer la intención sana, el instinto del bien en ella palpitantes, aunque ya retorcíanse asidos en la trampa de la seducción. Aguasanta seguía en su conducta ambigua. Al- gún consejo que otro acompañado con sonrisas bur- lonas, probaban í Casilda que su amiga no estaba de acuerdo con sus opiniones. ¡ Recelar, sufrir, llo- rar, siendo tan guapa! Ella no comprendría tales titubeos, mas al mismo tiempo, procuraba no inter- venir dejando á Casilda en libertad de resolver. Ni Gil Pan, ni otros audaces, lograron hacer ca- mino. En cambio. Dativo adelantó en poco tiempo un buen trecho. Supo velar intenciones y convencer á Casilda. Sí, en la escuela de Paraiso hacía falta una mujer hacendosa. Dativo necesitaba su tiempo para domesticar la turba infantil, necesitaba expa- siarse en horas de descanso, y como la vieja sirvien- te que desde hacía mucho tiempo le servía, estaba ya achacosa, claro está que las cosas no iban bien en el interior de la casa. Necesitaba de una buena mujer que se hiciera cargo de lo interior, de las cos- turas, de la limpieza ; una mugercita, en fin, capaz de aliviarle la harto pesada carga de las competen- cias domésticas. Además, él, Dativo, estaba viejo, hacíale falta comodidad para aplicarse á sus trabajos intelectuales La tentación sopló en el oido de Casilda todo eso que pareció á la joven aprovechable. En la escuela, si bien el sueldo sería muy pobre, tendría techo hon- rado, alimentos, seguridad. Sí, seguridad sobre todo. La inexperiencia hacíale ver en Dativo un nobilísimo protector y aceptó agradecida sus proposiciones, y cuando, ya resuelta, comunicó sus planes á Agua- santa, esta lanzó una carcajada asombrándose dwl raro triunfo del maestro. Explicóse el caso : Casil- da recelaba de la juventud libertina. Asombróse M. ZÉNO GANDÍA 197 también Casilda cuando cayó eu cuenta de que la suponían prendada del viejo. — i Estás loca ? — dijo — Yo no puedo, no quiero hacer lo que tu haces. Para vivir de ese modo prefe- riría morirme. Quiero ser honrada, trabajar. .¡Ah!. i no te pienses que las intenciones de don Dativo sean malas. — No... ¡cá!... las mejores del mundo. Pero hija, cada cual, haga su gusto. Y aunque las burlas de Aguasanta enfriaban el ánimo de la joven, resolvióse al fin. TJn día, con aire paternal, recibióla Dativo en sú casa. Aquella noche, en la farmacia de Escofina, el tema fué picante, haciendo el gasto de las mur- muraciones la estra vagante resolución de Casilda. Algunos meses después, un hecho inesperado preocupó la atención de Paraíso : anuncióse la va- cante de agrimensor público. Sulpicio habíase mar- chado del pueblo sin que con certeza se supiera para donde. En la tertulia de Escofina comentóse bajo todas sus fases el hecho. -^No encuentro en el caso nada de extraordina- rio i Sabe? — Ni yo. -^Era natural que sucediera : el exceso de tensión rompe los cuerpos. — Ha hecho muy bien. — Perfectamente. — Pues yo creo que ha procedido como un necio. Los intereses.- , — ¡ Qué intereses ! — Mejor hubiera sido esperar para ver si alcanza- ba algo de los despojos. — No quiso sufrir más á la otra. . 4 sabe t. . . — ^No quiso^ presenciar la catástrofe. 198 GARDUÑA — Nada : huyó despavorido, porque caballeros ¡ cuidado que es tremenda la fuerza expansiva de una mujer como Leonarda ! Y sin piedad limaron en los ausentes. Sulpicio cumplió la palabra que se dio así mismo : partió. El mundo era ancho, la felicidad posible. Catalina sufrió alternativas dolorosas, mas tuvo que decidirse. Leonarda, cuyo carácter estaba por aquellos tiempos aun más avinagrado, contribuyó en buena parte á resolverla. La lucha llegó á cansar á la joven y optó por seguir á Sulpicio. Aquellos combates fueron silenciosos. Sulpicio empezó á pre- parar su viaje : vendió el movillario, embaló libros, cobró coditos, pago deudas, y ella silenciosa, secun- dábale. Él notó su blandura, apreció el triunfo y al contemplarla inclinada sobre los cofres acomodando ropas y objetos, la envolvía en miradas indefinibles, enterneciéndose. Veíala rendida, dulce y la amaba. Sí, la amaba más que i;^unca, porque era suya, alien- to de su espíritu, latido de su propio corazón . Al marchar sus hijos, Leonarda derramó algunas lágrimas. No solo porque se iban, sino por la situa- ción en que la dejaban. Honorino, emborrachábase á diario y significaba para ella una zozobra conti- nua. C ierta vez estuvieron expuestas al pillaje del jo- ven, algunas onzas que tenía muy guardadas. Afortu- nadamente logró ponerlas á buen recaudo. Luego, los negocios iban de mal en peor. La escritura hipote- caria de Casapica estaba hidrópica con el desdobla- miento de los intereses. Visto que no había medio de cobrar, resolvióse el alguacil á lanzar la primera piedra. Creyeron algunos que obraba por secreto acuerdo con Madeja. Presentóse demanda ante el juzgado y Leonarda, desolada, visitó cien veces á Garduña, quien manifestóse rehacio á la defensa, llegando á decir quejoso de la insistencia de Leo- M. 2£K0 gandía 199 narda : señora ¡por los clavos de Cristo! me la voy á encontrar á usted hasta en la sopa. . . Hisose, al cabo, una transaccióa ruinosa. Un lampo de vegas, tasadas á bajo precio, pasó á ma- nos de) alguacil, pero para cerrar el trato fué pre- ciso que Madeja pactase comprar aquellas tierras, y, por su puesto, pagó un tanto por ciento más sobre el valor de tasación, que se ganó Casapica. Todas esas garipundias llegaban á oidos de Leonarda : se la explotaba, la estaban arruinando. De pronto el erario público dejó de ser amable con Mina de Oro. Tocóse el pregón y j que casualidad ! los terrenos embargados para cobro de contribuciones, colindaban con las fincas de Madeja, siendo preciso que Leonarda, porque Garduña por su representación social no debía descender á cier- tos detalles, rogase á Madeja que comprara bien á bien los trozos de vega para evitar tasaciones ruino- sas y repetidos remates que iban disminuyendo cada vez más el valor de los bienes. A ello mostróse Ma- deja poco dispuesto asegurando que estaba harto de terrenos, mas ai fin cedió, adquiriendo nuevos pe- dazos, mientras el amplio fundo achicábase, defor- mando su perímetro con irregulares festones. Garduña estaba sombrío. En vano Leonarda es- peraba de sus labios una frase alentadora. Todo iba mal, muy mal ; el cariz de los asuntos era incierto. La heredera de Mina no tuvo en algunos momentos á quien volver la cara. Empezaron á llegar á sus oidos multitud de murmuraciones con que las ami- gas,'so capa de buena amistad, le llenaban la cabeza. Cuidado, mucho cuidado con Garduña : era hombre funesto, cuantos le entregaron su fortuna, cayeron. Hubo también aiióaimos anunciando los incóg- nitos que cuando cumpliera Honorino su mayoría de edad, la pondría en los tribunales por malversación 200 GABDÜNA de caudales de menores* Qaedó, en fin, establecida en casa de Leonarda, una sureursal del infierno. Ella, en su torpeza, no acertaba á defenderse, y con frecuencia desoía buenos consejos para atener- se á chismes inverosímiles. De otro lado, no podía resistir la mirada de Q-arduña, Cuando en una hora de atrevimiento mostrábase resuelta, el poder habiente la contemplaba con mirada fría y ella recordando el cuadro de aquella noche bajaba la ca- beza y resignábase Corrieron los cultivos igual suerte. Como hacían falta recursos, no se dejaban madurar los cañavera- les : apenas crecían un poco, apenas sin elementos sacarinos, se los tajaba y al molino con ellos. Para atender á los gastos, ya limitadísimos, no podía con- tarse ya con la caja de Madeja, quien un dia sábado, en medio del apuro, negóse a facilitar suplementos. La brigada de obreros anduvo errante en busca de su jornal no pagado, sin saber á que atenerse para cobrar. Pudo conjurarse la crisis vendiendo gana- dos de tracción y algunos enseres, como un produc- tivo alambique que desde hacía tiempo había dete- nido su labor por falta de recursos. No mucho tiempo después, el almacenista negóse á dar más vituallas y produjo de mal talante sus cuentas. Hicióronse ofertas y aplazamientos, mas , todo inútil. Otro dia, en el momento en que molían* se á toda prisa algunas hectáreas de caña destinando el producto á gastos de la semana, presentóse el tri- bunal en el Ingenio y embargó las máquinas. ¡ Q-ran desastre ! La usina redujese á un círculo vicioso : sin elaborar azúcar, imposible pagar ; sin pagar los débitos, imposible proveerse de recursos. Cundió el pánico y otros acredores lanzáronse también ; abierta la llave, desbordáronse las deudas. No hubo consideraciones, ni respeto á la desgracia, tí. 2EN0 GANDÍA 20Í ni piedad con los caídos. Fueron las fincas embar- gadas, los cultivos paralizados, y en la fresca llanu- ra, entre los sonantes cañaverales, comenzaron á te- gerse enredaderas selváticas que estrechaban entre sus júneoslos tallos que el abandono agriaba, forman- do una urdimbre floreciente, una maraña de follage, debajo de las cuales secábanse los tallos de la gentil gramínea . . . Casilda considerábase feliz. Tres ó cuatro meses después de su instalación en casa de Dativo, experi- mentó sosiegos de olvido. El pobre abuelo, la ini- quidad de Honorino, su soledad en el mundo todo fué haciéndose menos penoso en su recuerdo bajo la acción reparadora del tiempo. Entonces sintió la necesidad de vivir. Pareció- le que el sol era más rubio, que los paisages eran más bellos. Vióse joven, hermosa, y la instintiva necesidad de vivir le dilató el pecho llenándola de esperanzas. Después de cumplir sus obligaciones, paseaba los domingos con sus amigas visitando algunas veces á Aguasanta que seguia encontrando inverosimil aquel idilio al lado del maestro. Los tenorios seguianle siempre la pista y entre ellos, un joven obrero, bien parecido y modoso, llegó á interesarla. Después de las consiguientes prome- sas de matrimonio, ligóse con él en románticas amores. Como la alcurnia del pretendiente era mo- desta y estaban ambos á la misma altura social, cre- yó Casilda que aquel hombre la haría su esposa, y un afecto purísimo é intenso despertó en ella. Dativo estudiaba el terreno. Había acercado á la joven vestido con la piel del cordero, preparando las cosas de modo que su insensata pasión se mantuvie- ra oculta. Con el disimulo y la constancia quiso llegar á ser para ella una necesidad y una costum- bre. Pensó que ella no querría verse de nuevo á las puertas del hambre. Luego, en lo interno de la ca- sa el habitó se impone con frecuencia; los descuidos y las ocasiones franquean, aveces, más obediencia que el imperio. Embozado en sus planes fué dadi- voso; la atendía sin exigirle grandes afanes en sus funciones de sirviente de confianza, y cuando alg^u na vez estuvo resfriada, hizola guardar cama, visi- tábala recetándole tisanas, sentábase en el borde del lecho, arropábala cariñoso para que hicieran buen efecto los sudoríficos, y algunas veces, aplicábalo el oido al pecho para auscultarla, por si la Luego, para verle mejor, separóse de la frente las guedejas rizadas que la cubrían. Era Casilda, que abandonaba el solar nativo, acudiendo exacta á la cita del cazador de mariposas. Cuando la cuerda del arpa se rompe, vibra un mo- mento, y aquella vibración .difúndese efímera. Ca- silda miró allá abajo y la cuerda del sentimiento vibró un instante al romper para siempre con el pa- sado. En el centro de la llanura surgía la chimenea de Mina de Oro. Parecía luchar con las atadu- ras que la mantienen en la base; forcejar por alar- garse hasta el cielo, para llamar allí en la bóveda y pedir justicia. Casilda la contempló extática y sus ojos se agran- daron en aquella contemplación. Sueños, ilusiones, delirios, todo humo. Paz, ven- tura, fé, todo minas. Los recuerdos lucharon con la realidad. Los cascabeles del sátiro sonaron en sus oidos y la joven miró el paisaje como el árbol caído, la cima montuosa donde antes florecía. Terminó el éxtasis cuando los groseros estímulos del carretero reanudaron la marcha del convoy. A partir de aquel sitio, ya no se vería más á Paraiso. Entonces el semblante de la joven, contrájose desola- do por infinito dolor, suspiró, una lágrima fugitiva le rodó por el semblante, y dejándose caer con de- sesperación en el fondo del carro, sollozó mucho tiempo, inmensamente dolorida, inmensamente in- fortunada, mientras en la anchura del espacio, el alba repartía fulgores anunciando el despertar del diá, del hermoso, del opulento día que desplegaba las sutiles alas y surgía del seno de la sombra para cumplir indifirente el inexorable Volteo del tiempo, pasando sin manchar la gallarda vestidura de kngel adornada de luces y colores, por encima de los in- fectos lodazales de la tierra.